Setién observa el desarrollo del juego en el Betis-Athletic (Foto: EFE)
Setién observa el desarrollo del juego en el Betis-Athletic (Foto: EFE)

Me gusta Setién cuando habla y no cuando calla

Barragán es más presente que Francis, mientras el canterano tiene futuro, sin apellidos porque los adjetivos aún se los tiene que ganar
Por  12:11 h.

Sería muy extraño que hoy en Gerona se oigan los silbidos del domingo en el Benito Villamarín. El beticismo en Cataluña acude a los campos a disfrutar de su equipo y los que se han cruzado España para verlo raro sería que llevarán las escopetas cargadas. Un respiro para Quique Setién, enredado desde el domingo en una polémica que recuerda mucho a la perdedora de Gustavo Poyet, ese ciudadano uruguayo peleado con el mundo que va haciendo amigos en cuantas paradas para estirar las piernas está haciendo en su camino de Inglaterra a China y viceversa. Con las disculpas tras su grosera y censurable respuesta a los silbidos de la grada (coincido con el redactor jefe de esta Casa, Ramón Román, que iban dirigidos al técnico, por cabezota, y no a Francis, por estar y no ser) debió haber finiquitado el asunto. Más en lo que a él respecta que por el aficionado escocido por su exabrupto rectal.

Debo confesar que me agradan mucho los entrenadores que defienden con uñas y dientes a sus jugadores más jóvenes y muy poco los que administran justicia en modo anacrónico, beneficiando al menos bueno, que no malo, y condenando al mejor. Barragán es más presente que Francis y bastante más pasado (¡qué pronto se olvidan las estadísticas de los que nos permiten seguir alimentándolas!), mientras el canterano tiene futuro, sin apellidos porque los adjetivos aún se los tiene que ganar, incluso los que con exagerada vehemencia le prodigan sus detractores.

Me gusta Setién cuando habla y no cuando calla, para disgusto de los nerudianos. El cántabro huye de los tópicos, se expresa con libertad, no autocensura sus sentimientos. Acaso, sí, se le note en demasía que el orgullo de lo hecho en el Betis y su ilusión por lo que pueda alcanzar en vísperas del sexagenariato -felicidades, míster- le han engordado la autoestima hasta vérsela pareja a la del club y de la afición, cuando la de estas en realidad se encuentran a años luz, incomparables haga lo que haga.

Cuando lleguen las victorias, cuando el fútbol de seda que promete encuentre el percal del gol, las aguas volverán a su cauce. Hasta entonces, mejor hablar poco y silbar menos. Por el Real Betis.

Francisco Pérez

Francisco Pérez

Colaborador de Opinión en Deportes en ABC de Sevilla