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España-Rusia1.137 pases para perder en penaltis

España apenas generó peligro y, como en Corea en 2002, perdió ante el anfitrión por la falta de acierto desde los 11 metros

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En una tanda de penaltis, en la de la Eurocopa de 2008 contra Italia para enterrar la maldición de los cuartos, empezó todo, y también desde los once metros se da por finalizada una etapa preciosa que no da más de sí. España, la misma que hace diez años conquistó la Eurocopa con Luis Aragonés, se va del Mundial de Rusia por la puerta de atrás, eliminada porque fue incapaz de ganar a Rusia y ni siquiera en los penaltis fue mejor. Fallaron Koke y Aspas, mientras que De Gea, como en todo el Mundial, no fue capaz de parar ningún disparo. Adiós, España. Toca pensar y darle una vuelta.

Fueron momentos de máxima tensión en el Luzhniki, con Fernando Hierro dando turnos y sin que los ojos de los españoles invitaran al optimismo. En 120 minutos, solo se le marcó a Rusia de rebote y fue con un tanto en propia puerta, por mucho que Sergio Ramos se volviera loco en el festejo, atribuyéndose una diana que no era suya. Pero, lo dicho, después de chocar una y otra vez con la defensa local, después de un rondo soporífero con un sinfín de entregas en horizontal, después de 1.137 pases, el equipo nacional solo podía ganar de penalti. Y ya jarreaba en Moscú, más épica si cabe para un desenlace dramático.

Pese a tirar primero

Sergio Ramos ganó los sorteos. Se iba a disparar a la portería en la que estaban los españoles (pocos, unos 3.000 tirando al alza) y se iba a tirar primero, que si se atiende a la estadística demuestra que hay mucha ventaja. Pero nada, ni por esas. El destino de España estaba escrito en la cara de los internacionales, que hicieron una piña mientras regalaban carantoñas a un De Gea aparentemente tranquilo en sus andares.

El primero en coger el balón fue Andrés Iniesta, que marcó con una calma asombrosa. Smolov empató para los rusos, muy cerca De Gea de parar ese chut. También lo hizo muy bien Piqué ajustando su ejecución, e Ignashevich respondió con la misma sangre fría. Y llegó el momento de Koke. Fue nervioso al punto fatídico, delatado por su expresión facial. Tomó carrera, apuntó con la derecha y el balón no tuvo excesiva dificultad para Akinfeev. El rojiblanco rompió a llorar, y más cuando Golovin metió su penalti.

«Me vendrá muchas veces a la cabeza, seguro. Pero así es el fútbol. Haces un buen partido y un error mío, que reconozco sin que pase nada, te deja fuera. Lo asumo porque soy yo el que querría tirarlo. No pasa nada, la vida sigue», analizó el centrocampista, que dio la cara en la zona mixta del recinto moscovita.

Como Ramos y Cheryshev también cumplieron, se llegó al quinto lanzamiento. Pidió la vez Iago Aspas, la plantó con un mimo excesivo, se puso de lado para iniciar una carrera exagerada y su zurdazo se encontró con el pie del portero ruso, que realizó un paradón. Fin, una explosión de júbilo en el Luzhniki mientras España maldecía su suerte, la que se ha merecido después de un Mundial lamentable con solo una victoria y muchísimas lagunas. «No soy el hombre del partido, el conjunto del equipo y los aficionados son los hombres del partido», expuso el guardameta del CSKA, premiado con el galardón de la FIFA al hombre más destacado. No podía ser de otro modo ante tanta medianía.

Con la descomunal piña rusa, celebrando como merecía la clasificación, los españoles iban cayendo al suelo sin consuelo. Saltaron rápido desde el banquillo a darle mimos a Aspas, pero más difícil era levantar el ánimo de Koke, completamente hundido, llorando como un niño y tapándose la cara con la camiseta. Era la cuarta tanda de penaltis de España en la historia de los Mundiales, y el balance no es bueno, con tres chascos de cuatro.

El mal de las anfitrionas

Uno de ellos llegó en el Mundial de 2002, el de Corea y Japón. En aquel célebre partido de Al Ghandour y su sonrojante arbitraje, el conjunto de José Antonio Camacho fue apeado por Corea del Sur después de que el lanzamiento de Joaquín lo detuviera el meta local. Como entonces, la anfitriona frustra de nuevo el sueño de España y alimenta otra estadística atroz. En nueve enfrentamientos contra el país organizador, tanto en Eurocopas como en Mundiales, la selección no ha logrado sonreír. De pena.