Nolito consuela a Banega tras la final de la Copa del Rey (Foto: J. J. Úbeda)
Nolito consuela a Banega tras la final de la Copa del Rey (Foto: J. J. Úbeda)

Sevilla-Barcelona: Una humillación de otra época

El gran equipo de los últimos años manchó su brillante historia reciente con una goleada indigna en la final de la Copa del Rey

Por  11:23 h.

Bochorno. Sin paliativos. El Sevilla hizo el ridículo en una final, algo inaudito en un club que se había caracterizado en los últimos años por ser un animal competitivo cuando llegaba una gran cita. Luego podía ganarlas (la mayoría) o perderlas (las menos), pero siempre dejaba a los suyos orgullosos. Siempre salía con la cabeza alta. Nada de eso ocurrió anoche en el Wanda Metropolitano, un estadio que quedará para el recuerdo por el durísimo varapalo que recibió el club de Nervión. El Barcelona pasó por encima del cuadro sevillista desde que el árbitro dio el pitido inicial. Le puso más intensidad, más calidad y, por supuesto, mucho más gol. Bajo la batuta de Andrés Iniesta que se despidió a lo grande, el cuadro culé ridiculizó al Sevilla de principio a fin. Tal es así que se puede decir sin miedo a la equivocación que el equipo nervionense escribió anoche una de sus páginas más tristes. Y eso que estamos hablando de llegar a una final. Pero el Sevilla que se vio en el Wanda es de otra época, no tiene nada que ver con el que se ha acostumbrado a la gloria, con el que ha llenado sus vitrinas de trofeos. Fue mediocre.

Indigno. No hubo ni rastro de su grandeza labrada a base de éxitos en algo más de una década. Pareció ese equipo pobre que deambulaba por el fútbol nacional y que veía el europeo como algo lejano. Que estaba en tierra de nadie. Recordó a ese club que ya parecía olvidado. Y eso, claro, tiene consecuencias. Las importantes, las que tome la entidad, se verán en las próximas horas, días y meses. Pero la afición sí dictó sentencia mientras corría la pelota. Cargó duramente contra el presidente, José Castro, al que le pidió su dimisión. Y, luego, despidió a sus jugadores con un abucheo como muestra de la vergüenza que había tenido que soportar. Y es que no hay que olvidar que, aunque es cierto que el Sevilla ha llegado hasta una final -algo que se ve como normal cuando no lo es- e hizo historia en la Liga de Campeones, lleva una trayectoria en LaLiga que hace pensar en lo peor. En volver a no jugar en Europa. Porque los de Nervión, que se habían encomendado a las competiciones por eliminatorias por decisión de un Vincenzo Montella que ya está en el alambre, tendrán que apretar de lo lindo en la competición de la regularidad si no quieren que la temporada no acabe en fracaso.

El partido en sí tuvo poca historia. O más bien sólo la que quiso el Barcelona. Tras el varapalo recibido contra la Roma, los jugadores culés salieron con hambre para intentar arreglar la campaña. Y fueron un rodillo desde el inicio porque, encima, vieron que enfrente tenían a un equipo acomplejado que había bajado los brazos desde el calentamiento. Así, el desenlace se explica sin ningún tipo de sorpresa. Sólo hizo falta que Messi, Iniesta y compañía entraran en calor para que la maquinaría comenzara a carburar. Y así fue. Antes del cuarto de hora, Luis Suárez abrió el marcador tras una jugada que retrató a todo el Sevilla. Pase en largo de Cillensen que coge la espalda a toda la defensa, carrera de Coutinho y gol del uruguayo. Por entonces Iniesta ya estaba con su clase magistral de fútbol, por lo que se avecinaba lo peor, como así pasó con el 0-2 de Messi tras taconazo de Jordi Alba. Sólo ahí tiró de algo de orgullo el cuadro de Nervión, pero fue un mero espejismo. Sólo un par de acometidas para maquillar que ni siquiera corrían detrás del Barcelona. Es más, el Sevilla quedó hasta peor, porque volvió a demostrar que está negado de cara a la portería a rival. Y tras ello, el tercero de los culés. Combinación entre Messi y Luis Suárez para que el delantero pusiera el 0-3 en el electrónico a cinco minutos del descanso.
Nadie creía ya en la remontada. Todo lo contrario, había que ver hasta dónde quería llegar el Barcelona en la humillación. Y se gustó. Había que despedir con honores a Iniesta, quien se sumó a la fiesta goleadora con una obra de arte que luego redondeó Coutinho de penalti. El ridículo ya estaba consumado en todo su esplendor.

Ramón Román

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Redactor Jefe de Deportes en ABC de Sevilla
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