Marina Heredia reflexiona sobre el amor femenino en su obra «Lorca y la Pasión, un mar de sueño» EFE

El flamenco desentierra a Lorca

La cantaora Marina Heredia lidera el espectáculo jondo más importante que se ha hecho sobre el poeta granadino en los últimos años con coreografías magistrales de Eva Yerbabuena

GranadaActualizado:

A Lorca lo han machacado con la misma herramienta que a Camarón: la ignorancia. Quienes siguen buscando los huesos del poeta granadino todavía no saben que Federico vive. Porque lo han leído poco. Por eso los lorquianos y los camaroneros tienen una cosa en común: sólo les gusta la parte menos buena de sus ídolos. La más popular. La parte asequible. El Romancero y «Soy gitano» son obras tan manoseadas post mortem que se ha acabado convirtiendo en tópicos, sobre todo en el flamenco, que ha sobado tanto la literatura popular en el último medio siglo que ha conseguido justo lo contrario de lo que pretendían los autores del 27: ensalzarla. El binomio flamenco-Lorca ha llegado a ser aborrecible en los últimos años porque, salvo contadas excepciones, apenas ha salido de las canciones populares de la Argentinita, la versión próxima al sainete de Bernarda Alba, Yerma o Mariana Pineda o el Romance del Amargo. Desde que Manolo Sanlúcar compuso «Locura de brisa y trino» con algunos pasajes de «Poeta en Nueva York» y los «Sonetos del amor desesperado» o Morente se atrevió con «Doña Rosita la Soltera», el cante flamenco mantenía viva su relación con Federico en «La leyenda del tiempo» y, sobre todo, en una obra maestra y olvidada del Lebrijano, el «Encuentro» del «Poema de la soleá» por bulerías.

Marina Heredia ha cogido exactamente ese camino, el difícil, el más oscuro, para desenterrar a su paisano en el Generalife, con la Alhambra encendida a la vera del mismo escenario en el que el Tenazas de Morón ganó el Concurso de 1922 y la Niña de los Peines refundó el arte jondo. Tal vez por eso la cantaora, sin duda la voz femenina más importate de este tiempo, trufó los textos lorquianos con algunas letras de Pastora, como la petenera con la que se termina el espectáculo, «Quisiera yo renegar». La clave de la propuesta de Heredia no está en que ella canta para rabiar, ni en las coreografías sublimes de Eva Yerbabuena, que ha alcanzado su cenit artístico porque ha conseguido lo que sólo está reservado para los elegidos: que sus creaciones ya no la necesiten a ella para que ella siga siendo la protagonista. Las intensidades de la bailaora granadina en este espectáculo son dignas de estudio en el futuro. Eva puede gustar o no, como cualquier artista, pero tiene una narrativa propia, ha creado una danza nueva dentro de los esquemas flamencos. Y ha logrado que el mismísimo Farruquito, que es uno de los mejores bailaores de cuantos ha habido, haya metido en su cuerpo el espíritu de la Yerbabuena en su papel de caballo negro. Una joya. Pero decía que la clave no está en la voz de Marina, ni en la distribución de movimientos de Eva, ni tampoco en la música de José Quevedo el Bolita, que es buenísima sencillamente porque nunca se come al texto. La clave está en que la obra expone un flamenco que está en la misma onda que la literatura de Lorca, un flamenco aparentemente difícil, basado en la cadencia rítmica de sus estilos, pero que habla de las cuestiones más elementales. Lo que han hecho Marina Heredia y Eva Yerbabuena no es cantar y bailar las cosas de Lorca, sino inspirarse en él para abordar una forma personal de entender su expresión artística. Por eso la Heredia se destapa también como actriz y es capaz de meterle mano a una soleá apolá en el papel de criada de Bernarda Alba con toda la intensidad de este cante, pararlo para decir el texto, escupir sus maledicencias literalmente, y recoger otra vez el tercio por donde iba sin salirse de la rueda del compás. Para hacer eso hay que tener dos cosas: dominio de la música que se interpreta y dominio del instrumento con que se interpreta. Pero es que además lo repite varias veces: en el taranto que divulgó Fosforito, en el fandango de Toronjo, en las alegrías o en el abandolao de Frasquito. Lo más difícil que hay en el cante es saber salirse de él y volver a recuperarlo. Y eso es lo que perseguía exactamente Lorca con sus versos más rotundos, como el «Soneto de la dulce queja» que interpretó Miguel Poveda, la más rotunda oda a la esperanza que yo conozco: esperar cuanto haga falta un amor que te desdeña. El flamenco es esperar locamente ese amor no correspondido, dejar que el tiempo decore las aguas de ese río con hojas de su otoño enajenado. El flamenco es no tener prisa.

Por eso el espectáculo que este año se proyecta en el Generalife, como cada verano, es de otra dimensión. Tiene aún muchas cosas por ajustar y hasta podría decir que no le encajan bien algunas escenas, pero ha desenterrado a Lorca y lo ha puesto en el futuro justo donde el poeta dio su conferencia sobre el duende y descubrió la verdad de este misterio en el eco de la Niña de los Peines, la cantaora con la que Marina Heredia cierra su recital, una de esas noches de cabales que todavía no ha terminado: «La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido». La Heredia ha encontrado algo más valioso que los huesos de Lorca: sus tuétanos de formas.