Sarabia es felicitado por sus compañeros tras su tanto en el Sevilla-Eibar (AFP)
Sarabia es felicitado por sus compañeros tras su tanto en el Sevilla-Eibar (AFP)

Debajo del ombligo

Mi equipo es capaz de acordarse de su mejor brújula, de su mejor capital, que no es otro que mandar como un capitán y divertirse como un marinero
Por  9:29 h.

Ahí es donde está nuestra salvación. Una cuarta debajo del ombligo. El lugar donde el tesoro de nuestra historia encontró su mejor mapa para llegar a la tierra prometida y cobrarnos con títulos lo que tanto perdimos en el desierto. Una cuarta bajo el ombligo. O dicho de otra forma más inmediata, más cercana: ahí está el minuto ochenta y ocho del partido contra los armeros. El minuto exacto donde el equipo se olvidó de lesionados reales, de cansancio lógico, de tres defensas y dos carrileros, de un centrocampista con la magia mojada y de un interior al que le pitáis porque os sale de los “cohones”, no porque llevéis mucha razón balompédica en el desencuentro con el chaval.

Es verdad que no atraviesa su mejor momento, que da cuatro pases y los neutraliza el contrario, pero siempre se os olvida que da una asistencia de gol y mete el suyo para que vayamos pensando que se llamaba Sarabia pero que no es Verrati. Si diera todos sus pases bien y metiera dos por partido, seguro, seguro, que no habría que esperar a final de temporada para saber que no jugaba más con nosotros… Siempre es bueno para nuestra afición más carnivora que existan lechoncitos que devorar a la segoviana. Desde Montero hasta Fazio. Desde Coke a Sarabia. Siempre hay un motivo para echarle carne a la barbacoa. Carne local. Carne nuestra. Eso que llamáis sangre de nuestra sangre. Pues bueno, ahí tenéis la ración de este año, porque el que viene habrá que buscarse otro solomillo sobre el que hacer dientes de nuestra inclemencia.

Pero vamos a lo nuestro. Y lo nuestro pasa por Roma. Por llegar a Roma y que no nos coman los leones. Por llegar a Roma y darle borricate a los pretorianos de la Lazio. Donde juegan conocidos que, por serlos, agobian nuestras corazonadas, siempre chapoteando en el bajío de los miedos: como jugaron con nosotros verás cómo Inmobile o Luis Alberto nos dejan un bomboncito de regalo en el fondo de la portería. Si encima es Correa el que nos lo hace, pantalones abajo… Vale. Todos estos fantasmas juegan en la nebulosa intraspasable de una previa de un partido importante. Y tan importante porque no sabemos por dónde saldrá un equipo que viene de Balaídos con el culo sucio y del Sánchez-Pizjuán con la angustia en la boca tras enderezar, en los minutos finales, un tranco torcido que había que comérselo lleno de pelos.

Por eso invoco a la cuarta debajo del ombligo. Al minuto 88 del partido contra el Eibar. A ese mágico terremoto de emociones y ataques a corazón abierto que dio el equipo cuando no quiso conformarse con perder. Cuando fue capaz de quitarse la pelliza del canon que lo embota y se liberó de tanto como le pesa algunas situaciones que, en este momento, ojo, en este momento digo, no acaban de funcionar como deben. Yo voy a Roma con esa premonición. Con ese pálpito en el pecho. Mi equipo es capaz de acordarse de su mejor brújula, de su mejor capital, que no es otro que mandar como un capitán y divertirse como un marinero.

Esa llave la tiene mi equipo debajo del ombligo. Porque ha sido así. No somos un equipo de estilistas, aunque tengamos buenos pies para hacer dibujitos de colores sobre la grama. Pero lo que siempre tuvo este equipo fueron muchos minutos 88 como contra el Eibar. Donde hasta los recoge pelotas daban bocados. Y no precisamente a los nuestros… Esa clase de hechuras en nuestras intenciones y propuestas nos llevó muy lejos. Nos llevó a donde ninguna agencia de viajes pudo alcanzarnos: al cielo de nuestra propia gloria. Jueguen como futbolistas, peleen como pretorianos. Vibren como sevillistas, desángrense como gladiadores. Roma es un magnífico sitio para volver con una corona de laurel en la cabeza y una toga púrpura imperial que delate que, otra vez, somos augustos, emperadores y césares de nuestro destino. Y que luchando con lo que hay debajo del ombligo, convertimos nuestro presente en un eterno minuto 88…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión