Antonio Roales, en la Plaza del Pan (Foto: Vanessa Gómez).
Antonio Roales, en la Plaza del Pan (Foto: Vanessa Gómez).

Ecce Betis

La muerte de Antonio Roales es puro beticismo por villancicos: los caminos se hicieron con agua, viento y frío
Por  11:22 h.

Cada mañana se crucificaba al abrir las ventanas de su puesto de la Plaza del Pan, a la espalda exacta del Cristo del Amor, y luego repujaba cruces de plata con la paciencia del santo Job, al que veneraba no por la tradición bíblica, sino porque jugó en el Villamarín de lateral derecho a finales de los ochenta. Pero en los últimos meses ya tenía encargada Dios, en su versión todopoderosa, no en la omnisciente de Rafael Gordillo, su cruz definitiva.

 

Y Antonio Roales la cargó sin perder su gracia natural hasta el último día de su vida, que estaba escrito a la vera de Heliópolis y en un hospital con el nombre de la Virgen a la que su amigo Rafa Serna le ha dicho hace apenas un mes lo que no le había dicho nadie y lo que nadie más le dirá. Rocío. Antonio había presagiado su peregrinación al final de la Palmera. Y se ha muerto antes de tiempo tras padecer las siete plagas del beticismo. Se crió en el Tiro de Línea, donde aprendió el oficio de la platería escuchando pasar el tren hacia el Sur por los Teatinos, siempre en dirección al templo de sus fatigas. Por eso decía que al Señor de su barrio se lo habían llevado Cautivo a una celda con trece barras. Y añadía que en esta ciudad el viacrucis primitivo no se hizo hasta el templete de la Cruz del Campo, porque la Cruz del Campo es la gloria, sobre todo para los que son de la hermandad de la Sed, sino hasta San Benito. Benito Villamarín, que es el calvario de esta tierra.
A Roales le gustaba crecerse en el castigo. Lo llevaba en la sangre verde, que en sus últimas horas le ha dejado tirado. Sangre cansada a la que trataba de reanimar con «transfusiones de chicharrones». De perdido, al río. Al Betis. Él mismo contó el otro día que con los arreones de la quimio fue al médico porque no podía tragar. El doctor le dijo que tenía la boca «minaíta de hongos» y le recetó un jarabe. Y Antonio, sin perder su malajismo ni sus ganas de vivir, le contestó: «¿Y luego qué hago con los hongos, un platito de champiñones?». A la semana murió. Asomado a una ventana del Rocío desde la que, en sus estertores, podía divisar el estadio. Y escuchando el pregón de Rafael: «Miro atrás y no hay camino, / delante está el paraíso / y más allá está el destino, / con la rienda entre mis dedos / tintinean los estribos / y busco senderos nuevos / entre los viejos olivos».

 

Delante está el paraíso. Y hoy que va a nacer de nuevo el Hijo de Dios en Sevilla, probablemente cerca del Arco, es un buen momento para buscar senderos nuevos entre los viejos olivos del Rocío de la calle Santiago y de los Panaderos. Antonio Roales, el Palmera, el orfebre de la Plaza del Pan en la que Jesús de Pasión compró el bollo de la última cena, ha encontrado ya el espacio glorioso bajo la verdina de su portal de Belén y ha ido a cumplir con su destino, que dejó escrito de su puño en la sevillana del centenario: «Hasta nuestra sangre es verde, / ya fuimos tuyos cien años / y seremos tuyos siempre». Siempre llevaremos a cuestas la cruz que él repujaba y, como un «Ecce Betis», cantaremos por estas fechas, en su memoria, el villancico del Gloria, que es como un himno verdiblanco: los caminos se hicieron con agua, viento y frío…

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Adjunto al Director de ABC de Sevilla