Más allá de los límites del toreo
El sanluqueño Paco Ojeda, durante la entrevista - felipe guzmán
Paco Ojeda, Matador de toros

Más allá de los límites del toreo

Es el gran revolucionario de la Fiesta en las últimas tres décadas. Después de años sin conceder una entrevista, el sanluqueño se sincera en ABC

SEVILLA Actualizado:

El próximo 12 de octubre se cumplirán treinta años de su actuación en solitario en la Maestranza ante una corrida de Manolo González. Cortó cuatro orejas y se puede decir que fue el momento en el que el «ojedismo» comenzó a fraguarse para explotar, y de qué manera, en la temporada de 1983. Sin embargo, el sanluqueño puntualiza que «lo de Madrid fue más importante -confirmó su alternativa el mes de julio-. Allí me jugué la vida: uno me hizo pasar más que los siete de Sevilla. Ese toro cada vez que pasaba olía a enfermería…».

«Ya llevaba tiempo rondándome en la cabeza lo que quería hacer en el toreo. Lo que pasa es que no había opción para hacerlo. Llevaba mucho tiempo “marismeando” y hablando solo. Yo me paraba a pensar que eso es lo que yo quería. Cuando se busca con tanta ansia, nunca es demasiado».

Y llega el año 1983. «Ahí se organizó todo lo del 82. En el 83 fue todo. La invasión -bromea-. Fue muy duro, porque el triunfo de un día no te servía para el otro si no se volvía a triunfar».

Ahí Paco Ojeda asustaba a los tendidos. «Sí, porque transmitía el miedo mío arriba. Eso es lo bonito, la emoción. El espectáculo se compone de eso. Lo que tú estás pasando ahí lo estás disfrutando pero al mismo tiempo es la agonía…».

Pero en ese momento no se pisaban esos terrenos. «Fueron los años donde no funcionaba y había que ver por qué. Analizarlo todo y tú aportar lo que faltaba, consciente… para poder funcionar y que se fijen en ti tienes que crear un espectáculo. Ahí había un sitio que quedaba libre, una plaza vacante. Y lo estaba porque era muy dura. Y dije, voy a meterme yo. Era la solución porque en ese momento, con tan buenos y tan grandísimos toreros era muy complicado destacar».

Y sale a relucir una nómina que haría las delicias de cualquier empresario hoy en día. «Había muchos, muchos, en aquella época: Dámaso González, Paquirri, Julio Robles, Capea, El Soro, Espartaco, Emilio Muñoz… la plantilla era fuerte. Y con una dificultad, que las corridas las hacías después de Sevilla y Madrid, no como ahora. Que antes de empezar la temporada tengas 60 corridas en la “buchaca”... Ahora hay una relajación. Y eso es peor, no puede ser bueno. Antes, cada uno sacaba las garras cuando las tenía que sacar. Si yo parto a principio de temporada con 80 corridas, no quiero ni que me pisen en un tentadero. Yo en el 83 tenía hechas las primeras: Sevilla y Madrid. Si llego a pegar dos sainetes me quedo parado. Y eso ha sido siempre así».

Y abunda con otra cuestión en las comparaciones de su tiempo y de éste. «Qué periodistas más buenos hay, qué cariñosos». ¿Antes daban más? Responde tajante: «Busca por ahí y te vas a enterar. Antes no te daban, te asesinaban. Y eso es lo que envidio de esta época: esos periodistas tan cariñosos con los toreros, tan amables… todo está bien».

Su sitio y Perera

Le pregunto que sí antes era mejor. «No sé, ha cambiado todo. Es verdad que hay un plantel de toreros muy buenos, pero también lo es que se pueden mejorar. Yo no le quito méritos a la nómina de toreros que hay ahora mismo, que son extraordinarios profesionales. Pero hay un problema: la emoción arriba, en los tendidos. Yo no sé qué es lo que está pasando, pero a la vista está: la gente no va. Y ése es el chivato más importante que hay. A la gente hay que provocarla para que vaya a la plaza. Si uno llega, no se emociona y no se divierte, la segunda vez se pregunta que para qué va a ir».

Vuelvo a hablarle de ese terreno que pisaba, en el que vivía Paco Ojeda. ¿Se puede pisar ahora mismo con el toro de hoy? «Sí se puede hacer. De hecho, hay un torero muy importante, de los que salen cada equis años, que es Perera. Tiene todo el material para ponerse donde quiera. Ahora, es cuestión de administrarse: cómo y cuándo. No por rutina. Pero tiene la moneda. Está sobrado de valor, lo que pasa es que -hace un símil futbolístico- habría que cogerlo, quitarlo de la banda y ponerlo en el centro».

¿Y eso cuándo lo ve el torero? «Eso lo vas buscando tú. Lo bonito del toreo es que la gente se conecta según la emoción tuya y lo que tú vas haciendo. Es que yo no le da coba a nadie. Cuando uno está bien, haciendo una faena y consciente de que lo está haciendo para que le llegue a la gente, anda que no le llega. Los saltos que pegan…Por fortuna lo he vivido en muchos sitios. Sólo en dos ocasiones me costó más trabajo. Una fue en Albacete. Pero por la rivalidad de haber dos toreros que hacían cosas parecidas -en referencia a Dámaso González-. Ahí me costó trabajo. Y la otra, Pamplona. El ruido me volvía loco. Tanto ruido, tantos tambores… y no estuve mal las veces que toreé. Corté mis orejas, pero luego necesitaba una semana para quitarme el zumbido de la cabeza».

