Robinho, durante un entrenamiento con la selección brasileña, ayer, en Barcelona. - EFE
INTERNACIONAL

La «joyita» devaluada

El brasileño Robinho llega al Milán tras salir de mala manera del Real Madrid y del City

RAÚL COSÍN
Actualizado:

Robinho es la samba llevada al césped. Las bicicletas interminables. El descaro en el regate. El preciosismo con el balón. Robinho técnicamente es de lo mejor del mundo. Esto último lo dijo sobre él el mismísimo Pelé —como buen padrino—, pero también lo han suscrito entrenadores como el propio Roberto Mancini, que dispuso del brasileño, con más pena que gloria, en el Manchester City.

Pero Robinho pierde su calidad cuando se torna díscolo. Cuando demuestra en cada club que ha estado fuera de Brasil —en el Santos no es que se comporte mejor, es que allí siempre le han permitido todo a su «niño bonito»—, bien en el Real Madrid, bien en el City, y ya se verá en el Milán, su incapacidad para jugar dentro de un colectivo, para adaptarse al fútbol que no empasta con su ritmo egocéntrico. Si las cosas no andan al gusto de Robinho, tuerce el gesto, echa los brazos abajo y hace como que la historia no va con él.

Eso dentro de un campo. Porque para rematar, fuera del campo es todavía peor. Se pierde. De ello pueden dar fe sus últimos vecinos británicos, que veían noche sí y noche también como su mansión en el barrio de Winslow, con piscina cubierta y discoteca, era una fiesta continua.

También enla capital de España se podrían escribir cientos de páginas sobre las andanzas de Robinho. El extremo brasileño llegó al Madrid en julio de 2005. Le costó a los blancos cerca de 30 millones de euros. Su primer partido contra el Cádiz fue un espejismo, pues su primera temporada como madridista destacó por ser una etapa turbulenta, llena de altibajos y críticas por su juego. En la temporada 2006-07 se pasó medio curso en el banquillo junto a Fabio Capello. Malos cinco primeros meses del brasileño, que se planteó su salida del Madrid. Pero en la segunda parte de la temporada fue entrando en el equipo hasta convertirse en un fijo. Ya se sabe. Cuando no jugaba, malas caras. Alguna tropelía. Y falta de adaptación del brasileño.

Tras una temporada con altibajos, aunque con más brillos en su juego, en la 2007-2008 Robinho y sus agentes comenzaron a cocinar su salida del Madrid. El brasileño quería irse al Chelsea. Al principio, lo escondía. Decía que no quería marcharse de la casa blanca. Hasta que se declaró en rebeldía. Robinho comenzó a dar forma a su salida e insistía en que quería marcharse. Pensaba en «blue», pero con el cierre del mercado de 2008 fue traspasado al Manchester City por 42 millones de euros. No era su destino.

Como siempre, el chico malo, el Robinho de los gestos, de las malas formas, el de las juergas, el rebelde brasileño, apareció. Sus desencuentros con el manager Mark Hughes y las polémicas fuera del campo crisparon a los aficionados de un equipo y una competición tremendamente exigente. Robinho fue incapaz de adaptarse a la Premier, al juego colectivo, a la alta intensidad de los partidos, al frío, a un entorno diferente al de sus amigos brasileños. Con Roberto Mancini tampoco cuajó la relación. Fue tachado como uno de los peores fichajes de la Premier.

En febrero de 2010, en vista de que poco tenía que ver con el Manchester, negoció una cesión al Santos. Quería jugar para ir al Mundial. Y allí, en su tierra cálida, y con su padrino Pelé, disfrutó e hizo a sus anchas. La vuelta a Inglaterra estaba cantada. Era volver para salir. Al final, firmó hace una semana con el Milán, que se lleva una «joyita» por 18 millones de euros, menos de la mitad de lo que valía hace dos años. En Italia le han recibido como a un «crack». Como a Ibrahimovic. Como a Ronaldinho. Mucho genio cargando su última bala.