En la operación se hallaron 8,5 kilos de cocaína y 4.000 pastillas de éxtasis, armas, coches, dinero en metálico y ordenadores - EFE

Operación OikosRaúl Bravo y Aranda tuvieron que declarar en 2003 por un alijo de cocaína y pastillas

Dos de los tres detenidos en la operación DJ utilizaban los coches de los futbolistas; la Policía no halló pruebas para imputarles el delito

«Si entras en las mafias de las apuestas, ya no sales»

Prisión solo para los cabecillas de la Operación Oikos

Pablo Muñoz
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«Pero si esos son los mismos de la operación DJ, que jugaban en el Madrid; los que declararon en la Brigada por un tema de cocaína»... Era martes. Acababan de empezar a trascender los nombres de los jugadores implicados en la operación Oikos de amaños en el fútbol cuando un veterano policía recordó que algunos de ellos ya eran antiguos conocidos. El agente no había olvidado los nombres de Raúl Bravo y de Carlos Aranda, los que se consideran además cabecillas de la trama de corrupción en el fútbol destapada esta semana. El juez de Huesca los envió ayer a ambos a prisión, eludible bajo fianza de 100.000 euros como solicitó la Fiscalía.

La operación DJ pasó por las páginas de los periódicos sin pena ni gloria. Una más de las muchas que en esos años llevaba a cabo la Policía Nacional en Madrid contra el tráfico de drogas (se desarrolló en enero de 2003). Los agentes de la Brigada de Policía Judicial detuvieron a tres hombres, uno de ellos un famoso pinchadiscos de la noche madrileña, a los que acusaban de distribuir cocaína y éxtasis en discotecas y «afterhours» de la zona de marcha de Luchana y Bilbao. Les intervinieron 8,5 kilos de cocaína de gran pureza y 4.000 pastillas de éxtasis, armas de fuego, dinero en metálico, ordenadores, documentación y vehículos de alta gama.

Esos tres detenidos -el disc jockey Mario G.H., de 24 años; Felipe G.M., de 42, ambos sin antecedentes y socios en un bar de copas; y Federico D.M., de 39, con antecedentes policiales por falsificación de placas de matrícula y receptación- formaban parte de un grupo de delincuentes de cierto nivel que estaban moviendo mucha droga en la capital. Las investigaciones destaparon que con ellos colaboraban otras personas o al menos estaban al tanto de sus actividades y esas sí eran piezas importantes sobre las que había que afinar todavía más.

El mundo de la noche

Los agentes del Grupo XIX de la Brigada de Policía Judicial llevaban desde septiembre de 2002 detrás de ellos. Las sospechas iniciales se centraron en el pinchadiscos, que aprovechaba su trabajo y su relación con el mundo de la noche para distribuir y vender pequeñas dosis en discotecas de la capital. Sus pasos llevaron a los investigadores hasta el segundo de los implicados, Felipe G.M., que era quien suministraba a Mario G.H. la droga ya preparada en dosis para su venta. Los dos eran socios de un local de copas, que servía de tapadera para sus negocios. El tercer implicado era Federico D.M., jefe del entramado. Se encargaba de contactar con grandes proveedores y tenía una empresa de material informático donde blanqueaba.

Durante meses los agentes siguieron los pasos de todos ellos. Fue así como detectaron que tenían contacto habitual con los entonces jugadores del Real Madrid Raúl Bravo, Carlos Aranda y en menor medida con Borja Fernández, que pasaba parte de su tiempo libre con los dos anteriores. El policía que recordó con precisión aquella investigación no ha olvidado tampoco lo llamativo que les resultaba el tipo de vida poco acorde con la de un deportista de élite que llevaban Bravo y Aranda. «Entrenamiento, comidas en buenos restaurantes y muchas tardes locales del alterne y luego discotecas hasta altas horas de la madrugada». Pero eso no es ningún delito. Lo que sí podía serlo o al menos exigía una explicación era el uso por parte de los investigados de los coches de ambos jugadores.

El Madrid, atento

A principios de enero de 2003, los agentes se enteraron de que Federico, el supuesto cabecilla, había recibido un importante pedido, y establecieron un dispositivo de vigilancia en las inmediaciones de su casa. Cuando apareció a bordo de un todoterreno de lujo, se dispusieron a darle el alto, pero él arremetió contra ellos y llegó a herir a un policía en prácticas que participaba en el dispositivo. En el interior del automóvil llevaba 7 paquetes, de un kilo cada uno, con cocaína de gran pureza camuflada bajo los asientos. Iban con un perro, que tuvo que ser recogido por la Policía para evitar que quedara abandonado. También se llevaron un Toyota Yaris, que quince años después sigue dando servicio en la Brigada. «Le tenemos hasta cariño», admite el agente.

Tras la operación se comprobó que el coche que utilizaba el cabecilla era de Raúl Bravo, y otro que usaban de apoyo, un Audi TT, era propiedad de Aranda. Los investigadores barajaron detenerlos, pero no había pruebas concretas contra ellos, aunque sí indicios policiales. Se optó entonces por llamarlos a declarar a la Brigada para ver cómo respiraban.Raúl Bravo admitió que el coche era suyo, pero dijo que se lo había dado a su amigo para que lo vendiera. Aranda, que se mostró desafiante y al que hubo que recordar dónde estaba, simplemente afirmó que se lo había dejado por amistad. El Real Madrid se interesó por la investigación y el grado de implicación de sus jugadores (Aranda había salido del equipo meses antes), ya que sabía que si esa noticia salía a la luz la imagen del club quedaría afectada.

Arrestrado por blanqueo

El jugador malagueño que controlaba dos casas de apuestas en su ciudad natal fue detenido, esta vez sí, en 2007 en un golpe al blanqueo de capitales procedente del tráfico de cocaína en la Costa del Sol. En la operación Chavo cayeron otras siete personas, miembros del clan de los Aranda. Carlos Aranda quedó en libertad. La Policía les acusaba de lavar millones de la droga y les atribuía un patrimonio de varios millones.