Joaquín Achúcarro en una imagen de archivo
Joaquín Achúcarro en una imagen de archivo - ABC
Crítica de música

Joaquín Achúcarro en Sevilla: el milagro del piano absoluto

El pianista bilbaíno ofreció un recital lleno de maestría en el Teatro de la Maestranza

SevillaActualizado:

Presencia menuda, 86 años cumplidos hace mes y medio: tales son los datos aparentes de un gigante de la música. Un pianista «hors catégorie», cual las cumbres imposibles de un Tour infinito.

Como se encargó de recordar el mismo maestro, los 24 Preludios, Op. 28, de F. Chopin, no solo son un despliegue de los veinticuatro tonos del orden normal de la gama: cada tono mayor es seguido de su relativo menor. No. El genio polaco-francés le dio al conjunto un sentido arquitectónico, orgánico, total, y expresó a lo largo de él toda la paleta de alusiones, recuerdos, reminiscencias y sentimientos, que Joaquín Achúcarro transmitió con una maestría, asombrosamente «fácil», plena de sabiduría «natural», que llegó hasta el más profundo y recóndito rincón del oyente.

Vanas serían en este caso las apreciaciones técnicas sobre su dominio inconmensurable de todas las facetas pianísticas: lo que más le cuadraría sería atribuirle, sin orgullo ni soberbia, pero con rotunda verdad, la paráfrasis de un famoso dicho: «le piano c’est moi».

Piano, pianista, pianismo: la misma y única cosa, tan sencilla como misteriosa, que embargó nuestro corazón, cada vez igual y cada vez más: tras los Preludios chopinianos, Debussy, en el juguetón vals «Le plus que lente», o en «La puerta del vino» (3º de los Preludios II), bellísima respuesta a una postal granadina en color que le envió Falla, o en la evocadora «La soirée dans Grenade», 2ª de las Estampes (y eso que el músico francés nunca visitó España).

Y luego, el «Homenaje a Debussy» de su amigo Falla. Para culminar el programa, las tres piezas («Ondine», «Le Gibet» -«La horca»-, el travieso gnomo «Scarbo») del «Gaspard de la nuit» de Ravel, su obra maestra pianística y una de las cimas del siglo XX.

Y qué decir de las propinas: Debussy de nuevo, con su célebre, tierno y poético «Clair de lune»; la dulce «Habanera» de Ernesto Halffter; y, para culminar, el apabullante, increíble, «Nocturno» para la mano izquierda de Scriabin. Velada prodigiosa, de principio a fin, de fin a principio.