Villamarín en Heliópolis
Partido Betis-Granada, 9 de abril de 1961. Benito Villamarín es aclamado a su vuelta de EE. UU., donde se había sometido a una delicada operación - ABC
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Villamarín en Heliópolis

El fútbol actual está ayuno de mucha elegancia y me gustaría conocer qué opinaría de tal decadencia Petronio, quien para Tácito es su árbitro por antonomasia

por daguerre
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En el fútbol contemporáneo se ha perdido elegancia. No, no se trata ya de que cobardemente te metan —«¿por qué, por qué, por qué...?»— un dedo en el ojo (de la cara, ¡ojo!) o te toqueteen reiterada y parguelonamente en aquello-que-dijimos cuando esperas para rematar un córner. No. El fútbol actual está ayuno de mucha elegancia y me gustaría conocer qué opinaría de tal decadencia Petronio, quien para Tácito es su árbitro por antonomasia. Para demostrar el aserto sólo hay que comparar la imagen, una cualquiera, que en las gradas de cualquier estadio ofrece hoy una gran mayoría de aficionados, luciendo camisetas de su equipo en claro signo de reivindicación de la tribu sagrada balompédica bajo la que se hermana un personal de muy diversa laya, con una estampa —también cualquiera— de hace 30, 40 o 50 años, como la foto de este lunes en la que da gloria ver al público —no sólo a los invitados al palco— en traje de domingo, como Dios manda, para el partido de las cinco de la tarde, y no el de las 12 del mediodía, que parece mañana de Domingo de Ramos; las cuatro, las seis o las ocho de la tarde, e incluso —¡qué barbaridad!— las diez de la noche. Hasta los fotógrafos —ahí, el gran Eulogio Serrano, el inolvidable «Carpanta» radiofónico— iban a trabajar de chaqueta y corbata.

Benito Villamarín Prieto, el presidente que en 1955 había tomado el testigo de Manuel Ruiz... Rodríguez, el coriano en quien el Betis halló segura tabla de salvación en su andadura por la Tercera división de campos de polvareda y rifas de vacas, volvía a casa. Tarde del 9 de abril de 1961. Sobre la hierba, el Betis y un Granada ya condenado al descenso a Segunda. En tiempos en los que aún no se usaban las tarjetas admonitorias, una terrible enfermedad ya había mostrado la amarilla a Villamarín, el orensano que en 1958 había devuelto al equipo a Primera tras una larguísima ausencia, incluidas siete penosas temporadas en Tercera.

El presidente se había ausentado del timón de la nave bética para capear en Estados Unidos los embates sobre su salud. De regreso al palco aquella tarde primaveral del 61, la afición lo aclamó en triunfo. Ya el estadio, antiguo Stadium de la Exposición, propiedad del Ayuntamiento y como tal nominado Estadio Municipal de Heliópolis desde 1939, había pasado a titularse Benito Villamarín, a pesar de que la compra oficial —algo más de 14 millones de pesetas— no sería escriturada con toda solemnidad —presencia del cardenal de Sevilla, doctor Bueno Monreal— hasta unos meses después, el 12 de agosto, prólogo a un amistoso con la Fiorentina. Medio siglo acaba de cumplirse.

(Una web bética, fiebrebetica.com, afirma que «nadie ha podido demostrar que el estadio se pagase, por lo que realmente el Ayuntamiento, en representación del pueblo de Sevilla, regaló este estadio al club verdiblanco». Pero ésa es otra historia...)

Un lustro más tarde, 15 de agosto de 1966, Benito Villamarín falleció a los 49 años, uno después de dejar la presidencia del club —tomen buena nota, señores...— en Primera, con campo propio y haber jugado el equipo hasta un torneo europeo. Vendrían tiempos mejores y peores, mas la frente y la dignidad siempre se mantendrían altas.

La megalomanía, la avidez de notoriedad y la altanería son enemigas mortales de la elegancia. Mucha distinción y clase se perdió cuando —baldón sobre una historia que, al modo orwelliano, se pretendió condenar al olvido— el nombre de Benito Villamarín pasó, forzado, a un adocenado rincón del estadio. Hace un año, el error se corrigió en aras de recuperar un perdido rasgo de elegancia. Petronio, que acabó sus días suicidándose, se alegraría. También se sabe cómo quedó para la Historia su emperador, que no fue otro que Nerón.