¿Es consciente de lo que ha hecho en el toreo? Se lo pregunto directamente, sin ambages. «Lo que sí sé es la conexión tan grande que tuve con los públicos. Eso no se me va a olvidar nunca. Y eso me hace ser consciente de que allí algo ocurría». Pero ha perdurado. «Sí, todavía sigue la cadena. Y de ahí la importancia. Es que yo aquello lo busqué mucho. Era muy consciente de ello. Porque no había otra cosa. La plaza vacante que había fui muy consciente para ocuparla. Porque lo demás no me servía. Lo demás, uno más. Y ten en cuenta que a mí me costó mucho trabajo aquello. Me cogía un toro sí y otro no todas las tardes. Pero todas. Ahí cuesta tanto llegar como irte. Una vez que llegas, y has pasado tanto, es más difícil salirte de ahí. Es que irte de ahí para luego volver a empezar, eso es muy duro”.

Pero le dieron tela, y no solo los toros. «Hubo algunos periodistas tan torpes, como Navalón o Mariví Romero, que empezaron a decirme que yo codilleaba. Y mi codilleo era administrarme la embestida del toro. Yo lo llevo donde yo quiera. Cuando había toros que se desplazaban muy largo o que se iban muy adelante, yo los quería tener junto a mí. Fíjate qué diferencia y qué poca cabeza. Yo administraba la trayectoria del toro. Éste va donde yo diga. Hay que ser torpe para no ver eso. O también que era una cosa nueva, ese dominio de estar tan cerca y de tú componer una faena a esa distancia… dijeron que si yo ahogaba a los toros, que si estaba encima… esa no es la cuestión. El toro no se ahoga. Tú tienes tu terreno y te lo tienes que traer, no irte tú a su terreno. Y eso es torear. Quema mucho pero es una de las sensaciones más bonitas que puedas tener en tu vida ¿Sabes lo que es ser el punto de mira de todo el escalafón de toreros? Eso es algo que no está pagado con nada. Todo el que se ponía al lado mía era para intentar decir que “éste no es más que yo”».

¿Y eso se ha perdido? «Aquí hay un problema. ¿Tú ves a algún entrenador de un equipo de fútbol dejar que los demás vean su entrenamiento? Este compadreo de ahora para hacer todos los mismo... es que esto es sagrado. Es una cosa muy seria y muy personal un entrenamiento: es donde tú estás ensayando lo que le vas a hacer al toro. Y mi enemigo no lo va a ver. Por eso yo era muy raro para los demás. No, raro no, personal. Esto me lo vas a ver tú en la plaza cuando vayas a verme y te va a sorprender. Es decir, que tú me estás viendo lo que hago y mañana toreamos juntos. Aquí están todos iguales».

El toreo, su vida

Falta algo para que el público vaya. «Hay toreros muy buenos. Un momento de toreros extraordinarios. A la vista está. Tampoco quitemos que hay un público extraordinario: sencillo, cariñoso con los toreros; la prensa… yo te puedo hacer un listado de prensa asesina. Yo tuve una persecución de prensa tremenda. Me querían matar. Y todo era porque cambié las cosas. Se les había ido a ellos de las manos… afortunadamente para mí. A mí me dijeron de todo. Era una época donde uno “soltaba”. Yo he visto cómo uno me tiraba el dinero porque decía que yo ganaba mucho más, que eso no era lo suyo».

¿Paco Ojeda tendría su sitio ahora? Se iban a escapar… -sentencia con cierta sorna- y con el tercer sitio que tengo reservado y que no me he puesto». ¿Cuál es? «Entiende que no se puede poner tan fácil al servicio de los demás (más risas). Hay muchas cosas por hacer. Si el pundonor tuyo no lo reflejas en la gente, no sirve para nada. Lo más grande del toreo es que está arriba quien quiere el público. Y además pagan para verlo. Esa es la grandeza que tiene. Porque estás tú solo delante del toro con la muleta. Y si se miente, se va la gente».

«Sigo toreando en el campo cada vez que puedo -puntualiza-. Y hago cosas que no hice en su momento. Lo hecho ya está. Yo soy un buscador de cosas nuevas. Y en el campo me transformo igual. Cuando cojo la muleta estoy solitario. Hace un par de años, en lo de Ortega Cano y Luis Algarra, tenté con Emilio Muñoz. Me puse a torear y me dio una alegría tremenda que se arrancase. Lo hizo sin darse cuenta, como en los tiempos de pelea. Mientras pueda y tenga fuerzas seguiré toreando, porque he nacido para eso».

¿Sigue yendo a las plazas? «Voy, pero menos. Es que quiero algo que me haga ir a las ferias no porque viva cerca. Quiero coger el coche e ir a ver algo que me diga. Por eso digo que Miguel Ángel Perera es el único que he visto con capacidad, por encima de las nubes. ¿Y éste por qué? Tiene un sitio por explorar porque tiene mucho valor».