David de Miranda saliendo a hombros de la plaza antequerana
David de Miranda saliendo a hombros de la plaza antequerana - J.N.H.

Goya trazó los pases en Antequera

Puerta Grande para David de Miranda y Manzanares, que cortaron tres y dos orejas; Morante, faena de aliño en el primero, centelleó torería en el segundo de la tarde.

Javier Navas-Hidalgo
AntequeraActualizado:

Capote de brega al hombro y sombrero de dos picos sobre la cabeza. Así pisaron los diestros el albero antequerano la tarde de San Bartolomé. Con Morante de la Puebla, Manzanares y David de Miranda como abanderados, la Real Feria de Agosto presentaba este sábado un espléndido cartel que lidiaría con toros de Juan Pedro Domecq.

«Engañoso» fue el primer toro con el que Morante inauguró la corrida. Pese a un inocente disimulo de su mansedumbre en los primeros capotazos, pronto el animal evidenció no ser digno de la plaza y el de Puebla del Río no dudó en hacer uso de su estoque a las primeras de cambio. Hubieron de esperar los asistentes al cuarto del lote para contemplar esos destellos que hacen del aludido un torero único, pues cada toro tiene su lidia. De rosa palo y azabache, las manoletinas del sevillano bailaron a «Presuntuoso» al son del pasodoble que interpretaba la banda. Sol y sombra para una muleta que desprende arte cuando el respetable menos se lo espera.

Manzanares fue el primero en pasear oreja por el ruedo. Un toro correoso, de pelo negro mulato, en pocos ademanes animó al gentío después de la burla del primer astado que regó de sangre la arena. Unas gallardas banderillas supieron avivar al animal, al que el alicantino, de azul marino y azabache, dio muerte con la mitad del estoque. De Miranda puso el mundo por montera manifestando su novicio desparpajo, arrimándose con valor al tercer juampedro y tiñendo de carmesí el blanco inmaculado de su traje de luces. El bisoño matador cortó oreja entre verónicas y bernardinas, saldándose la suerte suprema con pinchazo y estocada media, ante la atenta mirada de su apoderado, Jorge Buendía. Nada que envidiar a los primeros espadas.

Del segundo de José María despuntó su volapié en lo alto a la hora de la verdad. Oreja y salida a hombros. No hay quinto malo. Ni picadores ni banderilleros pudieron animar la bravura de la última fiera. Reposado en carácter, la res de Lo Álvaro ignoraba la gloria que le esperaba al más joven de los toreros. Con el castaño chorreao en toriles, se probó suerte con uno de pelaje jabonero. El onubense se apretó los machos en agradecimiento a la generosa resolución y así rematar la faena como Dios manda. Cuadró al toro y honda estocada que le valió dos orejas y salida por la Puerta Grande.

La plaza, contra todo pronóstico, no se abarrotó. Pero una devota parroquia antequerana fue al quite para realzar un festejo del que, por momentos, parecía que el mismísimo Goya había trazado sus líneas. Como si todo lo que acontecía en el ruedo hubiera estado previamente esbozado por el pincel más fino aguantado en las manos más delicadas, Antequera se vistió con sus galas más goyescas. Y el genio de Fuendetodos estaba presente contemplando su obra.