Ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992
Ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992 - ABC

La Fura dels Baus: de la mula a los Juegos Olímpicos

El grupo celebra sus cuarenta años de vida con la recreación de «Manes». Carlus Padrissa recuerda sus primeros tiempos

MadridActualizado:

Érase una vez un grupo de jóvenes que vivían en un pueblo de Barcelona llamado Moyá a los que les gustaba hacer teatro y tocar instrumentos. Un día, otro joven, algo más mayor que ellos, les invitó a actuar con él y crearon una compañía. Poco a poco, el grupo fue creciendo; varios de los muchachos se marcharon y vinieron otros a sustituirlos. Sus obras gustaban a algunos e incomodaban a otros, pero su fama fue creciendo y su peculiar manera de entender el teatro, provocadora y un tanto punk, gustaba allí donde se presentaban.

Hasta que un día les encargaron un espectáculo para la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, y el grupo se hizo muy popular. Al cabo del tiempo, los jóvenes que seguían en el grupo se dispersaron y empezaron a hacer cada uno sus propios espectáculos, cada vez más grandes y complicados, aunque nunca dejaron atrás el grupo. Y, colorín colorado...

Pero este cuento, que comenzó hace ahora cuarenta años, no se ha acabado. Es, algún lector lo habrá adivinado, la historia de La Fura dels Baus, que tiene ciertamente algo de cuento de hadas. Nadie recuerda exactamente el día que nació el grupo, pero sí que fue en 1979. Para recordar este aniversario, uno de los creadores de La Fura, Pera Tantinyà, ha recreado uno de sus primeros espectáculos, «Manes», que se presentará la semana que viene (del 17 al 21 de julio) en el Museo Marítimo de Barcelona, dentro de la programación del Festival Grec.

«Manes», uno de los primeros espectáculos de La Fura
«Manes», uno de los primeros espectáculos de La Fura - ABC

Al otro lado del teléfono, se adivina una especial excitación en la voz de uno de aquellos jóvenes que formaron parte del nacimiento de La Fura dels Baus: Carlus Padrissa. Junto con él, en aquellos días de 1979 estaban Marcel·lí Antúnez Roca, Pera Tantinyà, Quico Palomar, Teresa Puig y un sexto miembro, hoy en día cocinero, de cuyo nombre no vale la pena acordarse. Padrissa habla torrencialmente y su prolijo relato navega por los recuerdos de manera desordenada pero detallada. Cuenta así el nacimiento de La Fura dels Baus. «Nosotros hacíamos ya nuestras cosas, tocábamos y actuábamos. Estábamos un día en Barcelona, en casa de un chico de Moyá un poco más mayor y con ideas todavía más locas que las nuestras, que era músico también; le había salido un bolo y nos ofreció tocar con él. Pero necesitábamos un nombre. A Marcel·lí se le ocurrio "fura", que es hurón en catalán. A otro se le ocurrió "Els Baus", que es un toponímico, el nombre de unos antiguos ojos de agua que había en un pueblo. Y yo propuse unir los dos: La fura dels baus. Nos gustó a todos, y quedó así. Fue una creación colectiva».

Pero La Fura dels Baus llevaba, sin esa denominación, algún tiempo haciendo pasacalles, teatro callejero. Por entonces ya estaba sentada la base de su trabajo: «Teníamos –cuenta Padrissa– tres bases: el cuerpo, un teatro físico y joven; la alteración física del espacio y la interactividad, nos gustaba rodear al público. No era nada nuevo, eso es el carnaval, pero era lo que hacíamos».

La muerte, muy joven, del padre de Pera Tantinyà –que formó parte de la Quinta del Biberón y estuvo preso en el Valle de los Caídos– permitió a la joven compañía comprar, con la herencia, una mula y un carro. Con ellos quisieron emular a La Barraca de Lorca, y emprendieron una gira de más de dos meses por pueblos de la Cataluña interior, siguiendo el curso de ríos como el Fluviá. «Cuanto más desamparados eran estos pueblos, más nos querían», recuerda Padrissa. Allí descubrieron su vocación «punk»: «Si vives en la calle, te vuelves medio gitano», añade.

Nadie es profeta en su tierra, dice el refrán. Tampoco La Fura dels Baus, que después de esta gira quería ofrecer una fiesta en Moyá para todo el pueblo. «Como no había camerinos, a Teresa se le ocurrió orinar en la calle: un vecino pervertido la vio y se lo dijo al alcalde, que prohibió la fiesta que teníamos preparada porque dijo que no éramos dignos de llevar el nombre del pueblo».

Un grupo «punk»

Del carro tirado por la mula se pasó a un coche, un 4L. Y sucedió un hecho que marcó el futuro del grupo: «A Marcel·lí una noche le robaron la trompeta –cuenta Padrissa– y la manera de exteriorizar su enfado fue cortarse el pelo». Fue, de algún modo, la iluminación que necesitaba La Fura para convertirse en un grupo «punk». «Lo nuestro era teatro de reanimación, algo más que animación; integramos la violencia». Y en Sitges, en 1983, nació «Accions», el primer trabajo con lenguaje furero. En un paso a nivel –«un día que se jugaba un Barça-Real Madrid que ganaron los blancos», recuerda Padrissa– hicimos nuestro espectáculo. Queríamos subvertir, dar miedo a la gente, llevarlos a lugares incómodos. Nos vio Albert Vidal, que nos invitó a un festival de teatro que organizaba entonces allí en Sitges, y presentamos “Accions”, pero ya en serio. Al tiempo, creamos el “Manifiesto Canalla”, con el que queríamos defender nuestro teatro físico e intenso, nuestro teatro furero».

«Accions», el primer trabajo con lenguaje furero (1983)
«Accions», el primer trabajo con lenguaje furero (1983) - ABC

Aquí comenzó el despegue de La Fura dels Baus, que se convirtió, según reconoce Padrissa, en un grupo de culto. Hasta que recibieron el encargo de crear el espectáculo para la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. «Pasamos entonces a ser un grupo popular; nos volvió clásicos, la gente nos aceptó y empezó a querernos. Somos un grupo muy querido, nos quieren desde los toreros a los animalistas. Incluso mi tío, al que no le gustaba lo que hacíamos, nos quiso desde entonces».

Hasta 1994 siguieron haciendo todo juntos –por el grupo han pasado nombres como Álex Ollé, Hansel Cereza, Miki Espuma, Jürgen Müller o Pep Gatell–. Pero, explica Padrissa, desde 1992 nos convertimos en directores. Nosotros dominábamos muchas disciplinas, aunque no éramos buenos en nada». Ahora, cada uno de sus miembros trabaja de manera individual, «aunque llevamos el ADN Fura, y tenemos el paraguas del grupo. Pero los distintos trabajos nos permiten desarrollar nuestra personalidad y, además, no quemarnos».