Los jugadores del Betis celebran el gol marcado por Sanabria en el Bernabéu
Los jugadores del Betis celebran el gol marcado por Sanabria en el Bernabéu

Carta a un hijo bético

A ver qué pasa. A ver cómo salimos de aquí… La goleada era algo más que una posibilidad, y ahí empezó la gesta.
Por  11:31 h.

Me llamaste por teléfono antes de entrar en el estadio. Fiel al escepticismo estoico que nos legaron los griegos, me dijiste lo típico en estos casos. A ver qué pasa. A ver cómo salimos de aquí… La goleada era algo más que una posibilidad, y ahí empezó la gesta. Como en el caso del torero que entra por la puerta de atrás de la sustitución y sale a hombros por la puerta del Príncipe. Ibas con esa resignación previa que os acompaña a los béticos de verdad, y no a los que se apuntaron al ‘modus loperandi’ que tanto daño le ha hecho a vuestro sentimiento. Porque lo tuyo, hijo mío, no es la vulgaridad de apuntarse al carro del vencedor, sino una forma de ver el mundo a través de ese equipo de fútbol que lleva el muy manriqueño nombre del Betis.

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir… ¿Cómo pudo escribir esa verdad absoluta con palabras tan sencillas el primer poeta bético que dio la historia? Esa soleá quebrada es un misterio, ¿o no, querido Alberto García Reyes? Como misterioso es que perviva el sentimiento bético de la vida, tan unamuniano, después de que el fútbol se haya convertido en un nido de aves rapaces, incluso carroñeras. Estafadores y mercenarios. Muy fuerte, muy duro tiene que ser ese sentimiento para que sobreviva a los ataques que podrían haberlo pulverizado más de una vez. Sin embargo, ahí sigue.

Llevabas esa fe intacta en el corazón cuando te sentaste en la grada del Bernabeu iluminado, incandescente de estrellas sobre el césped. Pero lo vuestro no es la tierra. El Betis no es de este mundo, como sostiene Manolo Melado cuando llama a los béticos del universo. Eso es algo que puedo ver hasta yo, que no profeso vuestra laica religión. Sois una nación sin fronteras. Tu hermano, el eterno viajero, estaba en Canadá. Con lo lejos que está Canadá, que diría el muy bético Álvaro Pastor. Pero ya sabes que allí donde haya un bético siguiendo a su equipo, estará el Betis. Y que tu hermano se lo llevó a Montreal, donde Nadia Comaneci sacaba la misma nota que tu equipo consiguió en el santuario de los merengues: un 10.

Hasta el minuto 90, el Betis había sacado un 9. Pudo haber escondido el balón, echarse atrás, dar patadones a la pelota o al contrario. Pero se arriesgó hasta el límite. Como los toreros valientes. Como Curro Romero, el bético que ha establecido el canon: el Betis es un sentimiento y sanseacabó. Antonio Burgos lo cinceló en el mármol de la ciudad recreada, y ahí quedará para los restos. El Betis de verdad dura ese minuto de gloria. Fútbol en estado puro. Toque con sentido, con medida, con arte. Hasta llegar al centro templado. Sí, un centro templado como una verónica, como un natural que huele a romero. Dejasteis el Bernabeu con olor a Corpus, a tarde de Urquijo, con ese aroma que buscaba tu abuelo cuando seguía al Faraón. Ahora disfrútalo. Porque llegarán días peores. Tú lo sabes mucho mejor que yo. Guarda esa entrada como una papeleta de sitio, como un pasaporte a la esperanza. Cuando el tiempo pase sobre nosotros, le contarás a tu hijo que estuviste aquella noche de gloria en el Bernabeu. Y que al salir, el césped olía a romero.

Francisco Robles

Francisco Robles