Francisco Tur de Montis y Figueroa, conde de Yebes
Francisco Tur de Montis y Figueroa, conde de Yebes
Necrológica

El conde de Yebes, por y para el campo

Defendía a ultranza la naturaleza y las monterías a la antigua, con mulos y caballerías

Jaime Patiño
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Paco vivió sus primeros años de juventud entre el colegio de la Alameda de Osuna y el cariño a Ibiza, de la mano de la familia de su padre, oriunda de la isla y donde se amparaban bajo las piedras de la vieja casa familiar de Canrich. Posteriormente estudiaría Derecho en el CEU, y sus comienzos laborales serían en la compañía de seguros Gil y Carvajal.

Creció bajo la inmensa sombra de su abuelo, el mítico y polifacético artista Eduardo Figueroa, conde de Yebes, gran cazador y hombre de campo. Y de su adorada madre, la carismática Carmen Figueroa. Ambos lo educaron en el amor profundo a la naturaleza y a nuestras tradiciones. Viajero infatigable, recorrió mucho mundo, sobre todo en la montaña, en pos de los rebecos, acercándose al conocimiento de la naturaleza. Le apasionaban los árboles de los montes en la naturaleza salvaje y los de los jardines en la naturaleza domada. Lector empedernido, tenía una vasta cultura. Y dedico esfuerzos a ordenar y reeditar obras y dibujos de su abuelo. Pero demasiado pronto quedó solo: murieron su abuelo, sus padres y su único hermano, Eduardo. El amor de su esposa, María Hornedo y, padre ejemplar y adorado, el de sus hijos Carmen, Pedro, Pilar, Álvaro y Javier, le ayudaron a sobrellevar tanto infortunio. Y le acercaron en verano a las deslumbrantes orillas brumosas de Comillas.

A partir de ese momento se encomendó a defender el patrimonio familiar, en épocas de grandes vicisitudes, con notable éxito, siempre con discreción y dignidad, superando tantas incomprensiones y contrariedades. Su sentido del humor y franca carcajada ayudaron a la feliz resolución de situaciones difíciles. Pero sobre todo vivió por y para el campo. Entregó su vida a su tierras toledanas del Robledo de Montalbán.

Defendía a ultranza la naturaleza y las monterías a la antigua, con mulos y caballerías. Por su trato llano y cercano, siempre familiar, pero con la tenacidad del infatigable luchador, era respetado y apreciado por sus gentes de San Pablo de los Montes, donde muchas familias vivieron de las industrias del Robledo. Defendió sus sierras, sus manantiales, sus árboles y, sobre todo, la paz de sus animales, y vivió plenamente inmerso en un mundo donde aún resuenan los epopeyas cinegéticas de sus mayores, y de tantos amigos de varias generaciones de la España eterna.

Endurecido por la vida en el campo, siempre espartano, las quejas, las enfermedades o incluso la edad las soterró entre disimulo y grandeza de ánimo. Gran jinete y cazador, y mejor amigo, aguardamos su sonrisa jovial apareciendo tras cualquier lentisco, donde en sus valles y umbrías enterramos sus recuerdos.

Como el mito del español, nos dejó de la mejor manera que un caballero puede marchar: se le consumió el espíritu montado a caballo por sus sierras, en compañía de su buen hijo Pedro. Desde hoy galopas en nuestro recuerdo.