Un momento de «El perro del hortelano» representada en el interior de un coche
Un momento de «El perro del hortelano» representada en el interior de un coche - Mariano Cieza

Lope de Vega en un coche, la propuesta más insólita del Festival de Almagro

El teatro ocupa durante estos días las calles, iglesias y palacios de la ciudad manchega

Madrid Actualizado: Guardar
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Lo más cercano a un automóvil que había en tiempos de Lope de Vega eran las diligencias; poco podía imaginar el Fénix de los Ingenios que Diana y Teodoro, los protagonistas de su comedia «El perro del hortelano», iban a discutir sus amores al volante de un automóvil. Pues lo hacen. Es «El teatro de sus mercedes» -el patrocinador es la firma de automoción alemana-, sin duda la propuesta más singular de la cuadragésimo segunda edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, que acaba de levantar el telón y, que, un año más, convierte a esta hermosa localidad manchega en «el gran teatro del mundo».

Diana emerge de una de las ventanas del Palacio de los Condes de Valdeparaiso; en la puerta del lugar prepara el coche Teodoro. Un actor advierte a los tres espectadores que van a ser testigos del viaje de condesa y criado. «Lo que van a poder ver /es un hecho estrafalario: / el coche es un escenario; / el coche, un Mercedes Benz». Personajes y público entran en el vehículo, y con él discurriendo por las calles de Almagro comienza el diálogo de aquellos: «Hame dicho cierta amiga -dice la condesa de Belflor- / que desconfía de sí / que el papel que traigo aquí / le escriba. A hacerlo me obliga / la amistad, aunque yo ignoro, / Teodoro, cosas de amor, / y que le escribas, mejor, / vengo a decirte, Teodoro».

Una historia regañada

Los diecisiete personajes de «El perro del hortelano» se han quedado en dos; su peripecia dura unos veinticinco minutos, durante los que Diana y Teodoro dialogan, discuten, pelean; ella se baja del coche, él la persigue... Hasta que el amor triunfa. El propio director del festival, Ignacio García, firma la versión, que condensa perfectamente la regañada historia. La dirección es de José Vicente Gómez, de la compañía local El Taular Teatro, y hay tres parejas de actores: Áurea López y Miguel Chaves, Maribel Díaz y Mario Cañizares, y Amparo Segovia y Miguel Barba.

Mientras esto ocurre por las calles de Almagro, en su corazón, la Plaza Mayor, en la terraza del bar que regenta está sentado Domingo, «el gordo» -así se llama su establecimiento, uno de los más populares de la localidad-; al ver pasar al director del festival, Ignacio García, le llama y proclama: «este año sí, la inauguración ha estado muy bien». El restaurador -junto a sus compañeros de gremio- es el mejor termómetro de la marcha del certamen; las terrazas de esa espectacular Plaza Mayor acoge vivas tertulias antes y después de los espectáculos, siempre con el teatro como eje de la conversación. En ellas se concentran a partir de las siete y media u ocho de la tarde -cuando el sol y el calor empiezan a moderarse- los espectadores antes de llenar los teatros; en ellas se puede ver tras las funciones a las decenas de actores de sus repartos, a los técnicos de los teatros, a los iluminadores, escenógrafos, figurinistas; incluso a los periodistas que cubren el festival -y que previamente han visto al menos dos espectáculos cada uno-.

El gran teatro de Almagro

Y es que pocos festivales en nuestro país están tan trabados con la localidad en la que se celebra como el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Durante el mes de julio, desde el año 1979, Almagro se convierte en «el gran teatro del mundo», y prácticamente toda su actividad gira de modo directo o tangente con la escena. «¿A quién le has alquilado tú el apartamento?», se escucha preguntar a una vecina.

