Espectaculo «La muerte de un minotauro», de Ruben Olmo
Espectaculo «La muerte de un minotauro», de Ruben Olmo - J.M.Serrano
Crítica de Danza

Salvador Távora versus Rubén Olmo

El Festival de Danza de Itálica se inauguró con la obra «La muerte de un Minotauro», homenaje al dramaturgo sevillano

SevillaActualizado:

Los dos nacieron en el Cerro donde anidaban la Aguilas, en generaciones muy diferentes pero con vidas nada sencillas. Y al final el destino les ha unido, aunque el más joven, Rubén Olmo, nunca pudo trabajar con su admirado Salvador Távora, y por eso esta obra, «La muerte de un minotauro» es su homenaje al maestro.

Con un teatro romano casi lleno, la inauguración de este milagrosamente longevo festival de Danza de Itálica, fue una propuesta con contudencia, como debe ser, y con producción propia, en manos de quien desde septiembre será director del Ballet Nacional de España, Rubén Olmo.

Nueve escenas para desmembrar a este Minotauro, una de ellas coreografiada por Rocío Molina e interpretada por Rubén Olmo, y un paso a dos, «Teseo y Ariadna» interpretado magistralmente por Eduardo Leal y Diana Noriega, una bellísima pieza.

Y se veía a Távora por todos sitios, sin remedarlo. En aquel Minotauro tavoriano con cabeza de toro, o en el Picasso Andaluz, o incluso en Las Bacantes, la obra que hiciera Távora con Manuela Vargas, y que Olmo ha recreado en esas ocho mujeres que con el pelo al aire, recuerdan aquellas trágicas Bacantes vestidas de rojo. Faltó tan sólo la máquina del teatro tavoriano.

Pero ahí estaban también otros elementos del teatro de Távora, el coro de Los Palacios, Lux Aeterna y, como no podía ser de otra forma, la Banda de las Tres Caídas en la apoteósis musical del final ese labertinto griego y tavoriano.

Pasodoble cubano, soleá, zambra, seguiriya, el piano de Alejandro Cruz y ese trío flamenquísimo de Pau Vallet, Agustín Diassera y David Rodríguez «Chupete», que junto a Bética de Cámara y la dirección de Manuel Busto, interpretaron una gran composición musical llena de matices. Gran trabajo de todos los músicos y compositores.

Baile espectacular de Olmo, con esa estética que ora es flamenca ora es danza española y donde una disciplina no desmerece a la otra. Rotundas esas mujeres del laberinto que deben ser sacrificadas al Minotauro, bellísimas escenas de baile coral.

Un laberinto dibujado en el suelo con la luz y los cubos de la escenografía que no ocultaban para nada la belleza del espacio, y un Olmo en plena madurez creativa y dancística que hizo de este Minotauro su «hasta luego» de Sevilla.

Una propuesta que es una pena no pueda girar, o al menos eso parece, aunque sea sustituyendo a su protagonista (si así lo autoriza Olmo), porque realmente la obra debería ser vista en otros lugares. Muy buena inauguración de este festival que, ojalá los dioses griegos oigan las plegarias, y regrese al Olimpo que nunca debió abandonar.