El artista catalán actuó anoche en FIBES para repasar su cancionero ante más de 3.200 personas
El artista catalán actuó anoche en FIBES para repasar su cancionero ante más de 3.200 personas - J.M.Serrano

Joan Manuel Serrat inunda Sevilla de nostalgia y emoción con su «Mediterráneo»

El artista catalán actuó anoche en Fibes para repasar su cancionero ante más de 3.200 personas

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Decía Juan Ramón Jiménez que clásico es todo aquello que, habiendo sido —o mejor, por haber sido— exacto en su tiempo, trasciende y perdura. Atendiendo a estos parámetros del premio Nobel, Joan Manuel Serrat es un clásico de manual.

Y es que anoche el catalán dio sobradas muestras en Sevilla de que sus canciones no solo encajaron como anillo al dedo en la época en la que vieron la luz, hace ya prácticamente medio siglo, sino que no atienden a barreras temporales y hoy día siguen emocionando por su calidad y vigencia.

Como si se tratase de una ola que alguna vez alcanzó la orilla, marcó la arena con su salitre pero luego la desatendió para volver a la mar en su afán por buscar nuevos aires, y que al cabo del tiempo, sin saber cómo ni por qué, vuelve a refrescar la misma orilla; Juan Manuel Serrat, el gran Serrat, ha tenido la feliz idea de llevar a tierra otra vez su «Mediterráneo», su pináculo artístico, aquel puñado de canciones revolucionarias que con la fuerza de un tsunami caló en los corazones de todos allá por 1971.

Para ello ha regresado a la carretera con una gira que ha sido bautizada como ‘Mediterráneo da Capo’, término musical de origen italiano que significa volver al principio.

De las cuarenta olas que suponen los cuarenta conciertos que va a ofrecer en apenas ocho meses, ayer era el turno de bañar Sevilla con sus mejores versos y la perfecta sencillez de sus melodías.

La cita había suscitado gran expectación en la ciudad desde que se anunciase su actuación en FIBES allá por diciembre del pasado año, hasta el punto de que ayer colgaba el cartel de no hay billetes en la taquilla del magnífico auditorio de la capital hispalense.

Como no podía ser de otra manera, la eterna "Mediterráneo" fue la carta de presentación del concierto, a la que siguieron otras canciones del disco homónimo como la mítica carta de amor a «Lucía», la divertida elegía de «Tío Alberto» —dedicada a un personaje de la «gauche divine» que le ayudó en sus comienzos—o las entrañables «Barquitos de papel» y «Pueblo blanco».

Pero no solo del mar vive el hombre, y mucho menos un artista tan prolífico como Serrat. También desglosó parte de su repertorio post Mediterráneo, ese que siempre deja que sus personajes se formen a tenor de los acontecimientos, que se modelen como arcilla en manos del destino.

Para la inmensa mayoría de las 3.200 personas que anoche abarrotaron FIBES, volver a oír en directo canciones tan míticas como «Penélope», «Hoy puede ser un gran día» o «Esos locos bajitos» supuso un hermosísimo reencuentro con sensaciones encontradas en otras partes del calendario de sus vidas, aquellas sensaciones fugaces de millones de vidas a uno y otro lado del charco a los que Serrat ha puesto su sello de eternidad a lo largo de casi medio siglo.

«La saeta»

Serrat es consciente de que su mera presencia hechiza al público. Gracias a su fina inteligencia, su acendrado sentido del humor, su sensibilidad, y su carisma —virtud ésta última que siempre ha tenido su peso en oro, pero que en el panorama musical actual se agradece aún más dada la cantidad de artistas prefabricados que inundan los escenarios—, el catalán pone en marcha una reflexión con la misma seguridad con que Marlon Brando entraba en escena: sabe que nunca aburrirá; mancha el papel o plantea un discurso con la misma naturalidad con que otros bajan las escaleras.

Aparte de repasar el cancionero propio, también intercaló exquisitas versiones de «Tatuaje» y «La mer», y adaptaciones («Menos tu vientre» y «Para la libertad» de Miguel Hernández).

Mención aparte merece su vibrante interpretación ya en los bises de «La saeta», el poema de Antonio Machado al que el catalán puso música y voz hace ya muchísimos años pero que sigue poniendo los vellos de punta tanto o más que el primer día. Conmovedor epílogo para un concierto a la altura de un mito viviente como Serrat.