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Don José del Río, por Antonio García Barbeito

Sentado a la mesa de cualquier reunión de la tertulia “Cisneros Palacios”, tomaba la palabra y parecía que iba a decir misa

Por  11:36 h.

Cuando abril es como un circo de dos pistas, en una un partido de fútbol y en la otra una corrida de toros, hay balones que cornean y toros que mansean como balón dormido en el fondo de la red. Cuando abril se nos venía venteando el cuerpo de la Feria y en Nervión los cálculos eran un deseo de aciertos propios y algún tropezón ajeno para llegar al verano en el podio final, se nos ha ido, como un gol en contra por el que se pierde una eliminatoria, un sevillista que, para ser de los más grandes y con más señorío, no necesitó de alharacas, ni de bandazos, ni de gritos, ni de saltos postizos, ni de lágrimas fáciles, ni de besos de cumplido, ora en el escudo, ora en la yerba, ora donde se tercie. Cuando abril se iba, se nos fue don José del Río, Pepe del Río, tan joven a sus noventa y tres años, tan querido, tan educado, tan tierno, tan señor, tan prudente, tan conciliador, tan cariñoso. Sentado a la mesa de cualquier reunión de la tertulia “Cisneros Palacios”, tomaba la palabra y parecía que iba a decir misa, de tan ceremonioso, de tan delicado, con aquel aire suyo que tenía un cuarterón de sacerdocio en cada palabra suya, en cada movimiento, en cada sonrisa.

A “su” tertulia fui, creo, de la mano de dos grandes amigos sevillistas que ya suman tres con él en el palco altísimo del Más Allá, ojo cenital que verá todos los partidos del Sevilla FC; los dos amigos se llamaron Pepe Castillo y Ramón Pérez Quinta. Recuerdo aquel primer día, y recuerdo, como siempre, a mi querido Francisco Valladares cargado de sobres con fotografías: “Toma, estas son de tu pregón del Centenario… estas de aquel día que estábamos en Pilas… Estas de cuando nos vimos…” Francisco Valladares siempre tuvo montada su cámara para inmortalizar momentos cruciales, y después se entretenía en regalar todas aquellas fotos. Otro corazón generoso y tan sevillista que, gracias a Dios, sigue latiendo entre nosotros. Entre los nombres idos e inmortales, otro pileño, Manolo Leonardo. Y el escudo del Sevilla como epitafio. Hace unos meses se nos fue el entrañable Pepe Castillo, y ahora, Pepe del Río. Si recuerdo a todos los que me faltan en la queridísima alineación de la memoria, desde Manolo Ruiz Sosa a León Ariza, es como enterrarle al Sevilla más de medio cuerpo. Don José del Río es el último nombre por el que llora el escudo que a los sevillistas nos late más que el corazón. Un señor como una marisma grande que para serlo con un exquisito e inquebrantable sevillismo, nunca necesitó de efectismos que acaban apagándose con cualquier billete que asome. Miro ahora la foto del día del Pregón del Centenario, querido Pepe; estamos cuatro sevillitas –nos fotografió Paco Valladares, claro-: tú, Pepe Castillo, el ubriqueño Juan Manuel Román y yo. Le pido al tiempo lo que le pedí a nuestro Sevilla aquella mañana de pregón: que te deje junto al escudo cumpliendo siglos en la memoria sevillista. Descansa en paz.

Antonio García Barbeito

Antonio García Barbeito

Colaborador de Opinión