Crítica de «Postales para un niño»

Diego Doncel
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El teatro no es solo un espectáculo, sino una forma de terapia, de esperanza personal, de consuelo y de compañía. Un instrumento de inclusión, de superación. Dentro de las actividades de la Fundación Jesús Abandonado, seis personas sin hogar y un puñado de actores profesionales nos invitan, de la mano de un niño, a un viaje al centro del miedo para superar nuestros terrores, nuestros traumas. Es el teatro en su forma más humana, porque en la biografía de esas seis personas están las heridas de este tiempo y las heridas de nuestra conducta: las crisis, los reveses y las pruebas de todas nuestras supervivencias.

La caja negra es el escenario de este viaje simbólico, el que lleva a cabo un niño vestido de «boy scout» que busca comprender el enigma de una postal. Para ello recorre distintos personajes que van apareciendo a golpe de sonido de ruleta: el músico y su aislamiento, la bailarina y el viejo, los locos, el hombre que interroga a las estrellas, la muñeca, el hombre que está en el centro del miedo. ¿Qué es lo que han visto estas vidas? Su desgracia, su caída, el abismo de la nada y, sobre todo, que el miedo nos perturba y nos inmoviliza, nos somete y se convierte en el final de nuestros sueños. La obra ha sido creada de forma colectiva, en la que el equipo psicológico, el «coach», los propios actores y Pepe Galera como director de la compañía intentaron crear distintos paradigmas de la indigencia contemporánea y someterlos a la mirada inocente de una especie de Principito. La autobiografía es llevada a lo simbólico, la historia personal al relato dramático. No falta aquí la poesía, ni la imaginación ni el humor, no falta la tragedia, el absurdo, el histrionismo, el melodrama, pero sobrecoge el hecho de que el teatro haya ayudado a unos seres a encontrar el camino perdido en la jungla de la sociedad de hoy. «Postales para un niño» es la respuesta a una llamada: «Ven, te necesito», porque la obra nos habla de la necesidad de los otros, de hasta qué punto los otros pueden ayudarnos a superar nuestro infierno y cómo de las cenizas de ese infierno siempre existe la posibilidad de que germine una vida nueva.

A lo largo de estos meses hemos visto el derrumbe de la dinastía Lehman, las bicicletas en la noche de Bernardo Atxaga, la liquidación de los recuerdos en Arthur Miller; lo que ahora contemplamos es un grupo de personas luchando por ese momento donde todo se reinventa. En el teatro, con esta obra sencilla, con este cuento para niños. Sin grandes pretensiones interpretativas o escenográficas. Tal vez con aquella única pretensión que ansiaban los ilustrados, buscar la dignidad, recuperar la esperanza.