Ballesteros abraza a su caddie al vencer en Augusta
Ballesteros abraza a su caddie al vencer en Augusta

Masters de AugustaLa quinta chaqueta se hizo esperar

Ballesteros y Olazabal precedieron a Sergio García dos veces cada uno en Augustal

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A lo largo de los tiempos, siempre ha existido el debate de cuál es el mejor torneo de golf del mundo. Para unos es el Open Británico, por lo que tiene de clasicismo y de representar los valores más puros del deporte; para otros, se trata del Masters de Augusta, el más exclusivo de todos y al que más cuesta llegar aunque se esté en la elite.

Por lo que se refiere a los golfistas españoles, también tienen el corazón dividido. Es cierto que por la tradición europea todos ansían tener una Jarra de Clarete en su vitrina, pero a la hora de la verdad son las chaquetas verdes las que más abundan en los roperos. Son cuatro de los siete «majors» de la historia (cinco de Seve Ballesteros y dos de Chema Olazábal) y demuestran lo bien que se han identificado siempre los hispanos con este torneo americano.

Y eso que costó mucho que los españoles empezaran a jugar al otro lado del Atlántico. La situación de precariedad de la posguerra y los largos desplazamientos vetaban de hecho su presencia, hasta que en 1959 Ángel Miguel rompió el fuego en Augusta. Dos años después le acompañó su hermano Sebastián y, en 1964, lo hizo Ramón Sota. El cántabro acabaría sexto un año después, una posición que se mantuvo en el palmarés como la más brillante de los españoles hasta que descolló su sobrino Severiano la década siguiente. El de Pedreña debutó en el National en 1977 y, en los seis años siguientes, ganó el torneo en dos ocasiones. Su conocimiento absoluto del campo se tradujo además en otros seis puestos entre los diez mejores, incluidos dos subcampeonatos.

Olazábal, digno sucesor

A la estela de Seve llegaron al jardín de Bobby Jones otros miembros de la «Armada Invencible», como Manuel Piñero y Antonio Garrido (1978) y José María Olazábal (1985). Fue precisamente el golfista de Fuenterrabía quien marcaría la siguiente gesta con sus dos triunfos en 1994 y 1999, además de mostrar un acoplamiento tan bueno al recorrido como su amigo y maestro Seve. De hecho, en su prolongada carrera, Olazábal ha acabado en el top 10 en otras seis ocasiones, con un segundo puesto en el 91.

La década de los noventa todavía vería debutar en el Masters a otros tres españoles: Miguel Ángel Jiménez (95), Nacho Garrido (98) y Sergio García (99). El malagueño no terminó de acoplarse con el diseño (solo cuatro puestos de honor, con un cuarto en 2014 como mejor logro); el madrileño no volvió a participar y el castellonense era el llamado natural a tomar el relevo de los dos maestros norteños. Sin embargo, hasta este año no se había sentido especialmente motivado en Georgia. En 18 temporadas consecutivas únicamente había terminado tres veces por arriba, con un cuarto en 2004 como mejor marca.

El nuevo siglo, infructuoso

Este divorcio entre García y el Masters se resintió en la cosecha de «majors» para el golf español. Aunque es cierto que logró dos subcampeonatos en el «British» y otros tantos en el PGAChampionship, no le dolían prendas en declarar que no se sentía cómodo en Augusta y que no le parecía un campo justo. Que su extrema dureza penalizaba en exceso los buenos golpes y que los resultados estaban demasiado expuestos al albur de la fortuna.

En estos últimos años han pisado el National otros cinco nacionales: Alejandro Larrazábal (2003); Álvaro Quirós (09); Gonzalo Fernández Castaño ( 12), Rafa Cabrera (16) y Jon Rahm (17). De ellos, sólo el grancanario y el vicaíno parecen de momento dispuestos a seguir la racha de éxitos de sus mayores. Una vez abierta la espita por parte de Sergio, no hay razón para no pensar que ellos dos también puedan alcanzar la gloria en este paraíso.

Al levantino le ha costado casi dos décadas entender el campo y darse cuenta de que hay que dejar que fluyan las cosas, sin forzar la máquina en absoluto. Ha sido en ese momento cuando ha empezado a disfrutar y a sacar rendimiento de su categoría. La quinta chaqueta bien valía el cambio.