Pelé y Formoso sostienen una camiseta del Cosmos, el equipo en el que fueron compañeros
Pelé y Formoso sostienen una camiseta del Cosmos, el equipo en el que fueron compañeros
Fútbol

El taxista gallego que triunfó en el Cosmos de Pelé

Santiago Formoso fue titular indiscutible en el mítico equipo neoyorquino. Hoy conduce un coche de Uber en Nueva Jersey

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«Me has tenido engañado dos años, Paquito». Santiago Formoso (Vigo, 1953) recuerda las palabras que le dijo, exhausto y atónito, a su compañero de equipo en una habitación de hotel de Tokio, tras una noche de fiesta y lujuria de detalles impublicables. Formoso era entonces el lateral izquierdo del Cosmos, el legendario equipo neoyorquino que puso de moda el fútbol en Estados Unidos a finales de los 70 con la contratación del futbolista más famoso de la historia, Pelé. Aquel «Paquito» era Franz Beckenbauer, otra de las estrellas rutilantes del Cosmos –donde también militaron Carlos Alberto, Neeskens o Chinaglia–, un jugador con fama de serio y ejemplar. «Era un fiestas que yo ni me lo imaginaba, nunca vi a nadie ocultarlo como él», recuerda ahora Formoso sobre Beckenbauer mientras acaricia el volante de su coche por las calles de Weehawken, en Nueva Jersey, con el telón de fondo de los rascacielos de Manhattan.

Formoso es una leyenda fantasma del fútbol español. Muy pocos saben de él. En España, «no me conocían ni mis vecinos», dice. Olvidado en Estados Unidos. Nadie recuerda cómo perforaba el carril izquierdo para buscar a «o Rei» Pelé, cómo cedía la pelota al «káiser». Fue titular indiscutible en el Cosmos, el equipo «con más glamur del mundo», que llenaba estadios en un país sin tradición futbolística.

Emigrante con 15 años

Campeón con el Cosmos, internacional con Estados Unidos, «playboy» infatigable, estiloso, conocedor al milímetro la movida nocturna neoyorquina. Era lo más parecido a una estrella del rock con un balón en el pie. Ahora conduce un coche para Uber, y por las calles de Nueva Jersey se le agolpan los recuerdos de aquella época. Ninguno de sus clientes le reconocen. Ni siquiera los fanáticos de aquel Cosmos podrían imaginar que este chófer calvo y grueso era el lateral espigado y melenudo del Cosmos, con una facha de galán de la que apenas quedan unos ojos azules melancólicos. Pero alucinan cuando la conversación les lleva a descubrir su historia.

Formoso, de blanco, en un partido contra los Rowdies de Florida
Formoso, de blanco, en un partido contra los Rowdies de Florida

Formoso llegó a Estados Unidos cuando tenía 15 años, junto a su familia, como tantos emigrantes gallegos que acabaron en el barrio neoyorquino de Queens o, como en su caso, en New Jersey. El fútbol le llevó a estudiar en la Universidad de Pensilvania, y un año antes de graduarse fichó por un club profesional de Connecticut, de la Liga estadounidense. Aquel equipo se mudó a la costa Oeste pero Formoso, siempre a su aire, prefirió quedarse cerca de Nueva Jersey, donde vivía su madre, y de Nueva York, su territorio nocturno. El destino le volvió a unir a la pelota: el Cosmos se embarcaba en una gira mundial para despedir a su gran estrella, Pelé, y estaba escaso de efectivos. Sonó su teléfono: «¿Estás en forma?», dijo alguien al otro lado de la línea. Sin duda. «Me gustaba la fiesta, pero era muy sano», dice ahora. Pocas semanas después, en una habitación de hotel, también en Tokio, Formoso firmó su incorporación al Cosmos.

Fueron dos temporadas y media frenéticas, dentro y fuera de la cancha. Formoso vivía en el Midtown neoyorquino, cerca de Pelé –«yo le conseguí su apartamento en la calle 51», recuerda– y a un paso del desparecido restaurante Torremolinos, donde las juergas flamencas con Sabicas se alargaban hasta la hora de ir al entreno. El Cosmos fue un invento del entonces presidente de la Warner, Steve Ross, y dos de sus altos ejecutivos, Ahmet y Nesuhi Eruten. Concibieron el club de fútbol con el mismo glamur que sus lanzamientos discográficos. Formoso, vivo y curioso, se impregnó mejor que nadie de ese ambiente. «Yo era mucho de salir», reconoce, y Ahmed Eruten no solo no lo veía mal, sino que le animaba. «Una noche cualquier me montaba en su coche y me llevaba al Cotton Club de Harlem. Los únicos blancos éramos él y yo, montaban unas fiestas de jazz increíbles», recuerda. Otras veces le mandaba una limusina para que le recogiera y divirtiera a alguna millonaria viuda y aburrida. «Studio 54 era el pan de cada día», dice sobre el mítico club y la vida de los jugadores era “sexo, drogas y rock & roll a lo bestia”. En la cancha no se notaba, «ganábamos siempre, éramos como el Real Madrid de ahora para aquella liga, todo internacionales». A Formoso, un extremo reconvertido en lateral –«técnico, de toque, yo estaba loco por el fútbol holandés»– no le duelen prendas en reconocer que tuvo suerte en formar parte de ese equipo histórico: la norma exigía tener al menos a dos estadounidenses en el once y él apareció en el momento adecuado. La contrapartida fue que no se hizo millonario: «Nosotros estábamos para rellenar, con salarios de risa», dice sobre los estadounidenses del Cosmos.

La caída a los infiernos

Tras años codeándose con los dioses del fútbol, la caída al nivel de los mortales fue dura. «Es jodido. Vienes de estar en la élite, en una burbuja, y de pronto te ves en la calle», explica. Su carácter rebelde tampoco le facilitó seguir involucrado en el mundo del fútbol, donde tuvo varias escaramuzas que no terminaron bien. «Soy muy gallego», dice. «No me gusta que me tomen el pelo. Nunca fui suplente de nadie, ni le besé el culo a nadie, me lo gané todo a pulso. Y no soy políticamente correcto, si tengo que llamarte algo, te lo digo a la cara».

Para sostener a su familia, tiró para adelante con el taxi, una profesión que le permitió rentabilizar su conocimiento de Nueva York. «Yo sabía dónde estaba el dinero, en qué restaurantes, cuándo ir a los clubs privados», y agarró el volante en una época, mediados de los 80, en la que «el dinero corría por las calles de Nueva York». Tuvo otras aventuras empresariales, pero ahora es feliz con la libertad que le da conducir un coche para Uber.

Habla con ilusión de la posibilidad de volver a Galicia, donde quiere acabar su vida. «Además, estoy de moda», dice en relación al documental sobre su vida, «Alén do Cosmos», que ya se ha presentado en España y hoy se estrena en Nueva York durante el Galician Cinema & Food Festival, el mayor evento gallego en Estados Unidos. No se espera que aparezcan por la proyección en el Instituto Cervantes excompañeros como Pelé o Beckenbauer, para quienes solo tiene buenas palabras. «Nunca me ayudaron», dice con una sonrisa libre. «Pero es que yo nunca pedí ayuda».