Maradona, con la camiseta del Sevilla FC
Maradona, con la camiseta del Sevilla FC

El balón manchado

El cielo o el paraíso de esta nueva religión es la liquidez
Por  9:28 h.

En un rapto de sincronía mental entre la realidad y su yo, Diego Armando Maradona, nos dijo alguna vez, acerca de sus problemas con la farlopa, que se equivocó y pagó, pero la pelota no se mancha. Fue buena su frase para expresar el estado de ánimo de un tipo abrumado por la adicción y por sus secuelas más patológicas. Cuando estuvo internado en una clínica para
recuperar su estabilidad emocional, dijo, no sin una buena dosis de humor autocompasivo, que en aquel centro había gente que se creía que eran Napoleón y Mandela, pero que él decía que era Diego Armando Maradona y nadie lo creía. Entre lodos y locos se mueve la pelota del futbol que, desde que el goloso mundo de las apuestas desembarcó en él, también rueda manchado. Diga lo que diga la redonda frase del Pelusa, el diamante más puro de Villa Fiorito. Los golpes en el pecho y las cenizas de duelo en el pelo se han convertido estos días en la imagen doliente de nuestro futbol que, como otras muchas actividades de nuestra sociedad, solo hace reflejarla. La hipocresía elige el camino más corto para asombrar al que aún
quiera dejarse asombrar. La nueva religión es el dinero, los bancos sus catedrales y los ministros con más fieles seguidores aquellos que se presentan en sociedad como tipos que han triunfado, sin importar modos ni maneras, gracias al diploma de sus enormes cuentas corrientes. El cielo o el paraíso de esta nueva religión es la liquidez.

Asombrarse de que en el futbol español se den casos de compra y venta de partidos a la sombra de los manejos de las casas de apuestas tiene tan poca credibilidad como un vendedor de crecepelos. Se sabía, se conocía, se había denunciado en los tiempos heroicos de José María García en un intento de limpiar el suelo de nuestro futbol y dejarlo tan limpio como el
mármol del Capitolio que tanto ha alabado Joaquín. Pero la canalla mafiosa estaba en Italia y las quinielas. O en cualquier otro país que le exigiera la misma transparencia a este deporte masivo como a su actividad política, sindical o empresarial. Aquí no. Aquí el estúpido velo de siempre se corría sobre el escándalo nocturno destapado por los sabuesos del gran Butano para que luego, casi todo, quedara como una escena del Padrino donde el delito parecía un accidente. Ahora, quizás arrastrado por el viento de cola del zafarrancho de limpieza que quiere quitarle costra sobrante al país, también le ha llegado la hora al fútbol, donde jugadores, directivos y hasta miembros de equipos médicos, andan trasquilados por las tijeras de la ley.
Ya iba siendo hora. Pero no cabe el asombro. En todo caso el convencimiento socarrón expresado por una sonrisa que habla por si sola, diciendo: esto se veía venir desde hace algún tiempo…

Todo lo que es susceptible de mostrarse en el mercado y generar una cantidad importante de pastora imperio puede venderse y comprarse. Por eso la transparencia que le exigimos a los políticos, a los sindicatos, a las actividades empresariales, a los religiosos, a los artistas, a las ongs y a la prensa, es la misma que hay que pedirle, sin resabios puritanos ni hogueras
de inquisidores, a un futbol que debe tener dinosaurios y lagartos del terciario en la cloaca máxima de sus secretos más tenebrosos. Acaba de explotar una de sus alcantarillas para demostrarnos que la pelota también está manchada. El día que estalle una del mundo arbitral se acaban las toallitas de bebes para quitarnos la peste de la cara. Y tampoco, entonces,
cabría la hipocresía de asombrarse. Porque ¿ acaso no se veía venir…?

Félix Machuca

Félix Machuca

Colaborador de Opinión