Un momento de la obra «El desguace de las musas», de La Zaranda
Un momento de la obra «El desguace de las musas», de La Zaranda - ABC

«La industria teatral asesina la creación»

La Zaranda presenta en el Teatro Español su nuevo trabajo

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La Zaranda entiende el teatro como una búsqueda del silencio interior, una comunión con ellos mismos y con el espíritu de quien los contempla, el público.

Ese silencio necesario para la creación artística está hoy corrompido, denigrado, reemplazado por el ruido ensordecedor del entretenimiento y los productos de ocio, por la «degradación de la taquilla y de la creación desde los despachos», denuncia, con su característica contudencia, el dramaturgo de la compañía, Eusebio Calonge.

Y es la propia Zaranda la que rompe, a veces, ese silencio. Pero no porque se traicione a sí misma y ofrezca un producto enlatado y listo para consumir, sino porque sienten la necesidad de alzar la voz en un época que renuncia a la cultura y a la poesía. «Hablamos de algo de lo que no se ha hablado nunca y es que la industria teatral asesina la creación. Esta necesita un tempo y un silencio que la industria, tal y como está concebida, no permite. Se hace un teatro fabricado para que la gente se lo coma y nosotros no lo hemos hecho nunca, hemos apostado por un teatro vivo y en comunión», sentencia Paco de La Zaranda, director de la compañía que ha decidido llamarse «inestable y de ninguna parte» y que presenta en el Teatro Español «El Desguace de las musas» hasta el próximo 4 de junio.

El nombre de la obra explica con elocuencia y sin huir de la metáfora tan «zarandeana» cómo nos enfrentamos a una «sociedad del espectáculo donde todo está hecho para verse desde el prisma del entretenimiento que nos extrae de la interioridad», detalla Calonge. Esta nueva forma de «cultura» ha perdido la inspiración y ha convertido a las musas «en una parte más de la degradación». La madre de las musas, recuerda Calonge, es en la mitología griega, Mnemosina, la personificación de la memoria. «Ahora se habla mucho de memoria pero en realidad no se rescata nada de esos ejes trascendentales que movieron el arte». «El trabajo habla del alma del ser humano, de una civilización que tiene su cultura completamente en ruina, apuntalada y donde la poesía, la cultura y la belleza no importan», añade Paco de La Zaranda, también actor en esta obra donde comparte escenario con los habituales Enrique Bustos y Gaspar Campuzano y al que se suben Inma Barrionuevo, María Ángeles Pérez-Muñoz y Gabino Diego.

La alegoría que La Zaranda ha escogido para representar el desguace de las musas, una civilización «de pensamiento único», de «trampantojos de pantallas que escupen su misión publicitaria, políticos que vociferan y amnesia futbolística», es un antro de mala muerte infestado de ratas, «iré al psicólogo para saber por qué siempre están presentes las ratas en los textos», bromea Calonge, en el que conviven y resisten artistas venidos a menos: un showman acabado, una vedette sin gracia o una pianista a la que nadie escucha.

La ética del artista

Es, precisamente, ante la desolación y la ruina cuando cabe preguntarse quiénes son los responsables: «Hay una responsabilidad ética que tiene todo el mundo pero el artista tiene, además, otra que es la ética artística. Yo como persona puedo tener un sentido de un mundo mejor, pero no como artista. El arte no nace de ahí, ni Kafka ni Dostovieski hablan de un mundo mejor sino de otra realidad humana más oculta, poderosa, profunda. El arte no tiene que ver con un mundo mejor, nace de otra coyuntura humana, no de esa ética o política a la que se quiere empujar ahora al arte. Parece que estamos en esa utilidad social. El arte no nace de ahí ni ha estado ahí nunca», explica Calonge.

En el desguace de las musas el arte parte de un antro que existe y con el que La Zaranda se ha encontrado de «casualidad»: «Estábamos en Barcelona y pasamos por la calle Lancaster donde hay un antiguo local, ya cerrado, llamado la Bodega Bohemia donde paraban artistas de todo tipo de categorías, consagrados, acabados, los que recién empezaban...Era una sala que nosotros también frecuentamos en alguna ocasión. Ese día nos paramos en la puerta y ahi surgió el fogonazo del encuentro con los fantasmas de ese local que vinieron a vernos, se apoderaron de nosotros y dieron pie a la creación de este trabajo», relata Paco de La Zaranda.

Si bien en esta ocasión, y a diferencia de otros trabajos de la compañía, hay más «colorido», música en vivo y más actores en escena, permanece latente la esencia que tanto defienden y la constante denuncia de una «devastación espiritual sin precedentes»: «Hay una gran alergia a todo lo que es espiritual. Estamos en una época de materialismo espantoso donde se confunde la interioridad del hombre con cierto ejercicio y poses orientales. Occidente tiene una gran trascendencia y se ha intentado abolir porque no vende. Sin embargo, en cuanto te instauras en el espíritu te apartas de esa maquinaria siniestra que va triturando todo lo espiritual», concluye Calonge.