Roca Rey
Roca Rey - Raúl Doblado
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¡Lo que se pierden los catalanes!

Roca Rey corta la única oreja y Ferrera logra una gran faena en Sevilla

ANDRÉS AMORÓS
SEVILLAActualizado:

Me ha despertado, esta mañana, el jubiloso voltear de las campanas de la Giralda: proclaman que «el señor Jesús ha resucitado de entre los muertos» (igual que Bach, en su «Oratorio de Pascua»). Para celebrarlo, Mahler añadió, de su puño y letra, al final de su «Segunda Sinfonía», esta frase: «Moriré para vivir». Joaquín Romero Murube, con su «Sevilla en los labios», resume esta gloria: «Las campanas cubren, con la enredadera de sus sonidos, el cristal de la mañana». Y repite, tres veces: «¡Campanas, campanas, campanas!» En Sevilla, este Domingo de Pascua es, también, el día de la más hermosa corrida del año: ha pasado la Semana Santa; estalla el esplendor de la primavera; brillan, al sol, la cal refulgente y el dorado albero. ¡Vamos a los toros!

Los de Victoriano del Río no han dado buen juego, salvo tercero y cuarto; los demás, flojos, inciertos y complicados. Con el peor lote, Manzanares ha expuesto y ha sufrido una fuerte voltereta. Ferrera ha mostrado su añeja torería en una faena de gran sabor: la espada le ha impedido cortar trofeo. Roca Rey ha puesto al público en pie con su valor sereno y su cabeza clara; si el toro no hubiera tardado en caer, tenía en el bolsillo las dos orejas; se ha quedado en una pero prosigue su marcha imparable.

En Fallas, ha firmado una hermosa faena Antonio Ferrera, con su renovado clasicismo. Devuelto por flojo el primero (¡vaya comienzo de Feria!), el sobrero también flaquea, corta en banderillas. El diestro muestra su gran oficio, lo empapa en la muleta, le busca las vueltas. Una faena de mérito y exposición, rubricada por una buena estocada. El cuarto, un burraco («a medio pintar», comenta mi irónico vecino), dice poco pero humilla, es manejable. Antonio lo saca del caballo con verónicas primorosas (lo que hacía Joselito el Gallo y que sólo él mantiene, ahora). Cita dando el medio pecho, manda, va alargando las embestidas, lo lleva prendido a la muleta, logra naturales de gran sabor torero. Este sabio público ha ido entrando en la faena y se produce una comunión colectiva verdaderamente hermosa. Remata con un abaniqueo y un desplante, rodilla en tierra. Tiene ya el trofeo en el bolsillo pero pincha y se ha de contentar con la vuelta al ruedo: una vuelta de verdad, de las que satisfacen a un torero.

Vuelve Manzanares a una Plaza que lo tiene como hijo adoptado: es el momento para demostrar que ya ha superado del todo la larga lesión pero tiene mala suerte con el lote. Le tocan dos toros deslucidos y sólo puede justificarse con valor y destellos de su indudable clase. En el segundo, recibe una gran ovación el picador Paco María, que aguanta, primero, y clava certero, después. El toro empuja de lado, protesta en banderillas, cabecea. En el segundo muletazo, el diestro sufre ya una fuerte colada. Tragando mucho, logra algún natural largo pero lo paga, enseguida, con una fuerte voltereta, que pudo tener peores consecuencias. Se ha justificado por su valor pero el toro tenía guasa de verdad y requería una lidia de mayor castigo. No anda ahora tan fino con la espada como en él es habitual. El quinto se mueve pero muy informal. El comienzo de faena es precioso, se lo lleva, andando, hacia el centro, con muletazos variados. (¡Qué razón tiene, en esto, Morante: frente al estatismo actual, qué difícil y qué hermoso es torear andándole al toro, como hacía Domingo Ortega!). Llevándolo muy tapado, José María dibuja algunos naturales hasta que el toro se raja a tablas, huye descaradamente, y le piden que abrevie.

El único toro bueno

El joven Roca Rey ha triunfado ya, esta temporada, en Olivenza, Castellón y Valencia, donde arrebató al público como una «mascletá». Esta tarde, también entusiasma a este público sevillano, tan diferente. El tercero es el único toro bueno de verdad de la corrida y Andrés lo aprovecha plenamente, desde el comienzo, con verónicas, cargando la suerte. La primera tanda de muletazos es tan explosiva que ya logra que arranque a tocar la música: enlaza estatuarios con cambiados y naturales. El público, de pie, entusiasmado. Su firmeza hace que aflore el buen fondo del toro y se suceden las tandas al ralentí, por los dos lados. Aguantando, logra una gran estocada pero el toro se amorcilla y las seguras dos orejas se quedan en una. Al último, huido, le saca lo poco que tiene, pisando terrenos muy difíciles. La gente se fija en su valor. Quiero yo subrayar su cabeza para ver claro e improvisar: eso, delante del toro, muy pocos lo consiguen. A eso une gran facilidad, capacidad y ambición. Si no se tuerce, va a ser figura importante mucho tiempo.

Toreaba con primor clásico Ferrera, tocaba la Banda maravillosamente «Dávila Miura» y estábamos, todos, rozando el cielo. Mi sabio vecino comentó: «¡Lo que se pierden los catalanes!» Sobre este dorado albero, el milagro del arte ha vuelto a conmovernos: ¡buena, feliz Pascua, en esta Plaza de los Toros sevillana!