Arcángel se hace gigante y molino de viento

Su nuevo disco, «Quijote de los sueños», con letras de Cobos-Wilkins, lo consagra como creador del cante

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En algunos pasajes de su quijotismo, Francisco José Arcángel Ramos se empeña en ser Sancho. Simple escudero. Vaya por delante el reproche. Porque no me gusta su obra cuando enfila los caminos de la radiofórmula. Arcángel es un gigante del cante, un visionario de las nuevas melodías por las que puede ensancharse el género sin dejar de ser lo que es. Y en ese camino es donde hay que exclamar sin remisión que sus ensoñaciones son joyas de la jondura. En su nuevo disco, todavía calentito de la tahona de sus probaturas, lo demuestra. Arranca con la letra bestial de Ortiz Nuevo en su alegato contra la pureza que le costó disgustos del ultramairenismo cuando homenajeó a Caracol hace cuatro años con «Zambra 5.1». «La pureza es un consuelo, una raya en la memoria», dice por tangos mientras Dorantes lo sube a lomos de su genuino piano. Y luego, para envolver al cabal en el lío de las novelas de caballerías que defienden la tradición y propugnan la revolución, saca un tambor rociero para rehacer todas las melopeas alosneras por fandangos. Voy a decirlo ya: por fandangos es el único heredero digno de Toronjo. No tiene nada que ver con él, pero está rozándole el poste. Porque llevar la letra de Juan Cobos-Wilkins desde los adentros de la tierra hasta los aires andevaleños es sólo patrimonio de los que tienen ese cante en las vísceras. «Amor y filosofía / nadie trenza como tú / la pena con la alegría», Arcángel. Las alegrías son sal del estero en el que busca el onubense. Clasicismo puro en las formas, con Miguel Ángel Cortés tocando de ole. Pero búsqueda infinita en los fraseos. Y entonces la soleá. De Alcalá. Sonando a Caracol con el tamiz del Pele. Tela marinera. Ese cante y el fandango del Calzá son el certificado de jondura de un cantaor que mueve los vientos del género a su antojo y que juega por bulerías a cuadrar letras imposibles sobre melodías bellísimamente irreverentes. Ése es el Arcángel que no tiene par. El otro, el de la rumba con Antonio Orozco o el supuesto fandango de Huelva con trío de cuerda y sones de tango argentino es un molino de viento, un simple buen artista que se desenvuelve con tranquilidad en otros campos más livianos. Yo me quedo con el gigante que rehace los cantes cabales a pecho descubierto frente a los vientos quijotescos de la moda.