Seve Ballesteros, en su última participación en el Masters, en 2007
Seve Ballesteros, en su última participación en el Masters, en 2007 - AFP

GolfEl emotivo último gesto que tuvo el Masters con Ballesteros

Cuando ya estaba convaleciente del cáncer, los organizadores permitieron que dos sobrinos y su amigo Michael Robinson jugaran en Augusta

MadridActualizado:

Mañana hubiera cumplido 61 años Severiano Ballesteros. Y si no se lo hubiera llevado una cruel enfermedad hace siete, lo habría celebrado como siempre en el Masters de Augusta. Los destinos del cántabro y del mejor torneo del mundo quedaron unidos en 1980, cuando Seve rompió todos los moldes al ser el más joven en ganar la chaqueta verde (con 23) y el primer europeo en hacerlo, una hazaña que aumentó tres años después al conseguir su segundo título. Previamente, el de Pedreña había vencido en el Open Británico en 1979, el torneo que le lanzó a la fama y el que le llevó a lo más alto. Mas, siempre llevó a Augusta en el corazón: de hecho, a su empresa la llamó Amen Corner y dejó escrito en su testamento que, a su muerte, quería que sus cenizas fueran enterradas bajo un magnolio, el árbol típico del Masters.

La llegada anual de este torneo siempre destapa las anécdotas de todo tipo que vivió Ballesteros en este campo, que se han repetido de año en año y forman ya parte de la leyenda de este major. Pero igual de interesantes son las que protagonizó sin estar y las que aún le acompañan. Como el último deseo que le concedió este selecto club de Augusta y que recuerda su gran amigo Michael Robinson. «Severiano fue muy generoso conmigo. Desde que supieron de su enfermedad en el club se comunicaba constantemente con él para preguntar por su salud y le concedieron el privilegio de poder invitar a tres personas a jugar. Y una de ellas fui yo», comenta emocionado el exfutbolista.

Los otros dos elegidos para ese día fueron sus dos sobrinos. Iván y Raúl, que, que compartieron la jornada con con un socio irlandés del club. «Es una experiencia que no olvidaré en mi vida, pensaba que no era real, que estaba en el cielo, era un sueño del que no quería despertarme –rememora–. Estábamos solos en el tee del uno, sin nadie en todo el campo y nosotros jugando en el templo del golf gracias a Seve». Lo que más le sorprendió del regalo de la estrella fue la calidad del recorrido, algo que habían comentado muchas veces en sus charlas golfísticas. «Me resistía a creer lo que me decía Seve, que era el mejor campo del mundo y todo eso... Yo soy británico, había jugado el Old Course de St. Andrews, había visto ganar a Seve en Royal Lytham y no quería creer que Augusta fuera el no va más del golf. Pero tuve que rendirme ante la evidencia. Aquí no hay costa ni nada que te perturbe, es un campo franco, benevolente con el pegador, pero te pones a 60 metros y es geometría pura. Hay que hacerlo muy bien para sacarle partido y ese día, aunque hizo 87 golpes, nunca lo olvidaré».

Como tampoco se han olvidado los rectores del National de la familia Ballesteros. No dejan de invitar cada temporada a sus hijos y en esta ocasión es Miguel el que disfruta a lo grande de esta semana de golf. La que hacía feliz a su padre todas las primaveras.