Los aficionados del Barcelona mostraron banderas independistas en la final de la Copa del Rey - reuters

El peligroso juego de mezclar política y deporte

Mientras los secesionistas en Cataluña lo utilizan como trampolín, Estados Unidos y Cuba estrechan lazos con un partido de béisbol

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Muchos recordarán la final de este año de la Copa del Rey no por su fútbol sino por la polémica, por haber visto de nuevo cómo la política iba de la mano de los jugadores y subía con ellos las escaleras del túnel de vestuarios. Una vez más, Athletic y Barcelona se volvieron a enfrentar en la final de Copa y se repitió la ya común pitada al himno nacional. Que la política utilice el deporte como trampolín no es algo nuevo, se viene repitiendo casi desde que crearon los primeros espectáculos deportivos, aunque, mientras unos lo usan para generar más conflictos, otros se sirven de ello para mejorar sus relaciones.

La final de la Copa del Rey en España se contrapone con el anuncio realizado esta semana por el director del béisbol cubano, Heriberto Suárez, confirmado después por la Liga de Béisbol americana (MLB). Los Orioles de Baltimore jugarán un partido amistoso en Cuba contra la selección caribeña, con el único objetivo de continuar acercando posturas entre Estados Unidos y la isla.

Será la segunda vez en la historia que los Orioles acudan a Cuba, después del partido entre ambos en 1999. Se impusieron los americanos (3-2), aunque lo de menos aquel día fuera era el resultado, sino el acercamiento entre dos países enfrentados. Cuando Peter Angelos se hizo con el poder del equipo de la MLB en 1996 propuso el partido, pero fue rechazado una y otra vez por el entonces presidente Clinton, argumentando que «el dinero americano no debía ser gastado en Cuba». Angelos no cesó en su empeño y aprovechó la rebaja de las sanciones a la isla en 1999 para volver a solicitarlo. Clinton sí lo permitió en aquella ocasión, entendiendo el partido como una declaración de intenciones, y un equipo de béisbol americano acudió a jugar a la isla por primera vez desde la revolución castrista.

La visita de los Orioles no será la única de un club americano a la isla. El New York Cosmos de Raúl se enfrentará a la selección cubana el próximo martes, con la gran atracción de la visita de Pelé como embajador. El mito brasileño, que militó tres temporadas en el conjunto neoyorquino, no quiere perderse el gran acontecimiento, ya que ningún equipo americano juega en Cuba desde 1978, aunque la selección disputó en La Habana un partido clasificatorio para el Mundial en 2008.

La fórmula de unir pueblos a través del deporte ya le funcionó a Nelson Mandela para erradicar el apartheid en Sudáfrica. El presidente organizó el Mundial de rugby en su país en un momento en el que los «Springboks» eran abucheados por su propio pueblo porque representaban a la minoría blanca que ejercía el poder. Pese a ello, Madiba se ganó a los jugadores de la selección, en la que solo había un jugador negro.

El torneo marcó un claro detonante en el país. Fue la primera vez que ciudadanos negros y blancos en Sudáfrica se unían por un objetivo común, uno que se acabó alcanzando con la consecución del título ante Nueva Zelanda en la final. Mandela quiso bajar al campo a entregar el trofeo a los campeones y agradecer al capitán del equipo, François Pienaar, su gesta. «No, señor presidente, gracias a usted por lo que ha hecho», respondió él.

Las Olimpiadas nazis de Berlín

La elección de Berlín como sede olímpica de los Juegos de 1936 fue previa a la llegada de Adolf Hitler al poder, pero el «Führer» las utilizó como el mayor vehículo de propaganda realizado hasta entonces. Tras su subida al poder, varios países amenazaron con el boicot o incluso con celebrar unas Olimpiadas paralelas, pero se acabaron disputando en la capital alemana después de que el presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos, que apostaba por el cambio de sede, visitara Berlín y declarara que los judíos alemanes estaban siendo bien tratados.

Durante los Juegos, se redujo la represión antisemita y se intentó mostrar una mejor imagen al mundo, haciéndose con la simpatía de los dignatarios extranjeros que visitaban el país. Hitler creía que era indispensable para que aquellas Olimpiadas fueran recordadas en el futuro como el triunfo de la raza aria. Aunque el dictador acabó atónito ante la victoria de Jesse Owens, un atleta negro de Alabama, que se hizo con cuatro oros pulverizando récord tras récord.

En aquel momento acabó triunfando el deporte, pero ha habido otros en los que la política se acabó imponiendo. La Guerra Fría fue superior a las fuerzas del Comité Olímpico Internacional, con un boictot que se llevó por delante la organización de Moscú 80 y Los Ángeles 84.

Seis meses antes de la celebración de los Juegos en Rusia, Estados Unidos anunció que no acudiría, argumentando que la presencia soviética en Afganistán violaba el derecho internacional. Además, el presidente Jimmy Carter amenazó a cualquier atleta que quisiera participar con revocarle el pasaporte. No fueron los únicos, ya que casi todo el bloque capitalista de la Guerra Fría se unió, mientras que otros –como España– acudieron sin mostrar su enseña nacional, defendiendo la bandera del comité olímpico.

Cuatro años después sería el bloque comunista el que le devolvió el golpe a Estados Unidos. Los Juegos llegaban a Los Ángeles y la URSS anunció que no participaría dos meses antes del comienzo, con la excusa de que no existían garantías suficientes para sus atletas. Al promotor del boicot se unió casi todo el bloque comunista –a excepción de Rumanía– y organizaron paralelamente los «Juegos de la Amistad».