Bayreuth: compás de espera ante en previsible seísmo wagneriano
La canciller alemana, Angela Merkel, no quiso perderse la inauguración del festival - efe
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Bayreuth: compás de espera ante en previsible seísmo wagneriano

«El holandés errante» abre la 102 edición del Festival, a la espera de la nueva versión del Anillo

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En una típica tarde estival, casi bochornosa, cuya placidez enturbiaban levemente lejanos nubarrones, fue inaugurado en Bayreuth el 102 Festival Richard Wagner, la manifestación cultural anual más importante de Alemania, y este año la celebración wagneriana principal del bicentenario del nacimiento del compositor.

La alta sociedad alemana, con el presidente Joachim Gauck y la canciller Angela Merkel, al frente de un cortejo de ministros, altos funcionarios y un casi milenario cortejo de magnates mayores y menores de todos los ámbitos de la vida pública, se dieron cita en la «verde colina». Único punto del programa: la representación de «El holandés errante», una escenificación de Jan Philipp Gogler que repetía curso con algunas modificaciones de detalle.

Por primera vez se retransmitía la función inaugural por televisión: en directo a casi 200 cines europeos e internet live-stream, y en diferido y alta definición por la ARD. El despliegue mediático resultó muy superior al habitual, inusitado. Casi un tercio de la colina estaba ocupado por camiones y furgonetas con equipos de grabación y transmisión vía satélite, y entre el público merodeaban solícitos reporteros.

Tales celebraciones oficiales y solemnes requieren un ambiente de paz y concordia, al menos exterior y aparente, algo rarísimo hasta ahora en las aperturas del Festival.

Calma chicha

Y, efectivamente, en esta ocasión nada parecía alterar (¡por el momento!) la calma. Ni siquiera por la mañana durante los otrora broncos encuentros anuales con la Prensa internacional, cuando el polémico director teatral Frank Castorf presentó con cierta laxitud su proyecto del nuevo «El Anillo del nibelungo» y utilizó más del doble de veces las palabras Marx, marxismo y marxista, Stalin y estalinista, que las de Wagner y wagneriano. ¿Era simplemente la calma que precede a la tormenta?

Desafortunadamente, ese aire tranquilo, distendido, que se respiraba en los corrillos del «Festspielhaus» se difundió también en el interior por el escenario y el foso de la orquesta, perceptible desde el mismo preludio con la borrasca tormentosa trocada en brisa del céfiro. La reposición de un montaje conocido, prácticamente idéntico al inaugural del año pasado y abucheado entonces por pretencioso y escénicamente inmaduro, no era el mejor presupuesto para una versión compacta, excitante, perdurable en la memoria. Presentaba sólo dos cambios: la inclusión de Ricarda Merbeth, como Senta, y Tomislav Mužek (Erik). Robusta y rutinaria la actuación de la soprano, si bien el apasionamiento connatural de su personaje lo ofreció el tenor croata, una voz prometedora de bello timbre, seguro en la zona alta. Juntamente con el coro (pronto compacto, vigoroso y explosivo) y los momentos mágicos orquestales fue lo más destacable de la velada.

Aplausos y ovaciones

Christian Thielemann alternó preclaros aciertos con altibajos, una prestación oscilante y subjetivista, más relato que drama, experimentando adaptar esta partitura primicial a la maravillosa e intrincada acústica de la sala. Samuel Youn, un meritorio recambio de urgencia el año pasado convertido ahora en protagonista titular, muy juvenil aún, visiblemente empeñado en apuntalar los bajos y la fiera negrura tímbrico-dramática asociada al personaje.

Aplausos y ovaciones, más largos y sonoros, por este orden, para Thielemann y el coro, luego para Merbeth, Youn y Mužek; discretos para F.J.Selig (Daland), B.Bruns (Piloto) y Chr.Mayer (Mary). División de opiniones, mayoritaria la aprobatoria, para el equipo escénico. En doce minutos -un buen promedio- el público había cumplido sus deberes.

Fuera, en cambio, aguardaba el primer contratiempo: un aguacero con rayos y truenos en lontananza dejaba a los asistentes paralizados bajo los cobertizos. Sobre todo al millar de invitados de honor, que temerosos de que la lluvia estropease su atuendo festivo, esperaban las limusinas para desplazarse al Nuevo Palacio, donde acto seguido proseguiría hasta la madrugada la celebración oficial con el ágape y recepción oficial del gobierno de Baviera.