Antonio Ferrera abandona la plaza a hombros después de brindar una tarde inolvidable
Antonio Ferrera abandona la plaza a hombros después de brindar una tarde inolvidable - Paloma Aguilar
San Isidro

Un caudal de torería de Antonio Ferrera en Las Ventas

Abre la Puerta Grande, con tres orejas, después de dos faenas de gran personalidad

MadridActualizado:

A pesar del acontecimiento futbolístico, también acuden miles de espectadores a Las Ventas. Y la fortuna les premia. Los toros de Zalduendo, muy manejables, honran el recuerdo de su creador, Fernando Domecq. (En 2014 vendió la ganadería al mexicano Alberto Bailleres). Antonio Ferrera da una tarde taurina de plenitud, una de las mejores de su vida, y abre la Puerta Grande.

Lo reciben con una ovación, después de su accidente. Saca del caballo al primero galleando. Sin probaturas, con toda facilidad, traza naturales clásicos, plenos de armonía, que entusiasman (el toro va peor por la derecha). Una gran faena, con un estilo muy personal, distinto a todos. Cita a recibir de muy lejos -como hacía Esplá-, consuma bien la suerte y sigue toreando al natural: algo insólito y de mérito. ¿Por qué no se le concede la segunda oreja? No lo sé. Yo se la hubiera dado, sin duda. Que, en esa suerte, quede la espada una pizca desprendida es pequeño lunar. Supera los 600 kilos el cuarto. Con gran técnica, lo va metiendo en la muleta, aunque el toro transmite poco y acaba rajado. Hasta las huidas las aprovecha, con torería, y acaba , junto a tablas, armándole un lío, poniendo a la gente de pie. Vuelve a citar a recibir, ahora en corto, y deja en todo lo alto la espada. Se ha inventado una faena que nadie esperaba: ¿Quién le va a negar los trofeos y la salida en hombros? Esta vez, le concede dos orejas (como debía haber hecho, con más motivo, en el primero: un criterio que no entiendo).

Siempre se espera con ilusión la estética de Curro Díaz. El segundo no se emplea, en el capote. Al comienzo, dos pases de la firma encantan a la gente; también, los muletazos solemnes, pausados, aunque el toro se queda a medias; consintiéndole, le saca algunos naturales. Mata con gran decisión pero desprendido. El quinto flaquea y quiere irse. Curro dibuja algunos muletazos suaves, con buen gusto, pero el toro huye continuamente, impide redondear la faena. Mata igual que en el otro.

Ferrera durante la corrida
Ferrera durante la corrida - Paloma Aguilar

Luis David dejó grata impresión con los Montalvos, por su variedad. En el tercero, que se rompe la vaina del pitón en tablas, realiza su segundo quite por chicuelinas de la tarde. El toro se mueve pero irregular, protesta. El trasteo es insistente, con oficio y entrega, va a más. Agarra una buena estocada y saluda. Brinda el último al ganadero, que es también su apoderado. Sufre una tremenda voltereta, recibe varios pitonazos y pisotones, pero se niega a entrar en la enfermería; sin chaquetilla, hecho un ecce-homo, vuelve al toro, que embiste sin clase. No mata bien pero la gente agradece su esfuerzo.

Antonio Ferrera ha mejorado muchísimo, buscando la lidia completa, con una torería singular. Hace unos días, vivió una circunstancia dolorosa. El éxito de esta tarde lo compensa todo y es el premio a su gran evolución. No olvidaremos la gran tarde de toros que nos ha dado. Él la recordará siempre con legítimo orgullo.

Postdata. Se preguntaba el genial Rafael El Gallo: «¿Qué hacen los ingleses, los domingos por la tarde, si no hay toros?» Se contentan con jugar (o ver) partidos de fútbol. Esta tarde, dos equipos ingleses han llegado a la final de la Champions. Pero también ha habido toreros ingleses: a comienzos del siglo XX, Tapia Robson, que después escribió el libro «La Fiesta nacional española». A Vicent Charles, de Liverpool, como el equipo de fútbol, le apodaron «El Inglés»: le dijo Carmen Amaya que tenía cara de torero, se lo creyó y se vino a España, a serlo. Se despidió en una corrida de homenaje a la flota británica. Henry Higgins alternó con Joaquín Bernadó, escribió el libro «Ser un matador»; herido, su mozo de espadas le leía «El Quijote». Con él confundieron a Frank Evans, también apodado -sin gran imaginación- «El Inglés»: a sus 74 años, toreó una vaca, para celebrar los 25, como matador; ha escrito el libro «El último torero inglés». Irlandés era David White. Ninguno de ellos ha logrado el equivalente de la final de la Champions: triunfar en San Isidro.