Scorsese y la llave del cine eterno

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El cine puede ser muchas cosas, sí, pero, en lo que a mí respecta, el cine es esto, una llave compartida que le da aliento, vida, que abre y da movimiento a unas emociones que estaban ahí, quietas, a la espera de ese gesto de vuelta de manivela. Podría decirse que «La invención de Hugo» es un homenaje al cine, pero es mucho más: es un elogio a lo ilusorio, al anhelo, al tiempo rescatado, al homenaje en sí mismo, y el portento es que lo cante en alto un cineasta como Scorsese, capaz de hacer un cine de pedernal y sentirlo con el delirio y el espejismo de quien dibuja animales con la forma de las nubes.

En un 3D prodigioso, alucinado, entre los mecanismos de relojes sin tiempo, maquinarias de sueño y estaciones de tren, la película se concentra en un niño huérfano y su mundo, hilado con la memoria de George Méliès y sobre la metafórica imagen de un cohete rudimentario clavado en el ojo de la luna. Técnicamente, «La invención de Hugo» sacia la avidez de cualquier ojo, y su puesta en escena, su visualidad, el modo en que se mezclan las sensaciones de cine arcaico con lo nunca visto, el movimiento con el sentimiento, el guiño con la cinefilia y la razón con el corazón lo mantienen a uno como al autómata de la película, siempre a la espera de otra media vuelta de la llave.

Pura magia: uno no tiene edad mientras ve esta película, igual cinco que noventa y cinco, y asiste jovial a las carreras chaplinescas del niño delante del policía que interpreta Sacha Baron Cohen con el corazón de Charlot, y asiste también con nostalgia centenaria al sentimiento de pérdida de Ben Kingsley, que mira hacia atrás con los ojos de Méliès, el padre de todas estas batallas, la mayoría de ellas lamentablemente perdidas.

/OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE