Los jugadores del Sevilla, durante un entrenamiento (Foto: ROCÍO RUZ)
Los jugadores del Sevilla, durante eentrenamiento (Foto: ROCÍO RUZ)

Como lobos hambrientos

De Éibar o se sale a hombros o con los pies por delante.
Por  9:59 h.

Hoy en Éibar esperamos ver salir por la bocacha de los vestuarios una manada de lobos hambrientos. La metáfora no es mía. Es propiedad del maestro Araujo que tantas veces nos transmitió desde ese campo la frustración de una vez más, sí otra vez, en la que nos veníamos con la cara pintada y lamiéndonos las heridas de la derrota. Una manada de lobos hambrientos. Los corderos jamás debemos de ser nosotros en un territorio donde, quizás, lo fuimos demasiadas veces. Éibar es otro de esos nombres norteños donde nos faltó vinagre en el carácter y nos sobró sacarosa en las maneras. Lobos y con ganas de morder. Hambrientos de victoria y ansiosos por encontrar el cuello deportivo del contrario. Dispuestos desde el minuto uno a entrar en el redil que pastorea Mendilibar y aullarle a la luna quién es el ganador de la pelea. La derrota contra el Madrid ha debido de servirnos para volver a pisar tierra y mirarnos en el espejo que mejor imagen refleja de nosotros mismos. Somos la guerra. Y la guerra no quiere pusilánimes. Los versos los rimamos después, cuando los tres puntos vengan en la talega y se vuelva a ver el horizonte con el realismo pertinente. No quiero lideratos cuando aún no van ni diez partidos. Quiero radiografías exactas sobre el campo de un equipo con carácter, intensidad y testosterona. Fajadores natos. Aquí no se arruga ni la camiseta. Aunque entren los
contrarios con un cuchillo entre los dientes.

Esos lobos hambrientos siempre tienen un plus de absoluta credibilidad en el corazón de los sevillones. Porque nos hicieron en la fragua del hierro candente, del acero indomable, del metal estelar que cayó del cielo bendecido por los dioses para condenarnos a ganar. Llevamos en las asaduras esa aleación alquimista que solo tienen las espadas invencibles. Así que dejaros de jugar con alfileres de novia y sacar la cimitarra más afilada del armero deportivo.

Porque, una vez más, vamos a la guerra. Se entrega el banderín, se saluda al contrario, a los árbitros y se mira al cielo para jurar por los caídos en Nervión que de Éibar o se sale a hombros o con los pies por delante. No queremos otra cosa que ganar. Para que la victoria nos sepa en la boca a un buche de listerine y nos quiete el mal sabor del pasado domingo. No me dolió del Madrid la derrota. Sino lo pronto que le bajó a los nuestros la espuma del champan de la felicidad. Para resolver la frustración en uno de esos debates de dientes de sierra, absolutamente ciclotímicos, donde el sevillismo pasa del cero al infinito y del infinito regresamos nuevamente al cero absoluto. Las cosas hay que tasarlas y valorarlas. Era el Madrid. Sí, pese a que lo hubiera caneado el PSG. Ojo, el PSG, no el Mallorca. Así que recobremos la serenidad y salgamos hoy a rescatar lo que perdimos en Nervión: la felicidad de un arranque de liga espectacular.

Como lobos hambrientos, vuelvo a repetir acordándome de Sánchez Araujo. Vamos a ganar. Vamos a rescatar la seguridad y el optimismo. Peleemos por la sonrisa de la victoria. Y esperemos que, algún día, el equipo técnico del club, no de motivos para debates interminables por ausencias que no se explican o que se explican de muy mala forma. Todo eso se entiende mejor si los lobos hambrientos se comen hoy al Éibar y nos hace olvidar el dulce postre que se comió el Madrid cuando tanto merengue necesitábamos…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión