Arturo Fernández
Arturo Fernández - ABC

«¿Por qué no se alargará la vida, ahora que la empiezo a disfrutar tanto?»

El actor fallecido ha sido un seductor dentro y fuera de los escenarios

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Nunca se sabrá cuánto había en la desenvoltura de Arturo Fernández de ser humano o de personaje: cuándo terminaba uno y comenzaba el otro. “Mis personajes son mucho más simpáticos, más guapos y con más dinero que yo. El verdadero Arturo Fernández es un hombre mucho más tranquilo”, decía hace unos meses.

Y es que el actor asturiano fallecido hoy a los noventa años, llevaba mucho tiempo convertido en un género teatral en sí mismo. Admirado abiertamente por el público y en la intimidad por muchos compañeros de profesión (sus ideas políticas y su manera de entender el teatro provocaban rechazo en el mundo de la escena), Arturo Fernández fue un francotirador de nuestra escena fiel a sus convicciones, ya fueran políticas o teatrales. Nunca ocultó, hablando de las primeras, su simpatía por la derecha; y en cuanto a las segundas, tenían un solo credo: los espectadores. Por ellos levantaba el telón todos los días, pensando en ellos montaba sus funciones: «Sinceramente -decía en esa misma entrevista- creo que el público percibe que él es mi prioridad, que intento no defraudarle nunca, que montaje tras montaje intento superarme en todo: texto, puesta en escena, dirección... Para sorprenderle, para hacerle pasar dos horas muy gratas llenas de humor elegante y también de emoción. Sabe el tesón, el esfuerzo y la coherencia que hay detrás de mi trabajo».

Fue toda su vida un seductor, dentro y fuera de los escenarios. Para él tan importante era decir bien el texto como llevar impecablemente planchada la camisa. Respetaba su oficio, que le hacía estar, a los noventa años, al pie del cañón. ¡Y haciendo papeles de galán! Su «chatín», repetido como un estribillo una y otra vez a sus interlocutores, era la carta de presentación de un hombre educado, afable. De un caballero asturiano con un extraordinario y fino sentido del humor.

Solo así se entiende que hace unos pocos años decidiera reírse de sí mismo y de su personaje y se pusiera a las órdenes de Albert Boadella en «Ensayando Don Juan», donde encarnaba a un galán trasnochado. O que, cuando se le preguntara si el clergyman que vestía en «Enfrentados», la penúltima función que hizo, contestara: «Creo que el Vaticano ha mandado un emisario para ver cómo voy yo y cómo hablo en el púlpito. Y el traje está hecho a medida. No tolero un Cornejo o un Peris... Nada de traje de alquiler. Aunque sea un sacerdote».

Era septiembre de 2014, y en aquella entrevista ya había un poso de melancolía: «Soy consciente de que la vida se acaba, y daría cualquier cosa por que se descubriera esa pastillita para quitarse quince años de golpe. Yo amo la vida por encima de todas las cosas. Y soy un poco como los futbolistas, que cuando tienen 34 años es cuando mejor juegan, pero es cuando tienen que retirarse; a mí me pasa un poco eso. ¿Por qué no se alargará la vida, ahora que la empiezo a disfrutar tanto? Cuando ya eres mayor, ves que te has preocupado por cosas que no tenían ninguna importancia, y ahora quieres acogerte a las cosas importantes y disfrutarlas, que no se te escapen».