Calderé: «Le pedí un autógrafo a Gordillo para mí y se cachondeó»

Por  23:41 h.

Ramón María Calderé jugó en el Real Betis en la temporada 1988/89

Llevaba las medias caídas como Rafael Gordillo, lucía bigote y corría y corría. Hablamos de Ramón María Calderé, centrocampista internacional que llegó al Betis procedente del Barcelona…

—Me acuerdo de cuando me iba a correr al parque de María Luisa. Lo hacía todas las tardes, como un entrenamiento adicional. El club no lo sabía, por lo menos eso es lo que yo siempre he pensado. Allí veía a aficionados y claro, me reconocían. Como también venía mi mujer pues pensarían que yo la estaba acompañando. ¡Que va! Me ponía a correr y correr… Lo necesitaba. Luego, estaban futbolistas como Gordillo. ¡Qué cosa! Tenía unas facultades naturales tremendas.

—Era distinto, ¿no?

—Mire, yo llegué muy tarde a Primera. Creo que tenía 24 años, y Gordillo era mi ídolo. Siempre me fijaba en él.

—Por eso lo de las medias…

—Bueno, un poco sí. La realidad es que… Mire, yo tenía los gemelos muy grandes, con mucho volumen, y las medias me agobiaban una barbaridad. ¡Me tenían apretado! Así todos los partidos. Hasta que un día dije: «Igual que Gordillo, joder, ya tengo la solución».

—¿Lo sabe él?

—No sé… Lo que si me acuerdo, se lo puede preguntar, es el día que le pedí un autógrafo. Le dije: «Fírmame aquí». Me preguntó que para quién era y le dije que para mí, que pusiera para Calderé. Tenía que ver a Gordillo. ¡Se lo tomó a cachondeo! Yo se lo dije: «Ríete, ríete, pero fírmame». Tengo su autógrafo en mi casa.

—¿De verdad?

—Se lo prometo, no le engaño. Lo tengo en mi casa, en Tarragona.

—Porque usted volvió a su tierra.

—Ahora entreno al Reus, está en Tercera división.

—¿Para cuándo un grande?

—Tranquilidad.

—Pues hábleme de su sueño.

—Pues ese, entrenar en Primera división. Además, se lo prometí a mi padre hace dos años. Se lo dije cuando ya estaba enfermo y me hubiera gustado que lo pudiera haber visto, pero…Yo creo en los sueños. ¿Sabe lo que me ocurrió una vez? Soñé cómo le marcaba un gol al Atlético de Madrid en el Camp Nou. ¡Y sucedió! De verdad. Yo estaba en el Barcelona Atlético. Unos años después… pasó. Marqué en el Gol Sur del estadio y de la misma forma que lo había soñado. Corrí a celebrarlo, me abrazaron los compañeros, y me vino el sueño a la cabeza. ¡Igual, igual!

— Qué curioso…

—Así fue. Yo, practico… no sé, luego se pueden creer que es algo raro… la meditación, con el fin de ser más consciente. Te metes en tu interior.

—Solemos actuar de forma mecánica, ¿no?

—Claro, ¡por eso! El mundo está acelerado. Con las enfermedades que hay, con lo que sucede… hay que parar y darle la importancia que tienen a las cosas. Y ahí Sevilla es distinta. Vive en positivo, la filosofía de vida del sevillano es increíble.

—¿Por qué?

—Huele a amor, se vive mejor, se lo garantizo, que en cualquier lugar de España. Se vive con menos dramatismo.

—¿Y por qué se fue?

—Yo lo entiendo, era comprensible. Me lesioné el talón de Aquiles y con 31 años el club no confiaba en que me recuperara. Me fui llorando. Los dos, porque mi mujer también.

—¿Qué es el Betis?

—Es pasión, sentimiento. Mejor, una forma de sentimiento. Porque yo no puedo dudar del sentimiento de otros aficionados a sus equipos. Lo del Betis es… no he visto una cosa igual en mi vida. ¡Ni en el Barcelona! Y que nadie se moleste, es mi club de toda la vida…, pero la forma del bético es distinta. Si es que el día que descendimos a Segunda… ¿Se acuerda, en la eliminatoria contra el Tenerife? Estábamos ya en Segunda y todo el campo gritando: «Betis, Betis, Betis…». ¡Uff! ¡Qué cosa! Me cautivó esa reacción. Y mire, hay un dato que la gente no sabe. Han pasado casi 20 años y se lo cuento. No lo hice antes para que nadie pensara que lo hacía para quedar bien. Ahora sí lo cuento. Me peleé con José María Minguella. Sabe quién es, ¿no? El representante catalán… Y me peleé porque me llegó una oferta de un equipo francés con unas cantidades terribles y le dije que no, que no me movía del Betis. Me intentó convencer diciéndome que el Betis también recibiría un dinero. ¡Ni por esas! Decidí quedarme en Segunda porque yo también había bajado. Se lo puede preguntar a Minguella.

—No hace falta, le creo.

—Un abrazo, gracias por acordarse de mí.

—No hay de qué, por cierto, una cosita más…mire que es raro ver hoy en día a un futbolista que luzca bigote, ¿verdad?.

—¡Ahora no lo llevo! Y eso era por mi mujer. Decía que le gustaba cómo me quedaba, y yo, claro, le hacía caso. A mí, lo cierto, es que no me gustaba mucho. «Lo que tú digas mi amor», le decía a mi mujer.

Redacción

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