Imagen del inicio del concierto de Alejandro Sanz en el Benito Villamarín
Imagen del inicio del concierto de Alejandro Sanz en el Benito Villamarín

¡Reyes, Reyes, Reyes!

El Villamarín aclamó el apellido de un sevillista elegido por Dios para jugar al fútbol
Por  13:32 h.

El Benito Villamarín al unísono coreó su apellido, herencia gitana de Utrera para jugar con el ritmo de Perrate, para ganar con el puño de la Fernanda. Alejandro Sanz lo pidió y nadie se opuso. Y el estadio contrario, donde José Antonio elevó la maledicencia a la categoría de veneración, donde tantas veces provocó las iras de los aficionados béticos con su capacidad natural para el desborde, le aclamó. ¡Reyes, Reyes, Reyes! Sevilla en su cima. Aquel jugador veloz que había sublimado el concepto artístico del fútbol sevillano, el hombre frágil que hablaba con los pies y que besaba su escudo para agradecer que le había sacado de la nada, el muchacho que hizo soñar al Sánchez Pizjuán con el paraíso, recibió su primer homenaje póstumo en el templo de su rival. Porque lo bueno aquí no es de nadie. Es de todos.

Reyes jugaba tan rápido que quizás no supo entender que la celeridad sólo tiene sentido en el césped. Voló por la vida. Lo consiguió todo pronto, urgentemente. Jugó en los mejores equipos del mundo, ganó títulos, le compró una casa a sus padres, se rodeó de lujos, se cansó de triunfar. Y tal vez por eso tuvo siempre tanta prisa por volver al lugar del que procedía. Tanta, que se jugó la vida por lograrlo y la perdió. El amasijo de hierro al que quedó reducido su coche millonario es puro barroco sevillano. Las postrimerías de Valdés Leal. Ese cadáver de metal es un símbolo de la gloria pasajera, del éxito que pasa «in ictu oculi». Todo reducido a nada. La opulencia como mayor miseria.

A veces los dones son prisiones. Reyes tuvo la virtud suprema de jugar al fútbol como un ángel. Dios le otorgó esa ventaja. Convirtió sus tinajas en vino. Pero esos regalos acaban siendo una cárcel para los débiles. El deporte ha cambiado la vida de mucha gente por la vía de los bolsillos. La vía rápida. Y muchos de los triunfadores han acabado siendo unos ricos rotos que no han sabido adaptarse a su nueva condición social. Cuando eres bueno, los aduladores te acechan por todas partes y no tienes tiempo para mirarte al espejo y preguntarte quién eres. Te dicen tantas cosas que estás obligado a creértelas. Y poco a poco vas olvidando que la victoria nunca es el final. Que las mieles son siempre efímeras. Que lo único que dura siempre es tu condición original. El caso de Reyes es el más doloroso que hemos conocido en años, pero podría al menos servir de ejemplo para que los chavales que quitan de trabajar a sus padres gracias al fútbol no pierdan nunca el norte. Se trata sencillamente de no correr, de no querer llegar antes de tiempo a ningún sitio sólo porque crees que puedes permitírtelo.

El final de José Antonio Reyes da mucha rabia. Y el de sus acompañantes, aún más porque son anónimos. Al menos la perla de Utrera pudo ser un orgullo para los andaluces demostrando que aquí todo se hace de una manera distinta y logrando que incluso los béticos lo consideremos un genio con el balón. Pero su desenlace también nos demuestra que no somos nadie. Y que un momento basta para perderlo todo. Porque hasta los Reyes tienen que obedecer a la muerte.