Dorantes y Marina Heredia, en el Teatro de la Maestranza
Dorantes y Marina Heredia, en el Teatro de la Maestranza - Guillermo Mendo
CULTURA

La Salud de los gitanos jondos

Dorantes y Marina Heredia cuajan un espectáculo memorable en el Maestranza con la banda de cornetas y tambores de la Hermandad de Los Gitanos

Alberto García Reyes
SevillaActualizado:

Esa seguiriya metida sobre la gramática vieja de Lebrija, al compás frenético de los Bacán, es lo mejor que he escuchado en yo qué sé cuánto tiempo. Marina Heredia se había buscado los bajos en la nana con un susurro imposible. Y luego se registró en los altos por cantiñas con un alarido hiriente. Todo estaba en su sitio. Porque cuando la de Granada se cuaja en su propio eco muy pocos cantaores pueden seguir su rastro.

Tiene profundidad y gusto, sabe elegir, no canta dos veces igual. Y duele. Por eso le metió mano a la seguiriya como si no hubiera un mañana. Dorantes, que anda hurgando músicas nuevas en el desierto de su soledad y ha traido a flamenco una nueva era que sólo el tiempo le reconocerá, le hizo una entrada escalofriante, rítmica y grave, de muerte, que es lo que ese cante pide.

Todo a contratiempo. Inventando una nueva forma antigua de señalar la sangría seguiriyera. Y la albaicinera le clavó una letra de Juanichi el Manijero que llenó el teatro de pañuelos. Cantar es exactamente eso. Huir de la simple belleza para adentrarse en los espacios del dolor, del desahogo, del alivio. Cantar no es afinar bien y tener compás. Cantar por derecho es morirse.

Las cosas que se ha inventado el sobrino del Lebrijano para este espectáculo, que ya venía rodado, han engrandecido aún más a la Heredia, que sale al escenario como una diva y pone su voz a disposición de una música sólo apta para los elegidos. Dorantes cambia de compás como quien se cambia de camisa, va y viene por terrenos supuestamente contrarios, escarba en sitios en los que no había estado antes nadie.

La propuesta parece construida desde el pasado porque el repertorio es muy clásico: desde la granaína de Chacón a la galera de Juan Peña, una obra maestra que juntos han elevado al olimpo del flamenco moderno. Pero en realidad es un ejercicio de vanguardia mucho más sólido que cualquier invento contemporáneo. Porque David Peña Dorantes ha encontrado el porvenir en su herencia. Tenía el futuro a su espalda y ha ido a buscarlo sin complejos, ha abierto un camino nuevo para él y para el flamenco que consiste en ensanchar el espacio sin perder las esencias.

A nadie se le había ocurrido encajar en los tiempos jondos a una banda de cornetas y tambores. Él ha hecho el arreglo para que los metales de la hermandad de Los Gitanos se metan por fandangos en su «Orobroy» y también ha creado una marcha por tangos en la que Marina Heredia pone la voz en el Mulhacén. Lo viejo y lo nuevo juntos. Dos figuras y dos épocas. Ese es el itinerario de la Salud de los gitanos jondos. Al infinito por seguiriyas.