Olga Pericet durante su actuación en el Teatro Central
Olga Pericet durante su actuación en el Teatro Central - ÓSCAR ROMERO

Bienal de Flamenco de Sevilla 2018La soñada versatilidad de una bailaora

Olga Pericet estrena en Sevilla su obra, «La espina que quiso ser flor o la flor que soñó con ser bailaora»

SevillaActualizado:

«La espina que quiso ser flor o la flor que soñó con ser bailaora» es el último espectáculo creado por la bailarina cordobesa Olga Pericet, la única de la larga estirpe de la familia con este apellido que forma parte de la historia de la Danza, y que en este momento está en los escenarios. Pericet ha querido mostrar en esta propuesta su vida en la luz y la oscuridad, su femenino y masculino, el drama y la ironía, la belleza y la fealdad. Un recorrido onírico bajo la dirección y dramaturgia de otra mujer, Carlota Ferrer.

Estrenado en el Festival de Jerez en 2017, el espectáculo, que ganó el premio de la Crítica de este certamen, está dividido en diez movimientos y se desarrolla a lo largo de dos horas.

En «La espina que quiso ser flor o la flor que soñó ser bailaora», Olga Pericet se transforma en mujeres de varias generaciones, como si quisiera a través de la performance y la danza, crear un nuevo camino apto para todos los públicos, entre el flamenco más ortodoxo y los nuevos lenguajes escénicos, donde las fronteras casi han desaparecido.

Los palos se suceden, granaínas, bulerías, tanguillos, tangos, fandangos, zambra, guajira, caval, cuplé…, conformando una serie de movimientos e imágenes casi escultóricas, donde destaca por encima de todo la gran capacidad camaleónica de esta bailaora que se transforma según la necesidad de su espíritu creativo, incluso al final en un cuerpo lleno de luces.

Suenan los palillos y Olga Pericet surge bailando la soleá de Arcas, en seguida aumenta el ritmo de forma inusual, se para el baile y desde los hombros del escenario le tiran una montaña de zapatos dispares. Se inicia así uno de los momentos más histriónicos de la obra, al que siguen nueve movimientos más. «La mujer gallina y el hombre gallo», bailan Pericet y Jesús Fernández, que protagonizarían después por bulerías uno de los cuadros más hermosos del espectáculo. Jesús Fernández, bailaor de hechuras y elegancia.

En la obra se desarrollan todas las aptitudes dancísticas de la bailarina-bailaora, Escuela Bolera, Clásico Español, y por supuesto flamenco, con la dirección de Carlota Ferrer que la ha conducido cuidadosamente desde lo dramático a lo cómico.

Los pellizcos llegan quizás con la extensa guajira, interrumpida por caval, que inicia toda la compañía a compás sobre una mesa y que Pericet baila en inusual atuendo, con pantalones y chalequillo. Vuelve al inicio la bailaora-bailarina con la soleá de Arcas, y el prólogo lo pone, tras varios falsos finales, la milonga con letra de García Lorca, «Gacela del amor desesperado» y la voz de Jeromo Segura, quien junto a Miguel Lavi y las guitarras de Antonia Jiménez (por cierto, única mujer en esta especialidad en la Bienal), y Pino Losada, no son un atrás, sino que participan en la dramaturgia y en la interpretación como el baile, y generan un magnífico espacio sonoro sin fisuras.

Al final, un brindis entre mujeres, Olga y Antonia, aunque también están ahí otras dos mujeres, Carlota Ferrer y Gloria Montesinos, que firma el espléndido diseño de luces. «La espina que quiso...», es una obra en la que la cordobesa demuestra su versatilidad dancística e interpretativa, y en el que si hay que ponerle un pero, es quizás el exceso de tiempo, aunque es posible que esta sensación se debiera también a la tardía hora de los espectáculos del Central en esta Bienal, las once de la noche (acabó a la una de la madrugada). Replantearse este tipo de horarios seguro que va en beneficio tanto del público como de los artistas.