Flamenco sobrevolando la laguna
Flamenco sobrevolando la laguna - Salvador Salas
DECALLE

Laguna de Fuente de Piedra, flamencos de un pueblo de la tierra mía

Un viaje a la reserva natural de la provincia malagueña en la que miles de aves han encontrado su paraíso

AntequeraActualizado:

«Verea del camino/fuente de piedra/cantarillo de agua/lleva mi yegua». La espuma se rompe y los pueblos blancos se levantan tras la voz de Camarón de la Isla. No es un grito, sino una oda a la tierra. Fachadas de cal que roban el color de los flamencos cuando se acerca la noche, cada vez más pronto; calles estrechas y húmedas que se arriman a la laguna natural más grande de Andalucía y sur en los tejados desordenados que tapan los reflejos del agua desde los miradores. La Reserva Natural Laguna de Fuente de Piedra es una lágrima salvaje al pie de una población malagueña que mira hacia la misma. Un poema de verso libre que busca el ritmo en las alas y nos deja una visita obligada con un himno al fondo: «Pueblos de la tierra mía». Una grabación donde el genio isleño junto a Paco de Lucía y Tomatito describe un paisaje que tal vez podríamos trasladar hasta estas líneas. Ahora miramos mejor, olemos, escuchamos.

El flamenco, en dos de sus significados, se lleva entonces el protagonismo de la imagen. La situación geográfica de este municipio de la Comarca de Antequera, tan cercana a Sevilla, y la enorme extensión de la laguna, que tiene casi 1.500 hectáreas de humedales, han convertido la zona en un escenario perfecto para la reproducción y cría de estas aves. Por eso, miles de ellas llegan a esta comunidad donde existen ritos y reglas para la búsqueda de pareja, el cortejo, el apareamiento y la cría. Son pájaros que llevan el kilometraje errante en los párpados y cuentan historias coloridas en sus cuerpos. Hablan de naturaleza y ecología, de largos viajes, de familias y cielos lejanos.

Cuando los flamencos se han reproducido y el huevo está en proceso de incubación, los ejemplares pierden el color rosado y ahora son ellos los que van a robar a las fachadas, porque se vuelven blancos sin perder toda su belleza. Continúan sus paseos por las ciénagas y descansan con sigilo: la pata levantada y el pico vuelto. Es una estampa en la que solo suenan los graznidos y los chapoteos de jóvenes y viejos que se suman al vergel. Ante los asistentes, se descubre un mundo aparte en el que el hombre no tiene nada que hacer más que contemplar y valorar la peculiaridad del lugar. Por eso tal vez lo mejor de la visita sea la toma de conciencia; este espacio hay que protegerlo.

Para la divulgación de este monumento natural, que está considerado como una Zona de Especial Protección para las aves (ZEPA), se creó el Centro de Visitantes José Antonio Valero, que cuenta con una recepción, dos salas de exposiciones y una tienda de souvenirs. También pueden alquilarse en este espacio en el que siempre comienzan las visitas guiadas audioguías y prismáticos con los que clavar la vista en la profundidad de la laguna.

Si bien, esta puede observarse desde distintos ángulos, ya que hay numerosos miradores y senderos que se distribuyen en sus laterales. De este modo, los senderos del Laguneto o las Albinas, el mirador de las Latas o los observatorios de las Palomas y los Abejarucos son algunas de las localizaciones más destacadas para disfrutar de la diversidad de la flora y la fauna, así como de la riqueza paisajística que se imprime en todos los rincones.

En este sentido, las especies de plantas, matorrales y otros animales además de los flamencos se multiplican en un campo de plumas, espinos y altos vuelos. Las cigüeñas, cercetas, águilas y garzas dibujan sus figuras sobre la superficie. Como también lo hacen los galápagos que dormitan, los conejos que se acercan a las orillas para beber con una mezcla de nervio y precisión en sus minúsculos espasmos y las fochas que juguetean en una balsa de agua que parece contenerse entre las palmas de unas manos. Todo se mueve de una forma pausada y solo las luces de la mañana y la tarde señalan el transcurso de los días. La prisas, a simple vista, han quedado fuera de este ciclo que el público presencia desde los puentes y cabañas de madera. Todo está contextualizado en un lienzo simple, quieto y primitivo para que no se destruya la magia del enclave. Quizá es por ello por lo que los animales no dejan nunca de venir.

El pueblo que custodia el manantial, por tanto, ha mojado sus tradiciones, hábitos y costumbres en la laguna donde se mira cada día desde tiempos remotos. Hay evidencias que demuestran el asentamiento de pueblos prehistóricos en la zona, así como el paso de la civilización romana desde el siglo III a. C. Fueron estos últimos los que bautizaron el núcleo urbano como «Fons Divinus» por las propiedades minerales de su agua. Más adelante, fue habitado por los musulmanes y, en la actualidad, Fuente de Piedra es un hermoso punto que se eleva en un horizonte de cultivos salpicados por montañas y una joya preciada: la laguna que encierra cientos de tonalidades que contrastan y acaban por fundirse entre sí. Azul, rosa, blanco, marrón o verde. Apenas se distinguen las pinceladas azarosas con las que se compone el retablo agreste.

Por todo ello, son muchos los que deciden madrugar o esperar la caída del sol para ver el festival que proponen los más de 35.000 ejemplares que a veces conviven aquí. Los flamencos no son los únicos animales de la reserva, pero sí son los que se han ganado más fotografías y los que hacen de esta charca un lugar único en la Península Ibérica. Estudiar sus formas de comportamiento o ver el regreso de muchos polluelos que nacieron en el humedal y más tarde se hicieron grandes fuera de estas lindes nunca se ha manifestado de una forma tan bella e intensa, por eso estamos ante una laguna de ensueño bajo un «pueblo de la tierra mía».