El goleador de los años más difíciles

Por  22:26 h.
Después de cuatro temporadas vistiendo partido tras partido la pesada camiseta del Sevilla, Álvaro Negredo se marcha del club de Nervión sin haber conseguido que la siempre exigente grada del Ramón Sánchez-Pizjuán lo venerara unánime e incondicionalmente. Quizá tuvo que escuchar más murmullos de los que cabría esperar hacia un delantero que nunca dejó de ver puerta y que, con sus goles, que no fueron pocos aunque también podrían haber sido algunos más, mantuvo con vida en el último año a un equipo peligrosamente frágil. No, el rendimiento y los números de Negredo como sevillista no fueron malos; más bien todo lo contrario. Si el vallecano no ha significado más para el público es porque éste aún tenía muy frescos en su memoria a sus inmediatos antecesores, los geniales y quizá irrepetibles Kanouté y Luis Fabiano, así como el atracón de títulos, siempre los títulos, que éstos levantaron y que tanto costó olvidar en esta época de declive que Negredo ha vivido de lleno y en la que jugar y brillar no era tan fácil como en aquel Sevilla del vino y las rosas.
El gol es lo más caro del fútbol pero nadie, por mucho dinero que tenga el Manchester City, osa pagar más de 25 millones por un delantero que no responde en el campo. Y Negredo, aun con altibajos, aun con algunos fallos en la definición impropios en un jugador de la calidad que atesora, siempre rindió. Porque Álvaro, a punto de cumplir 28 años, edad en la que muchos alcanzan su plenitud, es realmente bueno. Por eso acabó la pasada Liga con 25 goles (máximo goleador nacional) y por eso ha tenido y tiene un hueco en la mejor selección española de todos los tiempos.

Pese a no ser convocado para la pasada Copa Confederaciones, Negredo es una de las debilidades del seleccionador nacional, Vicente del Bosque, quien lo conoce desde que, siendo juvenil, llegara a la cantera del Real Madrid procedente del Rayo Vallecano. Como Soldado y otros tantos más, prácticamente no le dieron la oportunidad de pelear por un sitio en el primer equipo de un Real Madrid que, dos años y 32 goles después en aquel modesto Almería de Unai Emery, no tuvo el menor reparo en traspasarlo al Sevilla en el verano de 2009 por 15 millones. José María del Nido, que tiene el don de vender sus productos estrella como casi nadie, no se lo ha entregado al City hasta que los sky blues han puesto diez millones más encima de la mesa. En definitiva, Negredo, en otra sobresaliente operación, casi le ha salido a coste cero a un Sevilla que tuvo en él a un notable goleador —86 tantos, el séptimo máximo realizador en la historia del Sevilla— y a un jugador profundamente implicado, que nunca se ahorró una carrera y que, por vocación y por necesidad, tuvo que ser capitán del vestuario blanquirrojo en una época, la más reciente, bastante difícil.

Negredo, sin duda, había cumplido una etapa en Nervión. Unos y otros lo sabían. Este Sevilla de segunda línea ya no podía ni debía seguir manteniendo su salario de primer nivel y el delantero sabía que había llegado el momento de dar el salto a las alturas de la Liga de Campeones. Era una cuestión de ahora o quizá nunca, de coger el tren con destino a Manchester después de que el que paraba en el Vicente Calderón no abrirera finalmente sus puertas. Negredo se va a la Premier League, esa liga en la que todos los futbolistas quieren jugar algún día por lo bien que pagan los equipos y por el precioso ambiente de fútbol que se respira en sus estadios. Y se va al City, donde ya le espera Jesús Navas, su mejor aliado en estos años como sevillista, el que tantos balones buenos le ha puesto desde la derecha. Puede que ni siquiera les haga falta mirarse para saber dónde está uno y el otro, para saber a dónde tiene que ir el esférico.

Definitivamente, con el adiós de ambos se ha terminado de cerrar una etapa en el Sevilla. A los que vienen por ellos les corresponde cubrir ese profundo hueco que ahora queda. No será fácil, pero es ley de vida y ley del fútbol. Entre otros muchos detalles, para siempre quedarán los goles de Negredo, como los cuatro que le marcó al Valencia el día que dijo adiós al Pizjuán. En aquel partido no hubo murmullos. Son los caprichos del destino.