El cantaor Manuel Lombo, durante su actuación en la National Gallery de Londres - ABC
Música

El flamenco del sevillano Manuel Lombo conquista la National Gallery de Londres

El director del museo pidió al cantaor Manuel Lombo que cantara tras inaugurar la exposición de Sorolla. El sevillano hizo historia con una malagueña del Mellizo

Sevilla Actualizado: Guardar
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«Yo me conformo con mirar…». Ninguna otra letra del flamenco cabía mejor que ésa en la National Gallery de Londres, donde la música se ha tenido que conformar con mirar durante décadas las obras que cuelgan de la gran pinacoteca británica. Pero el cante jondo que removió a Lorca y le sacó de las entrañas uno de sus mejores poemarios, el arte de la queja que obnubiló a Richard Ford en sus viajes a Sevilla, ha conseguido romper esa barrera histórica. Fue tras la inauguración de la exposición «Sorolla, maestro español de la luz», que reúne 60 obras del pintor valenciano pertenecientes a museos de todo el mundo y a coleccionistas privados. Una de las mecenas que ha aportado lienzos a la muestra, Cristina Heeren, fue invitada al acto y a la cena posterior que se había organizado en la sala 35, la de los «Retratos británicos». Heeren vive en Sevilla por culpa del flamenco.

En la capital andaluza creó una fundación dedicada a este género que actualmente tiene su sede en Triana, justo enfrente de donde vivió Manuel Machado. A esa fundación llegó hace más de una década un muchacho de Dos Hermanas, Manuel Lombo, que quería ser cantaor. Aprendió directamente de Naranjito de Triana o de José de la Tomasa gracias a la beca que le dio la aficionada americana, que se emocionó tanto con su forma de cantar que acabó amadrinándolo como a un hijo.

Lombo es hoy una figura de la música y un cantaor de respeto. Pero a la inauguración de la muestra de Sorolla fue acompañando a su «madre de adopción». No estaba en la cena junto a la Reina doña Leticia o al Príncipe de Gales, entre otros invitados ilustres como el duque de Wellington, por su condición de artista. Pero el director de la Galería Nacional, Gabriele Finaldi, lo identificó. Y la bisnieta del gran pintor, Blanca Pons, se acercó en el postre: «Manuel, ¿te importaría cantarnos algo? Es que sería precioso ponerle ese colofón al acto».

Lombo no tenía nada preparado, pero accedió sin pensarlo. «El flamenco necesita acompañamiento instrumental en la mayoría de sus estilos, aunque hay algunos que se interpretan sólo con la voz», explicó. Lo natural tras esta aclaración es que hubiera cantado una toná, un martinete o incluso una saeta. Pero el sevillano aprovechó la ocasión para ir más allá de lo evidente. Escogió una malagueña de Enrique el Mellizo, un legendario cantaor de Cádiz, matarife de profesión, que creó esa melodía inspirándose en el canto gregoriano. Y usó su letra más característica: «Yo me conformo con mirar». Eso hizo. Cantó contemplando el lienzo que tenía a su espalda, «Colonel Tarleton», pintado por Sir Joshua Reynolds en 1782 y su ecó sonó más allá de Trafalgar Square. Alguien dijo un «ole» que voló por los pasillos en los que la Reina y el Príncipe habían soñado con España en los trazos de Sorolla. La presidenta de la National Gallery, Hanna Mary Rotschild, aplaudía. El arte andaluz se había consagrado en un acto al que habían acudido el ministro de Cultura de España, José Guirao,el presidente de Acción Cultural Española, Ibán García del Blanco, y la directora del Museo Sorolla de Madrid, Consuelo Luca de Tena.

Entonces Finaldi se levantó para agradecer al cantaor la joya que acababa de interpretar y contó una historia que casi nadie sabía en la sala. Este museo, uno de los más importantes del mundo, sólo había dejado paso a otra arte distinta de la pintura durante la II Guerra Mundial. Los responsables de la pinacoteca decidieron retirar los cuadros más valiosos para evitar saqueos. Todas las salas de conciertos londinenses cerraron. Y entonces la famosa pianista británica Myra Hess propuso a la Galería Nacional hacer algo para que el arte se mantuviera en pie durante aquellos años difíciles. Todas las mañanas ofrecía un concierto titulado «Música en tiempos de guerra». Estuvo dando un recital diario desde 1939 hasta 1946, lo que le otorgó mucha fama y le permitió ser nombrada dama comendadora de la Orden del Imperio Británico. Pero al acabar la Gran Guerra, ella volvió a las salas habituales de música y la National Gallery recuperó su actividad como museo de pintura. Desde entonces, la música no había vuelto a entrar en esos salones. Pero Manuel Lombo rompió ese silencio y colgó a un artista sin prestigio en su época, un hombre de Cádiz criado en la carestía, en las paredes de uno de los museos más importantes del mundo. Lombo ha puesto el flamenco junto a Leonardo, Miguel Ángel, Boticelli, Tiziano, El Greco, Velázquez, Goya, Turner, Vah Gogh…