«Puma» Rodríguez: «Mi gran problema fue el sobrepeso; alguna vez llegué incluso a mentir»

Por  0:15 h.

Real Betis: el «Puma» RodríguezEl «Puma» Rodríguez vuelve a rugir. Lo hace desde su país, Argentina, después de tocar fondo y quedarse en la ruina.

—Fue de un día para otro. Todo el dinero que tenía me lo administraba un amigo mío, abogado. Yo no sabía nada de las cuentas. Confiaba en él, como siempre he hecho con los amigos, pero no iban bien las cosas…

—¿Cómo se enteró?

—Pues… Fue una cosa muy dura. Mi amigo me fue a ver y en el viaje de vuelta en el avión le dio un paro cardiaco. Falleció, con sólo 39 años. Fue todo tan rápido, me informé de las cuentas y me di cuenta de lo que estaba ocurriendo. Estaba en quiebra; había invertido el dinero y nos quedamos sin nada.

—¿Le engañó?

—No, no, se equivocó y ya está, no lo hizo a propósito, estoy seguro. El error fue no decirme nada.

—¿Qué hizo luego?

—Tuve un quiosco, vendía golosinas, bebidas, y salió mal; también estuve de remisero, que es como un taxista; había que buscar donde fuera. Y, bueno, yo tengo la carrera de técnico, pero está muy difícil conseguir trabajo.

—¿No le ayuda si quiera el nombre de «Puma»?

—Sí, sí… ¡El «Puma»! Eso me lo puso un periodista, Juan Carlos Morales. Yo siempre digo, en plan broma, que el otro «Puma» se hizo famoso en Argentina por mí. Una vez, recuerdo, quisieron hacer un encuentro para que nos conociéramos, justo antes de un partido entre Boca y Rosario.

—¿Y qué pasó?

—Llegué tarde.

—¡Vaya por Dios!

—Ya, ya…, pero qué se yo. Ya no puedo hacer nada.

—¿Canta usted?

—Sí, me gusta, pero lo hago muy mal.

—¿Incluso canciones del Puma?

—No, bueno, sus canciones me gustan; tampoco es que sea un fanático. Me gusta casi toda la música, Phil Collins… Ahora oigo hasta reguetón, que es lo que ponen mis hijos.

—¿Cuántos hijos tiene?

—Dos, uno de 17, que aunque nació en Buenos Aires lo buscamos en Sevilla, y otro de 13, que vino al mundo en Rosario.

—Además de buscar a su hijo en Sevilla, ¿qué más recuerdos tiene de su etapa en el Betis?

—Fue una época muy linda. Tenía amistad con Pumpido, con Monsalvete. ¿Se acuerda de Monsalvete? No jugó mucho…

—Claro que sí, hablé con él hace unos meses.

—¿Cómo está?

—Bien, más o menos, buscando trabajo.

—Bueno, igual que yo. Qué buen tipo era. Teníamos una relación especial con su familia. Fíjese, que incluso sus papás y sus hermanas había momentos en que se quedaban cuidando a mi nene. Los compañeros fueron muy buenos conmigo. ¡Si me hicieron una cena en mi despedida y fue hasta Valentín! ¿Se acuerda?

—¿Del problema que tuvo con Valentín?

—Estábamos picados en el entrenamiento, y cuando llegamos al vestuario me llamó pesetero. Nos peleamos y sufrió un corte. Fue así. Y claro, no es una cosa de la que me sienta contento. Peor fue cuando me suspendieron de sueldo y sin poder entrenar durante dos meses.

—Usted tendrá el récord de sanciones en el Betis, ¿no?

—Bueno, tampoco es eso. Lo que sucedió con lo de los dos meses es que insulté al entrenador, que era Corbacho. Eso no tenía que haberlo hecho, vale, pero siempre he creído que tenía razón.

—¿Por qué lo insultó?

—Yo venía jugando con asiduidad y de un día para otro ni siquiera me llevó al banco. Y es cierto que yo tengo un carácter especial, pero eso no era normal. Me enojé y lo insulté. La medida siempre me pareció absurda, pues está bien que no me paguen, pero el no dejarme entrenar era algo en lo que salía perjudicado el Betis. Hasta Eusebio Ríos, que era el que me llevó al Betis, me dijo que no lo entendía. Pero Hugo Galera no quería saber nada…

—¿Qué hizo durante ese tiempo?

—Nada, absolutamente nada.

—¿Y por qué no entrenaba por su cuenta?

