Una escena de «Saigón»
Una escena de «Saigón» - Jean-Louis Fernandez

«Saigón»: una fascinante mirada a la Historia

Dirigida por Caroline Guiela Nguyen, se trata de una obra absolutamente grandiosa, bella y delicada

Diego Doncel
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«Saigón» es una obra absolutamente grandiosa, bella y delicada. Es grandiosa porque cuenta la vida y lo hace con tal carga de sencillez, de verdad y de hondo realismo que mantiene al espectador todo el tiempo con el corazón desbordado. Es una historia previsible, pero esa manera fragmentaria de cruzar tiempos y espacios, personas y los fantasmas de esas personas la convierten en un montaje sencillamente absorbente y conmovedor. Hay ambición y control de esa ambición. Aquí se calla tanto como se cuenta porque este es el relato de los silencios, de los secretos, de historias y sentimientos tan profundos que ni siquiera pueden ser verbalizados. Caroline Guiela Nguyen ha escrito y dirigido una obra llamada a permanecer en la estantería de lo memorable y lo necesario porque no solo habla de las heridas de la historia ( sobre todo francesa) sino también de cómo esas heridas sangran en nuestra piel y en los latidos de nuestra existencia.

La escenografía tiene la vitalidad de Richard Estes y la melancolía de Edward Hopper. El restaurante hiperrealista que se construye es un restaurante barato tanto de Saigón en 1956 como de París en 1996. Y en él se desarrollan todas estas historias de amores perdidos, de maternidades rotas y de ausencias insoportables. El relato que nos cuenta la adolescente Lam tiene la misma que poesía a la que nos acostumbró Marguerite Duras cuando habló de la descolonización francesa de Indochina. Los amores imposibles de Linh y Edouard, de Hào, Mai y Cécile, la tragedia silenciosa de Marie-Antoinette tardando casi dos décadas en conocer la muerte de su hijo atraviesan los conflictos políticos, las guerras, los embargos económicos que vivió esa región del planeta y Francia durante el siglo XX. Pero sobre todo alzan un relato coral sobre la esperanza y la nostalgia, la imposibilidad de recuperar aquello que se vivió y la precaria posibilidad de reinventarse para los emigrados.

Esta reunión de destinos, esta encrucijada de ausencias es también un cruce y una encrucijada de interpretaciones y de idiomas. Como Jöel Pommerat, Caroline Guiela Nguyen crea el texto de «Saigón» con la participación y la experiencia de los actores y hace que en él convivan el francés, el vietnamita y el inglés como ejemplo de un mundo mestizo en lo lingüístico y lo social. Todo con el fraseo de una música que tiene en la obra el papel destacado de la belleza y la emoción porque cada vida es esa canción triste que se canta en el micrófono del pequeño escenario que tiene el restaurante.

«Así es como se cuentan las historias en Vietman, con muchas lágrimas», se afirma al final de la obra. Lágrimas al ver esta maravilla convertida en teatro.