Betis-Sevilla, la eterna rivalidad
Partido jugado en Heliópolis el 4 de octubre de 1942, con goleada sevillista por 2-5. Al término de esa temporada bajó el Betis a Segunda - SERRANO
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Betis-Sevilla, la eterna rivalidad

Eterna rivalidad que trasciende para ser la expresión futbolística de la Sevilla dual y barroca

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Antes de que el fútbol español se argentinizara parcialmente en su semántica después de que muchos términos navegaranocéano Atlántico arriba, partiendo desde el estuario del Río de la Plata, y desembarcaran en las costas balompédicas de la Madre Patria, el terreno de juego era simplemente el campo; el guardameta, el portero, y el regate..., pues el regate (y por Sevilla igualmente dar una cacha). Ahora, el campo es también la cancha, que más bien suena a baloncesto o balonmano; el portero es el arquero, que rememora al tiro con arco; el regate es la gambeta... y los partidos entre el Barcelona y el Real Madrid —los Barça-Madrid de toda la vida de Dios— ya no se llaman así sino el clásico, como si se tratara de un River Plate-Boca Juniors, aunque ahora los Millonarios anden por la Primera B argentina para impagable regocijo de los xeneizes.

(De todos modos, visto lo visto no veo tan desacertado nominar los Barça-Madrid como Clásico porque es ya precisamente un clásico que los culés derroten, y hasta por goleada, a los merengues...)

En España, la denominación de clásico siempre ha evocado a la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones. Ahora, y por analogía, también recuerda al fútbol por importación de Hispanoamérica, donde clásico es una competición hípica de importancia que se celebra anualmente; o sea, donde —véase el diccionario de la RAE, y a mí que me registren— se corren las pollas, es decir las apuestas. Asimismo, y ésta por vía británica, la denominación de derbi para hacer referencia a un partido de fútbol entre equipos con especial rivalidad entre sus seguidores procede de la hípica, aunque nunca entenderé qué intención hubo en su momento de comparar a los futbolistas con los yoquis, porque no creo que la voluntad fuera la de hacerlo con los caballos...

Desde hoy, resuelta la oficialmente última jornada de la primera vuelta, y hasta más allá del sábado, fecha del partido, Sevilla vivirá con cinco meses de retraso —huelga de futbolistas en el arranque de la Liga— en torno a la recuperación en Heliópolis —así lo quiso el calendario— de «su» derbi —título que no es de mi agrado aunque lo utilice— del que está ayuna desde febrero de 2009 a causa del segundazo balompedista por un solo gol... que dicen los palanganas que fue precisamente el que les marcó Freddy Kanouté la noche en que las criaturitas ganaron por 1-2 en Nervión, en el último enfrentamiento por ahora entre ambos conjuntos.

Al igual que los Barça-Madrid, con un antagonismo que va más allá de lo meramente futbolero, no es otra cosa ya que el clásico con reiteración de enfrentamientos que ya empieza a provocar cierto hartazgo, los Betis-Sevilla han pasado a ser el derbi y nada más que el derbi, que parece además de una legendaria carrera de caballos inglesa una promoción de la marca de motos que encumbró a Ángel Nieto con sus 12+1 campeonatos del mundo.

Aun aceptada derbi como palabra de compañía en el pelotín en adquisición que no parece presentar fecha de caducidad, los partidos Betis-Sevilla, o viceversa, pues tanto monta, han sido siempre y hasta hace no muchos años simplemente eso, los Betis-Sevilla, los de la eterna rivalidad, tan temidos como esperados y siempre de resultado incierto por mayor que fuera la diferencia de potencial entre uno y otro. Eterna rivalidad sevillana generada hace casi un siglo cuando definitivamente, y tras la fusión en 1914 entre el Sevilla Balompié y el Betis F. C. que gestara Pedro Rodríguez de la Borbolla y Serrano, se configurara el Real Betis Balompié con Don Alfonso XIII como presidente de honor. Con anterioridad, otro Betis, un equipo que se constituyó tras una escisión en el Sevilla Balompié, llegó a fusionarse con el Sevilla F. C., como así atestiguan documentos de aquella heroica época en la que los futbolistas eran considerados unos locos en paños menores dándole patadas a un balón. Eterna rivalidad como no se podrá encontrar en ciudad alguna de España, por más que Madrid tenga al Real y al Atlético, y Barcelona al Barça y al Español. Eterna rivalidad que trasciende para convertirse en la expresión futbolística de la Sevilla dual y barroca. Eterna rivalidad, en fin, con mucha historia, riquísima en acontecimientos y anécdotas, cuya escritura se reanudará el sábado en Heliópolis casi tres años después.