La afición del Sevilla FC en el último entrenamiento antes del derbi (Foto: MANUEL GÓMEZ)
La afición del Sevilla FC en el último entrenamiento antes del derbi (Foto: MANUEL GÓMEZ)

Se hace camino al ganar

"Hoy no nos jugamos tres puntos; hoy nos jugamos la felicidad"
Por  9:59 h.

¿Quién dijo que son solo tres puntos? ¿Qué insolvente se lo creyó? ¿Quién y con qué propósito lo distribuyó entre los desavisados? ¿Qué hay detrás de semejante estulticia? ¿Tres puntos? ¿Jugársela con el inquilino de La Palmera significa tan poco? No saben lo que dicen. Y mucho menos lo que hacen. Hoy, los que respiramos Sevilla por los vanos celestes del cuerpo de campanas de la Giralda, sabemos que de tres puntos nada de nada. Lo sabemos aquí, a la vera roja de Nervión. Y lo saben allá, por donde el palmeral le da sabor a los chicles de menta. Tres puntos se lo juegan uno con el Leganés, con la Real Sociedad, con el Villareal. Y si se pierden ya te lo encontrarás la próxima vez rodando por el área chica de una defensa confiada. Pero entre nosotros, entre Camborios y Montoyas, entre malajes y chistosos, entre dos formas de representar Sevilla, entre los que conocemos la gloria y los que se sobreponen a su pasión, entre estas dos galaxias tan antagónicas, tres puntos es jugarse la vida. Toda la vida. La vida esa que brinca por la calle y te coge el cuello para dibujarte una sonrisa insondable de satisfacción o para helarte y coserte con alambre los labios hasta la próxima vez. ¿A quién queréis engañar? ¿Somos de fuera acaso? ¿Creerán que lo que aquí se vive y se mama desde pequeño en una casa es un cuento de Disney? ¿Sois vosotros los que nos habéis inventado?

No se lo quieren creer. Piensan que nuestro mundo es tan de plástico como el suyo. Sin aliento ni entrañas. Como una palomita unamuniana hecha con papel prensa. Aquí aprendimos a vivir historias para no dormir. Para desvelarnos en las vísperas como si una estrella de plata cayera sobre la ciudad. Para soñar despiertos con canciones y banderas en cuyas letras se resume nuestras dos escuelas filosóficas. Para sentir en el estómago durante los días previos cómo baten sus alas las mariposas de nuestros sueños. ¿Dudáis de la profundidad y arraigo de nuestras raíces, aquí en Nervión y allá cerca de Pineda, como para que la corriente de una puerta mal cerrada nos hiele la fe? ¿Os ha enajenado la insustancial retórica capitalina? Aquí, a los que siempre fuimos padres de nuestros niños en los bautizos, nadie nos dice una pamplina tan grande sin que se lleve una justa y educada mirada de desprecio. Hoy no nos jugamos tres puntos. Hoy nos jugamos la felicidad. Esa que como escribía Murube “dan ganas de besar al aire en los labios de las rosas.” En las rosas blancas y rojas del Alcázar. Esas rosas que con hilo de plata van tatuadas en las gargantas implacables y entregadas de los que van al otro lado del mundo y que no dejaran de gritar nuestro bendito nombre: Se-vi-lla aggggggg

Es imposible que hoy alguien en sus cabales piense que nos jugamos solo tres puntos. Nos jugamos la prevalencia de una religión, de un sentimiento, de una locura que yo siempre pinto con los colores más bellos de un jardín: el rojo y el blanco de las rosas de nuestro Alcázar. El carmesí de la bandera de Sevilla. El blanco de las cales que pintan las áreas donde vendimiaremos la felicidad. Vamos al palmeral a recoger lo nuestro. Una, dos, tres o cinco veces si falta hiciera. Con las venas en el cuello como iba Caparrós en el autobús llamado deseo de victoria. Como van los irreductibles a recobrar lo que aquella noche se llevaron. Así que de tres puntos ni pinga. Se hace camino al ganar. Tres millones de versos, de besos y de presos de nuestra única ternura. Y cuando la fiesta sea un baile de banderas y bufandas, cansados de amor y de vino, perderemos las horas ante un jazmín…y el olvido. Otra vez nos lo cuenta Murube. No hay mejor manera de celebrar una victoria que abismarnos en la silente ensoñación de los ganadores paseando por el río. Que ya no es romano. Sino Guadalquivir hasta las mismas estrellas de Nervión…

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión