Entrenamiento del Sevilla ayer en el Juventus Stadium (Foto: @MontesdeOcaFran)
Entrenamiento del Sevilla ayer en el Juventus Stadium (Foto: @MontesdeOcaFran)

Ni un solo beso

Hoy es otro día para demostrar que debajo de la camiseta os late el orgullo

Por  11:29 h.

NO llevamos a Turín un equipo. Llevamos un hospital. No van atletas en el mejor estado de forma. Llevamos convalecientes amenazados por el bajío de lesionarse leyendo el Marca. Pero esto que, en principio, es una nefasta realidad, si este equipo tiene lo que hay que tener, se debe convertir en el principal argumento para romperle los dientes al rival. Vamos doblados por el dolor, con un parte médico bajo el brazo y una condenada sensación de haber perdido la magia que nos hacia invulnerables. Pues yo digo que todos esos hándicaps son los que vamos a saber manejar para darle la vuelta a la situación. Haremos de los demonios nuestros ángeles. Y las adversidades flamearán como nuestras banderas más orgullosas. Coged desde ya, desde que salgáis del hotel, el estandarte ese que llevan solo los tipos duros, bragados en mil desencantos, oxidados por la intemperie de los acontecimientos; coged ese estandarte donde solo hay huesos y pellejos como símbolos supremos de lo que somos capaces de entregar en cada batalla. Para muriendo en el intento seguir vivo en nuestra leyenda que grita, hasta despellejarse la garganta, que somos inmortales. Que para matarnos hay que invocar a la silla eléctrica. Que para convertirnos en cenizas tenéis que llevarnos al infierno. Que el mar no cabe en un agujero y una leyenda como la nuestra no cabe en el hoyo de la depresión.

Así que muchachos, hoy es otro día. Otro día más para demostrar que debajo de la camiseta os late el orgullo. Y que encima de la camiseta lleváis un escudo que no os pertenece. Ese es nuestro. No lo beséis nunca. Jamás. Por si algunos labios salivan mentiras sin corazón. Ese escudo lo besamos nosotros. En el barrio o en destierro. Con la pava o en la barra del bar. Ese escudo nos pertenece. No se besa para brindarle a la grada una caricia engañosa a tantos miles de euros al mes. No nos gustan los amores baratos. Nos gusta que el escudo lo consagremos nosotros. Los que vamos del corazón a nuestros asuntos. Lo de ustedes es otra cosa. Un deber santificado a la lealtad de los que os aman y defienden. Lo vuestro es llevar debajo del escudo un compromiso y una lección explicada con sangre y fuego en un mensaje simplificado: nunca nos rendimos. Antes entregamos la vida que la espada. Antes exhalamos el aliento último que seguir respirando el aire ponzoñoso de los mansos. Si hay que morir con las botas puestas, se muere. Que ya no encargaremos los que consagramos el escudo de haceros un bonito y alegre funeral. Como el que le hacen los negros de New Orleans a sus deudos. No os faltará ni compás ni el llanto de una guitarra con cuerdas de seda. Pero bravos hasta la muerte…

Te podría cantar con Fito que tú eres el aire y nosotros el papel. Que tú, mi Sevilla, eres el viento cálido que eleva nuestra cometa hasta los cielos donde las estrellas nos guiñan sus ojos en su blanca ingravidez. Te podría decir, también como canta Fito, que quisiera darte un poco más de lo que me pides. Y si hoy me pides en Turín que busque un druida en un bosque celta para devolveros la magia, os lo buscaremos. Más aún: si queréis la varita de acebo de Harry Potter, yo la mango. Pero no vais a encontrar mejor magia para volver a ser lo que fuimos que apurar la botella del batido de huevos. Ese que os hace que los ojos se escapen de sus órbitas, os pone una saliva rabiosa en la boca y un deseo insaciable en el corazón de convertir la piedra en polvo y machacar al de enfrente como si hubiera insultado a vuestra propia madre. Rabia, compromiso y lealtad a vuestro destino. Que no es pequeño. Sino tan grande y rojo como Nervión. Vais cojos y con el corazón dolido. Vais envueltos en esparadrapos y con la magia vencida. Enseñad vuestros dientes de oro y vuestras patas de palo. Piratas del Guadalquivir. Abordad ese barco turinés y no haced prisioneros. Solo queremos la victoria. Que será la que os devuelva la magia. La fe en vuestras posibilidades infinitas. Allí están esta vez los estandartes que hay que rescatar. Pelead como sevillistas, morid como hombres y ganad lo que os corresponde. Ese precio impagable de pertenecer a un equipo que ni estando en el hospital tiene derecho a rendirse…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión