Los intérpretes de «La cantante calva» y, enmarcado, su director, Luis Luque
Los intérpretes de «La cantante calva» y, enmarcado, su director, Luis Luque - Javier Naval

«La cantante calva», de Ionesco, existencialismo para todos los públicos

El Teatro Español estrena un nuevo montaje de la emblemática obra del teatro del absurdo dirigida por Luis Luque

MadridActualizado:

«Existencialismo para todos los públicos». Así se refiere Luis Luque a «La cantante calva», la obra cumbre del teatro del absurdo, que Eugene Ionesco estrenó en 1950 y que el Teatro Español presenta a partir del miércoles 3 de mayo bajo su dirección. El reparto incluye a Adriana Ozores, Fernando Tejero, Joaquín Climent, Carmen Ruiz, Javier Pereira y Helena Lanza. Se trata de una coproducción entre el propio Teatro Español y Pentación, y ha sido adaptada por Natalia Menéndez, que se refiere a ella como «una lupa de aumento sobre el aburrimento de la burguesía. Ionesco -añade- no usa fórceps con mensajes obligados, ni nos manipula. Observa el comportamiento humano, se ríe, lo critica y parece que no hace nada más... Y sin embargo produce una suerte de enorme escalofrío cuando nos adentramos en su obra. Nos lleva desde la hilaridad a la mueca trágica». Y apunta Luis Luque: «No sé si Ionesco quiso escribir una tragedia y le salió una comedia o quiso escribir una comedia y le salió una tragedia».

«Teníamos entre manos un texto capital, y nuestra forma de encarar el trabajo debía de estar acorde», añade Luque sobre esta obra que Ionesco empezó a escribir en 1943 en su Rumanía natal -con el título de «La hora inglesa»- y completó en París siete años después, y cuyo punto de partida fue su propio ejemplo como aprendiente de inglés mediante el método Assimil, que, dice Natalia Menéndez, «le procuraba frases sin sentido, llenas de clichés, que no servían para nada o, al menos, al autor le resultaba imposible aprender así».

La Real Academia Española define «absurdo» como «contrario y opuesto a la razón». Y en esa definición entra perfectamente esta obra que, dice Luque, «nació como reactivo en una Europa de posguerra, perpleja y desconcertada, como lo estamos ahora. Es una función muy contemporánea. Todos participamos de ese desconcierto y esa perplejidad de la que habla Ionesco. Todos estamos inmersos en ese intento de comunicarnos, en el ruido de la vida, que ahora es mayor que nunca... Esa es una sociedad que también veía Ionesco».

El proceso realizado por Luque y los actores ha sido «un viaje desde la comedia de bulevar, de salón, hacia la deshumanización y la mecánica». El director se refiere a los personajes como «no personajes». «No tienen psicología. Sus historias son como callejones sin salida; al final de ellos hay una puerta, pero detrás solo hay otro callejón sin salida. En los personajes no hay recorrido psicológico».

Luque ha tenido durante el montaje de la obra miedo a que el disparate y el «cualquiercosismo» se adueñara de la función. «Los actores han ido poco a poco comiéndose el clown, que estaba dentro del motor de la interpretación, para que el montaje no terminara siendo una astracanada. Le hemos ido buscando el sentido al sinsentido. Ionesco decía que el humor es “lo cómico como expresión de lo insólito”, y lo insólito nos lleva a la hilaridad».

Ionesco, dice Luis Luque, tenía mucho miedo a los totalitarismos. «Ese es un miedo compartido; ahora los lobos no van disfrazados de ovejas, llevan otros disfraces, pero siguen siendo lobos. Las banderas y los idiomas se emplean como instrumentos de confrontación; el nacionalismo está floreciendo de una manera terrible y nos seguimos apasionando, nos seguimos peleando y nos seguimos destrozando por el amor a la tierra o al contexto cultural. Y de eso hacemos nuestra guerra personal y consideramos menores -y peores- la esencia y la cultura del otro. Lo estamos viendo en Cataluña, en Gran Bretaña. Se alude a elementos emocionales pero lo único que se busca es poder».

Más allá del contexto y el conflicto social, se encuentra el ser humano. «Ionesco -asegura Luque- era un existencialista nato... Aunque él no lo supiera. Era un hombre muy analítico, muy reflexivo, muy complejo. Y al mismo tiempo muy sencillo: era un hombre que amaba la naturaleza, y en ella se sentía en calma. Él se pregunta qué es la existencia. Pero es una pregunta sin respuesta que está en esta función. Los interrogantes aparecen enmascarados en el humor, que es un vehículo increíble para introducir muchas cuestiones. En este mundo de impaciencias las preguntas sobre quiénes somos te llevan a callejones sin salida».