—No, no, tenía la obligación de estar en mi casa, cada vez que salía tenía que pedir permiso. Si yo tenía un amigo en Málaga, que se llamaba Gallego González, y no podía verlo. Tenía que estar controlado por si me citaban para el mediodía, para la tarde, para lo que fuera…

—Me imagino que en esos dos meses habría cogido unos buenos kilos, ¿no?

—Pues no. Fue el único momento en el que bajé de peso. Me encontraba tan mal… Y luego, sí, el peso ha sido mi gran problema. ¿Sabe cuánto peso ahora?

—Dígame.

—Ni ciento diez, ni ciento cinco… Tengo que decir la verdad y es ciento trece.

—¿Y no se pone a dieta?

—¿Qué…? Pero si no era todo lo responsable que debiera cuando jugaba, ¿cómo me voy a poner a dieta ahora? Igualmente, por unos estudios de mi físico yo siempre supe que yo necesitaba algo más de peso que los demás.

—¿Qué estudios?

—Unos estudios sobre el peso de mis huesos, sobre la masa muscular…

—¿De verdad?

—Sí, sí… Pero bueno, tampoco hay que mentir y un poco de exceso de peso tenía.

—¿No le decían nada los entrenadores?

—No se controlaba como ahora. Te pesabas tu mismo y si querías mentir, pues lo hacías.

—¿Lo hizo alguna vez?

—A veces…, sí. Tengo una anécdota muy buena en el Español, un equipo de Argentina en el que jugué. Cuando comenzamos a entrenar el técnico nos dijo que nos pesáramos y que pusiéramos en una lista el peso. Yo puse, creo que era 82; cuando terminamos de entrenar el técnico nos dijo que fuéramos pasando de nuevo por la báscula que quería ver cuánto habíamos perdido. ¡Yo me quería morir! Cuando me pesé resulta que la báscula ponía 85, el peso real. El entrenador me dijo que era el único jugador que había visto en su vida que cogía kilos entrenando.

—¿Es verdad que una vez causó baja en un partido con el Betis por una indigestión tras haberse comido un cochinillo?

—Mire, a mí siempre me ha gustado comer, y claro, en Sevilla, con las tapitas, las cervecitas… me fue imposible. En Argentina yo venía pesando 85 kilos y en España llegué a los 91. Y lo del cochinillo, no; eso no fue así. Es verdad que dos días antes estuve comiendo… y me entró un cólico. ¡Pero no fue por el cochinillo porque no me comí eso! Yo, de todas maneras, sabía que a mí, como tenía sobrepeso, me iban a dar caña con este tema. Igual le pasó a Fantaguzzi. ¿Se acuerda de él?

—Sí, claro.

—Pues recuerdo que los dirigentes nos dijeron que no lo llamáramos Fantaguzzi porque era una marca de motos, o qué sé yo… Había siempre guasa con ese tema.

—¿Y cómo lo llamaban?

—El Dragón.

—¿Por qué?

—Por el mal aliento que tenía.

—Ah.

—Por cierto, ¿usted cree los aficionados se siguen acordando de mí?

—¿Por qué me lo dice?

—Es que miro en internet y no sale nada…

—¿De verdad que usted cree que sus anécdotas se han olvidado?

—No sé, por eso pregunto. Yo es que creo que entro al estadio y nadie sabe quién soy; igual sí, como estoy gordito alguno diría. «Este tío es como el Puma».

—Esa es buena. ¿Y la del espaldarazo que se dio celebrando un gol?

—Sí… Fue, creo, cuando jugamos contra el Málaga. ¿Cómo no me voy a acordar? ¡Si casi me mato! Me había olvidado la sensación de marcar un gol y me volví loco.

—Quiso hacer una voltereta…

—Lo que pasa es que nunca lo había ensayado, ni siquiera en los entrenamientos. Cuando estaba saltando yo ya sabía que me iba a pegar un tortazo tremendo. Recuerdo que al día siguiente salió en los periódicos.

—Como también salió publicado lo de los problemas de comisiones entre el Betis y el Español. ¿Qué pasó realmente ahí?

—Yo le hablo de lo que sé; a mí me dijeron que iba a tener una ficha determinada en el Betis y cuando volví a Argentina, varios años después, vi que en el contrato ponía que la cantidad que yo tenía que percibir era el doble. Voló mucho dinero, eso es así.

—También parece claro que el buen humor, a pesar de los problemas, no lo ha perdido.

—Seguro, seguro… ¿Sabe una cosa?

—Dígame.

—Cuando me llamó y me dijo que me iba a hacer una entrevista pensé que era una broma. Se lo dije a mi mujer y a mi hermana. Alguien se quiere reir un rato.

—Ya ve que no… Muchas gracias, «Puma».

—Sí, sí, un abrazo para todos los aficionados del Betis.

Redacción

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