Joselito Adame entra a matar sin muleta al último toro de la desigual corrida de El Torero
Joselito Adame entra a matar sin muleta al último toro de la desigual corrida de El Torero - Julián López

Dos estocadas a vida o muerte en San Isidro

Joselito Adame sorprende al entrar a matar sin muleta y se gana una oreja; el confirmante Espada sufre una dura cogidaen la horia final

ROSARIO PÉREZ
MADRIDActualizado:

Como si el día de las Fuerzas Armadas fuese un buen día para entregar la vida, dos toreros ofrecieron la suya en la hora final, la hora en la que se juega el todo y la nada. A matar o morir fueron las estocadas de Francisco José Espada y Joselito Adame, en el prólogo y el epílogo de una corrida de El Torero en escalera, desigual y desbravada, con algunos ejemplares potables, pero con enormes carencias, incluso en lo mínimo exigible: la presentación. Hubo toros por debajo de los límites, como el segundo y el tercero, protestados con razón por el sector más crítico del sol y, también, por parte de la sombra.

La tarde había arrancado con la confirmación de alternativa de Espada, cogido en la suerte suprema. Espantosa la imagen, con un volteretón tremendo. K.O. cayó el confirmante, que sufrió además los pisotones de la bestia. Inerte, las cuadrillas se lo llevaron prestas a la enfermería, en momentos de verdadera angustia. Según el parte médico firmado por el doctor García-Padrós, sufrió «traumatismo craneoencefálico con pérdida de conciencia de cinco minutos de duración y traumatismo facial, pendiente de estudio radiológico». Antes, Francisco José Espada había tenido una digna actuación frente a «Jilguero», un cinqueño que echó las manos por delante en la bienvenida. El torero de Fuenlabrada brindó al cielo y se santiguó con la montera antes del prólogo por estatuarios sobre las rayas. Otro trío más, avanzando hacia los medios, con una espaldina improvisada que provocó el «¡uy!» en los tendidos. Ilusionante comienzo, que siguió a derechas, ofreciendo distancia a «Jilguero», con un prometedor cante en su embestida, aun sin humillar, noble y con ese puntito manso, que le permitía esperar a la siguiente. Serenidad en la faena, con el verdor lógico del principiante, pero con la firmeza como máxima virtud, en la que intercaló muletazos por la espalda para calentar al público, aunque faltó sal y no acabó de trepar la emoción. Remató por manoletinas el largometraje y se anotó un aviso antes de entrar a matar. Llegó entonces la cogida, que marcó el sino de una tarde de «mano a mano»...

Sin guapura

Por el percance, Joselito Adame, además de rematar al primero, tuvo que dar cuenta luego de tres toros más. El segundo, que no era ningún dechado de guapura, desagradó desde su salida. El impresentable animal iba y venía sin clase alguna. Adame trasteó con oficio, pero entre los «miaus» y las protestas no hubo modo de levantar aquello. El mexicano ganó terreno con maestría en la bienvenida al más cuajado cuarto. Se atisbaba buen son en este «Oropéndolo» y el matador hidrocálido trató de amasarlo sobre la derecha en dos tandas de cierto eco. Cuando pasó a la zurda, el viaje era más corto por ese pitón. Adame buscó la templanza, se adornó con la trincherilla y la firma. En el regreso a la mano de escribir, no acabaron de encontrarse en un punto ni toro ni torero, ni las distancias ni el acople.

Adame, figura en México, no quería marcharse en blanco de la grisácea tarde y se creció con listeza en el último, que apuntó calidad por el pitón izquierdo. Estatuarios de aperitivo del hidrocálido, que se centró al natural con dos series de suavidad y calado, exprimiendo con oficio, técnica y temple la clase de «Omaní», con una a pies juntos con sabor. Claro que a un sector lo que más le entusiasmó fue cómo recogió las telas perdidas en las bernadinas... ¡Qué cosas! La sorpresa llegó cuando se desprendió de la muleta en la suerte suprema y se tiró a matar a cuerpo limpio, con el alma y el corazón desnudos. A lo Galán y lo Fandiño, enterró un espadazo a cuerpo limpio, un cuerpo que acabó con erosiones múltiples al ser pisoteado por el toro. La entrega del torero y la emotividad de la escena desataron la pañolada y se ganó una oreja al valor, como militar mayor del ruedo en la jornada de las Fuerzas Armadas.

Dos lunas después de su conquista de la única Puerta Grande de un matador este San Isidro, volvía a Madrid Ginés Marín, que no se complicó la existencia y optó por abreviar con un mal lote, inválido uno y con guasa otro.