Juan Leal inicia de rodillas su faena al quinto toro
Juan Leal inicia de rodillas su faena al quinto toro - Efe

Dos orejas al encimismo de Juan Leal en Bilbao

El joven francés logra los únicos trofeos en una seria y encastada corrida de Fuente Ymbro

Andrés Amorós
BilbaoActualizado:

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La gran tarde de toros vivida el viernes deja una resaca feliz. Sin ninguna retórica, las consecuencias son claras: 1/Ureña se ha consagrado plenamente como primera figura del escalafón, superando por completo su terrible percance. 2/ Desde El Cordobés, hace sesenta años, ningún torero cortaba cuatro orejas en dos toros, en Bilbao: un hito histórico. 3/ Las Corridas Generales de este año ya tienen su triunfador. Al sumarlo al triunfo en San Isidro, muy difícil será que esta temporada no lleve el nombre de este torero. 4/ Este éxito indiscutible es buenísimo para atraer público al coso bilbaíno, que ha presentado entradas muy preocupantes. 5/ Queda claro que los triunfos más rotundos se alcanzan por la vía del clasicismo, sin necesidad de recurrir a baratos populismos.

Con la sonrisa en los labios, volvemos todos, el sábado, a Vista Alegre. Sin esa ilusión, no lo haríamos, aunque sepamos de sobra que los acontecimientos extraordinarios tardan en repetirse. Así ha sucedido. Simbólicamente, al sol y el calor del viernes ha sucedido un cielo con nubarrones, viento frío, media entrada y una corrida en la que sólo el joven francés Juan Leal ha cortado dos trofeos.

Le he escuchado a Ricardo Gallardo, el ganadero de Fuente Ymbro, que, en vísperas de embarcar la corrida de Bilbao, se le estropearon nada menos que seis de los nueve toros previstos: así de difícil es criar ganado bravo. Los lidiados, serios, bien armados, encastados, han recibido aplausos, aunque algunos han tenido las fuerzas justas.

Vuelve a alguna Feria Finito de Córdoba: su calidad destaca en medio de tanta vulgaridad. Pocas veces es tan verdadera una frase frecuente: «Si él hubiera querido…» No cabe duda: sus cualidades artísticas son grandes pero le ha faltado corazón. Cada uno es como es. El primero flaquea, le alivian el castigo, pero embiste brusco. El trasteo se queda en intentos, con impecable técnica, buena estética y escaso aguante. Mata, yéndose. El cuarto, bien armado, sale pidiendo guerra, empuja en el caballo, le pegan mucho y flaquea. Finito es pacifista, traza algún muletazo con clase pero sólo alguno y se lo quita de encima a la segunda.

El francés Juan Leal se está abriendo paso a fuerza de un valor que roza la temeridad. El segundo sale suelto, le pican poco, flaquea, da buen juego. Juan Leal comienza con los habituales cambiados, recurre pronto al encimismo ojedista, que tanto le gusta: metido entre los pitones, le saca algunos naturales de mérito, con momentos de apuro. Mata con salto, delantero: oreja. Al quinto, que también flaquea, lo llama de rodillas desde el centro, liga muletazos voluntariosos, con gran decisión, que conectan con el público; sobre todo, cuando deja que le rocen los pitones. Vuelve a volcarse sobre el morrillo, en la estocada: corta un trofeo y el presidente mantiene el rigor no concediendo el segundo, que hubiera sido excesivo.

De José Garrido seguimos recordando aquella mañana lluviosa de los seis novillos, en Bilbao. Han pasado ya años. ¿Será capaz de volver a ese nivel? El tercero va alegre al caballo, se agarra bien Óscar Bernal y se luce, con los palos, Chacón. El toro saca casta, Garrido aguanta, traga mucho y la épica pelea termina en tablas. En el último, después de un variado recibo capotero, comienza de rodillas, con ayudados por alto, cargando la suerte, algo que tiene mérito; se entrega, al natural, pero el toro se raja a tablas y no acierta con la espada. No ha regateado entrega pero no ha logrado cuajar la faena.

A la salida, comienza el sirimiri: ya escampará. Y el recuerdo de lo grande no desaparece.

Postdata. En el precioso Museo de Bellas Artes –el gran museo de esta ciudad, infinitamente superior al «turístico» Guggenheim– veo una interesantísima antológica de Ignacio Zuloaga, que comprende todas sus etapas y facetas; también, por supuesto, la taurina. Él mismo toreaba con el nombre artístico «El Pintor·; retrató a su amigo Juan Belmonte; pintó al picador Coriano, a los torerillos gitanos y los festejos, en plazas de talanqueras, de pueblos vascos y castellanos… Una prueba más de la fuerte unión de la Tauromaquia y las artes plásticas.