Toros en la Maestranza
Toros en la Maestranza - Reuters

¿Por qué la tauromaquia es un patrimonio mediterráneo?

Más allá de su condición de animal temible, el toro simboliza la fertilidad, el brote de la naturaleza y la amenaza de la muerte

François Zumbiehl
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Desde la más alta prehistoria hasta nuestros días, pasando por la antigüedad –especialmente en las riberas del Mediterráneo–, el toro está omnipresente en las representaciones artísticas, los mitos y los ritos. Más allá de su condición de animal temible tiene un significado totémico: simboliza la fertilidad, el brote de la naturaleza y de la fuerza indómita y, al mismo tiempo, la amenaza de la muerte. El hombre lo representa, se enfrenta con él y a veces lo sacrifica -consumiéndole u ofreciéndole a un dios– para incorporarse sus virtudes pero al mismo tiempo para marcar –aunque sea de forma invocatoria- el poder del espíritu sobre la fuerza bruta de la naturaleza y sobre todo lo que amenaza la vida humana.

En España la tauromaquia, con todas las vicisitudes de su génesis y de su evolución, constituye la reencarnación o la resurrección de esta obsesión fundamental de las civilizaciones mediterráneas, plasmada en un mito también fundamental: el de la lucha entre Teseo y el Minotauro. De hecho abarca toda la complejidad de este mito; su vertiente apolínea –la victoria de la inteligencia y del arte sobre la bestialidad y la muerte– y también su vertiente dionisíaca: la complicidad con el animal temible, la inmersión deliberada en elmundo subterráneo del instinto, con su carga erótica y con el consiguiente peligro. En efecto, con la revolución estética operada por Joselito y Belmonte, el toreo deja de ser rectilíneo; se hace curvo, circular con la ligazón, hasta laberíntico con Ojeda. Por otra parte adquiere lentitud bajando la mano y se hace más duradera la proximidad entre el torero y el toro, siendo la fusión casi absoluta con la suerte suprema.

Varios elementos inherentes a la fiesta de los toros nos permiten afirmar que se trata tal vez de la última fiesta auténticamente mediterránea con la ópera italiana y con algunas semanas santas. Como lo hacen ellas, y como lo hacía la tragedia griega, la tauromaquia arroja una luz cruda sobre la sangre y la muerte para enseguida transfigurarlas o sublimarlas por su catarsis artística peculiar. Es por otra parte –como lo era la tragedia– un ritual con una escenografía rigurosa y unas figuras impuestas. Pero dentro de ese marco todo o casi todo es imprevisible y frágil, empezando por la belleza que se intenta plasmar en el toreo. Por eso la sanción y el eco del «respetable» son fundamentales, como en la Scala de Milano, del mismo modo que el coro de la tragedia tenía el papel de comentar y dignificar los acontecimientos del drama. Sin ese eco no se levanta la sinfonía y la obra no cobra toda su dimensión.

Sin embargo frágil y efímera es esa belleza en el toreo; tremendamente humana y mortal; por eso nos emociona tanto cuando está lograda y hacemos todo lo posible para recordarla; por eso intenta prolongar con el temple su lucha contra su muerte inapelable; por eso en busca de la perfección formal, siempre ansiada, a veces rozada, pero nunca alcanzada del todo, tiene tal importancia para ella el remate, que es como el sentido de la medida para la sabiduría griega.

Esa revolución estética en el toreo impacta en el siglo XX las bellas artes, la literatura y hasta la filosofía de la estética. No se puede entender sin la tauromaquia la corriente poética de la Generación del 27 ni el surrealismo. Michel Leiris, escritor, antropólogo y uno de los fundadores de este movimiento artístico, considera en los años 30 que ese nuevo arte del toreo es el arquetipo de la concepción de la belleza que tiene el arte moderno, con esa mezcla de perfección y de imperfección, de geometría y de desviación irremediable antes de alcanzarla –de otra manera se produciría la catástrofe, la cogida- y con la introducción en ella del Eros. Los toros son mucho más que un tema para algunos grandes artistas que han marcado un hito en el siglo XX, pues se sitúan en el núcleo de su inspiración: Picasso, André Masson, Cocteau, Francis Bacon, Antonio Saura, Miquel Barceló… Se puede decir lo mismo de los escritores, españoles y extranjeros, que han quedado fascinados o obsesionados por el toreo: Lorca, Bergamín, Alberti, Montherlant, Hemingway…

En resumidas cuentas la tauromaquia, heredara de los fundamentos de las culturas mediterráneas, es en su naturaleza intrínseca un arte peculiar e indiscutible, un patrimonio cultural inmaterial y una fuente riquísima de inspiración para la literatura y la creación artística del siglo que acaba de terminar. Sin lugar a dudas ha contribuido notablemente a fundar la modernidad de esta creación.