Andrés Iniesta celebra el gol a Holanda que nos hizo campeones del mundo
Andrés Iniesta celebra el gol a Holanda que nos hizo campeones del mundo - EFE

De la furia al toque, de Zarra a Iniesta

La selección española de fútbol es campeona del mundo y tres veces campeona de Europa

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El de Iniesta es el penúltimo de un siglo de goles de la selección. Significan más de lo que pensábamos; podemos decir dónde estábamos y con quién cuando se marcaron.

El primero de todos, el debut de España, fue el de Patricio contra Dinamarca en la Olimpiada de Amberes en 1920. Con los Zamora, Pichichi y Samitier se bautizó la «Furia española». «La emoción fue tan enorme que a más de uno les vi correr las lágrimas por la cara», contó el cronista Rubryk para ABC sobre esa primera victoria.

Hubo porteros como Ricardo Zamora e Iríbar, capitanes como Suárez y Raúl, pero fue Íker Casillas el que levantó la Copa del Mundo en Sudáfrica. El 11 de julio de 2010, España añadía por fin una estrella al escudo.
Hubo porteros como Ricardo Zamora e Iríbar, capitanes como Suárez y Raúl, pero fue Íker Casillas el que levantó la Copa del Mundo en Sudáfrica. El 11 de julio de 2010, España añadía por fin una estrella al escudo.

Décadas después, en el Mundial de Brasil, Zarra marcó el gol contra Inglaterra. Miquelarena recogía en este diario una noticia-esquela de la prensa inglesa: «Nuestro afectuoso recuerdo al fútbol inglés, que falleció en Río de Janeiro el 2 de julio de 1950. Un numeroso círculo de amigos lamenta su dolorosa pérdida. R.I.P. Nota: El cadáver será incinerado y sus cenizas trasladadas a España».

Derrotada la «pérfida Albión», el primer título, la Eurocopa de 1964, llegaría con el gol de Marcelino a la URSS. Era algo más que un partido y Gilera lo contó así en ABC: «España ha ganado el Trofeo, pero suponemos que ha ganado también para el mundo otro partido, como es el de la interpretación de nuestros pasos y de nuestra vida a cada instante». Vinieron después años peores. En 1977, España celebró como una gesta el gol de Rubén Cano en la «Batalla de Belgrado», la del botellazo a Juanito. Permitió jugar el Mundial de Argentina, la Martona y el fallo de Cardeñosa.

Durante mucho tiempo, los no goles fueron tan importantes como los goles. En nuestro Mundial hubo poco que celebrar con excepción quizás de Naranjito; en México 86 se cantaron los de Butragueño en Querétaro y se lamentó el anulado a Míchel. Ruiz Quintano, enviado de ABC a la cita, registró el «¡Balones altos a Eloy!» de Miguel Muñoz, grito de una Furia contradictoria y ya venida a menos. Falló Eloy su penalti y durante años no recordamos héroes sino culpables: «El gol de Arconada», que oscureció aquel otro de Maceda, el fallo de Salinas, el giro de cabeza de Míchel en la falta de Stojkovic, el autogol de Zubizarreta o afrentas como el codazo de Tassotti o el atropello de Al-Ghandour.

Hubo un repunte de bravura clementista y camachista en el cabezazo de Hierro en Sevilla y en aquel gol de Alfonso a Yugoslavia en el descuento tras un balón colgado de Guardiola. ¿Fue el de Guardiola el último balón desesperado? Vino luego el cambio, el gol de Torres, el de Puyol, el penalti de Cesc y la parada de Íker a Robben. Hasta que el gol definitivo de Iniesta lo concentró todo en un instante.