Y es que el teatro es un elemento tan identificativo de Almagro como el encaje de bolillos, las berenjenas o los «Duelos y quebrantos» -un plato típico de la tierra, que no es más que un revuelto de huevos con chorizo, jamón y tocino-. El responsable de esta asociación es un pequeño espacio situado en la propia Plaza Mayor: el Corral de Comedias, construido a principios del sigl XVII por Leonardo de Oviedo, presbítero de la Iglesia de San Bartolomé el Viejo de Almagro; la primera representación de la que se tiene noticia data de 1629. El lugar se convirtió en posada, hasta que en los años cincuenta del pasado siglo, tras unas obras, reapareció el escenario prácticamente intacto. En 1952, tras los trabajos de restauración, el Corral reabrió como espacio teatral.

Corazón del festival

Ignacio García es tajante al hablar del Corral de Comedias como corazón y motor del festival: «Es el centro del mundo de 580 millones de hispanohablantes que, cuando piensan en la palabra viva, en la palabra teatral, no van a encontrar un lugar que represente tanto. Por eso el festival apoya decididamente la propuesta del Ayuntamiento de que sea declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad; el Corral simboliza un gran viaje que hizo nuestra lengua, mucho más liberal de lo que a menudo se ha entendido».

Pero el Corral, eje indiscutible del Festival de Almagro, no es su único escenario. Son más de veinte los espacios que acogen el festival: antiguos palacios -Fúcares, Los Oviedo, Valdeparaíso, Los Medrano...-, iglesias -San Agustín, San Blas, Las Bernardas...-, ermitas -San Ildefonso, San Pedro, San Juan..., teatros -Municipal, La Veleta...-, museos -del Teatro, del Encaje y la Blonda...-, edificios históricos -Antigua Universidad Renacentista, Hospital de San Juan...-. Éste último lugar es, desde los inicios del certamen, la sede almagreña de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, pilar fundamental del festival; en él se ha puesto la primera piedra de la presente edición: un homenaje a Adolfo Marsillach, figura fundamental no solo del festival y de la CNTC, que él fundó, sino del teatro español del siglo XX. Desde este año, el Hospital de San Juan se denomina Teatro Adolfo Marsillach, y su labor se recuerda en una placa que se desveló en un acto en el que estuvieron presentes su viuda, Mercedes Lezcano, y sus dos hijas, Cristina y Blanca, además de una corte de políticos y autoridades encabezada por la vicepresidenta del Gobierno, Mercedes Lezcano.

Adriana Ozores

La entrega del premio Corral de Comedias a la actriz Adriana Ozores -figura de la CNTC en los ochenta y noventa- dio el pistoletazo de salida al festival. En la ceremonia intervinieron ya varios artistas del país invitado de esta edición, México. Se cumplen quinientos años de la llegada a este país de Hernán Cortés, y ése es uno de los motivos de la presencia mexicana en Almagro; pero también, y sobre todo, porque la autora que presta su imagen este año al certamen y que, además, lo vertebra, nació en aquellas tierras: Sor Juana Inés de la Cruz (Nepantla, 1648-Ciudad de México, 1695).

La escritora novohispana está muy presente en el festival, y la primera en recordarla ha sido Carmen Cortés. La bailaora barcelonesa ha presentado en el Palacio de los Oviedo «Juana Inés», un espectáculo íntimo y desnudo -solo ella y tres músicos-, con dirección de Carme Portaceli y música -bellísima- de Gerardo Núñez. El primer espectáculo mexicano ha sido «Cervantes Versos Shakespeare», una fantasía un tanto pretenciosa y filosófica escrita y dirigida por Aurora Cano. Le acompañaban Los diablos de Teloloapán, que mostraban su espectáculo en la Plaza Mayor -donde al día siguiente el Instituto del Teatro de Madrid presentaba el Auto sacramental de «La vida es sueño» de Calderón de la Barca.

A la presencia internacional, que tanto enorgullece a Ignacio García, se ha sumado este primer fin de semana un hermosísimo y poético espectáculo dirigido por el propio García, y con actores polacos: «Hijas del aire. Sueño de Balladyna», basado en «La hija del aire» de Calderón y «Balladyna» de Juliusz Słowacki.